Del buen rebaño de Jeremías

imagesCA3D7V3H16 de febrero de 2012

 

La mayoría de los profetas dejan poca huella en la posteridad, quizá porque usan bolas de cristal con cataratas o malinterpretan el libro de instrucciones. Sin embargo, un hebreo medio loco nos legó la socorrida jeremiada. Según el diccionario, es “lamento exagerado”, propio de plañideras melodramáticas, pero a menudo conlleva otro matiz peyorativo, algo así como “aspaviento por un daño que no se hizo nada por evitar”.

El Ministerio de Industria publicó en 2007 un escalafón de fabricantes de electrodomésticos de línea blanca. Por volumen de ventas, BSH y Teka –ambas con fábricas en Cantabria- ocupaban los respectivos puestos 2º y 3º. He investigado la cuota de mercado de sus productos en nuestra región, pero por desgracia solo he encontrado las obras completas del filósofo Mourinho, en fascículos con profusos comentarios. Al anunciarse el cierre patronal de Teka, el gentío y las consejerías andan soliviantados, pero ya me gustaría saber cuántos cometen jeremiada, por ejemplo cuántos van a la manifa con tarteras cocinadas en Fagor.

Hay pocas imágenes más bellas que una camelia reventona de flores, por cuyo lujuriante color les perdonamos que no huelan a nada. Pero si Natura tiene bula para tal incongruencia, no ocurre igual con las conductas humanas, sobre todo si se exhiben en público. La mudanza de criterio y la contradicción se admiten, claro está, pero no gozan del prestigio que otorga la coherencia. Por eso repele el tufo a jeremiada en tanta protesta y demanda. Asunto GFB: allí nunca se produjo yeso, pero sí se trasegaba Vega Sicilia, cosa lógica porque el yeso es materia seca e indigesta, mientras que el vino es muy rico en resveratrol. Otra inminente jeremiada: el cañón del Racing, ese esperpento a medias de un hindú con flotador, un conductor caprichoso y una famélica Hacienda, mientras a la Seguridad Social que le vayan dando. Nada, nada, a lo nuestro, atentos al semiólogo Guardiola, que en su día nos mesaremos los ricitos, como judíos megaortodoxos llorando a Jesús crucificado.

En “La tentación de la inocencia”, Pascal Bruckner escribe que negarse a asumir la propia responsabilidad explica sendos vicios contemporáneos: la puerilidad y el victimismo. “Seño, que yo no he sido”. “Seño, que soy menor; la culpa la tienen los mayores”. La culpa, naturalmente, es de las circunstancias, del maestro armero, del cura que nos bautizó con agua demasiado fría, de la acera mal pavimentada, del jefe maniático, del escaño chorizamen. Tiempo habrá, con la membrana desflecada, de lavarse la conciencia gritando desgarradoramente: “¡Qué dolor por un descuido!”

Gran invento sería una vacuna anti-jeremiada, de inmediata aplicación por ejemplo en materia de Sanidad. Nos jactamos del sistema y exigimos que funcione sin restricciones, que sea puramente estatal, sin intromisión de lo privado, y por supuesto gratuito, porque lo público es fetén y patanegra cuanto más ajeno al vil parné. Chachi piruli, pero déjenme exponer algún síntoma del síndrome IJ (Ingenuítis Jeremiásica):

1.      El Hospital Valdecilla no se funda por el empuje de Lenin, sino por el filantrópico pastón de un aristócrata, y no ofrecería cámara hiperbárica, resonancia magnética y ciclotrón de positrones si otro millonetis no hubiera arrimado el ascua. Pública miel sobre privadas hojuelas.

2.      El Centro Informático del Santander es obra faraónica inaugurada en fecha prevista y al coste presupuestado. Milagro que no asiste al nuevo Valdecilla, un esqueleto de hormigón-saurio varado en la nada.

3.      Miles de cántabros –ninguno imbécil, es de suponer- abonan seguros médicos privados, o nos operamos los ojos en Oviedo, o harán fisioterapia en mutuas empresariales.

4.      De mi puño firmo tratamientos de 6.000 euros al mes, y en ciernes hay novedades a 100.000 euros la tirada. A ver quién es el majo que apoquina tales burradas por los impuestos al uso. Alguno dirá que cabe la opción de encastillarse en gastar medicinas sin pagarlas. ¿Apostamos hasta cuándo?

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