Certezas cósmicas de la economía

th12 de junio de 2012

Tengo observado que los economistas se reparten, someramente, en 2 equipos: los seguidores de Chicagolandia (racionalista-matemáticos a ultranza) y los adeptos al mantra de que psicología, sentimientos y emociones importan, y mucho, en materia de economía. Confieso una palmaria ignorancia acerca de sus sesudas preocupaciones (en esto carezco de toda originalidad), pero, bien mirado, tampoco hay que ser Keynes para percatarse de que la economía se rige por algunas certezas cósmicas.

Prima donna: el dinero se escurre de la mano que trinca la nómina hacia la garganta profunda de los acreedores a la velocidad inconcebible de los neutrinos cocainómanos. No acaba de llegar a puerto, el cabronazo, y ya está dándose el piro, como esos ferry-turistas que no entran en los comercios de Santander ni para aliviar la vejiga. (Ningún médico se explica cómo esos vejetes aguantan tanto.) El dinero es tan efímero que, salvo para algunos suertudos conocidos como “ahorradores”, el presupuesto familiar es una liviana tapita de habas contadas: con los gastos previsibles, que ya son como de la familia (taponar la hemorragia más grosera, comprar yogures y algún filete, hipoteca-agua-luz-teléfono-comunidad, dar de beber al coche), mal que bien, vas tirando; pero en ésas hay que repintar la casa, o los vecinos te largan una derrama por desperfectos en el tejado, o el coche dice hasta aquí hemos llegado, compañero. Y eso son traiciones financieras por popa y no queda otra que amarrarse a los cañones.

Second point: el cuerpo electoral, siempre justito de recursos, es reticente a aflojar la faltriquera, sobre todo cuando barrunta una estafa. En el recentísimo febrero, el abogado bilbaíno Ezquerra Uriarte todavía acariciaba planes de futuro. Aficionado a la caza, pretendía lucrarse convirtiendo unos pastos burgaleses en coto cinegético e hizo firmar ciertos legajos al ganadero que los explotaba. El hombre se sintió engañado, o quizás era el Aberroncho Salvaje, y así apareció el cadáver del abogalari, con 2 hachazos en el listillo pescuezo. Quiere decirse que robar entraña su peligro, salvo que lo hagas colocando un fondo estructurado o unas preferentes, parapetado tras un cristal blindado y el paraguas corporativo de Pufobank.

Dispositio tertia: el término “gratis” es  tan sospechoso como el “popular” de las repúblicas leninistas o el E-73511 de las conservas. Los ingleses, esos adustos isleños que montan un paraíso fiscal en cualquier arrecife de piratas, llaman public school a nuestra “privada”, mientras que nuestra “pública” es, para ellos, state school. Mira por dónde, para despiste de algún pedagogo bisoño, distinguen nítidamente el servicio y la titularidad de quien lo presta. En España, por el contrario, nos hemos emperrado en que “público” y “estatal” sean sinónimos, y encima creemos que serán “gratuitos” por el ingenuo birlibirloque de los impuestos y la deuda pública. Lástima que el presupuesto, fané y descangallado, nos precipite del romántico “derecho” a la prosaica “prestación”, que tampoco son sinónimos. Si la cosa es asequible, dabuten, pero otras veces la caja adelgaza y cualquier cerebro capacitado para sumar y restar entenderá que habrá copago, suprapago o metapago hasta que Lucifer comulgue.

Dicho todo, ¿cómo nos mantendremos uncidos a la locomotora merkeliana con salarios en plan desarrollista? Un campanudo Mario Weitz, consultor del Banco Mundial, descartó en un ABC de mayo el riesgo de un “corralito” financiero en España, por la razón de que Argentina tenía la peculiaridad de una deuda en dólares y unos salarios en pesos. Pues eso es justamente lo que ocurre aquí, señor Weitz: pagamos en euros, pero seguimos cobrando en pesetas. Ocurre que en 2002, cuando empezó el euro, los fungibles cotidianos (una caña, una entrada de cine, la gasofa) estaban más o menos a tiro, pero han alcanzado precios grotescos. Un millón de pesetas era algo tirando a serio –de hecho, pocos habían constatado su existencia física-, una hipoteca de cuarenta millones de pesetas era una barbaridad y mil millones de pesetas, el millardo de la Real Academia, constituían una cifra estratosférico-astral. Un decenio después, sin anestesia, se habla de millones de euros como de calderilla y, con recochineo, se nos conmina a la moderación salarial.

No hace falta una supercomputadora para obtener dos conclusiones: asfixia habemus y no nos toquen el saxofón. Esto lo decía yo allá por junio de 2012. Los hechos han ratificado una idea elemental: con salarios de juguete, economía de pega. Sin embargo, nos siguen tocando el instrumento.

 

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