Del puente a la alameda

13 de marzo de 2012

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Asisto a una reciente conferencia del profesor Juan José Arenas de Pablo, insigne ingeniero. Entre la masiva audiencia, alguien sabe que soy médico y piensa: “¿Qué hace este bicho raro adentrándose en el sagrado recinto de los elementos de construcción finitos y los módulos de resistencia?”

Sin saberlo, el profesor Arenas me ha infligido involuntarios daños. Algunos días, avasallado y desbordado por la Medicina, esa señora de emociones tan a flor de piel, he sentido la puñalada del arrepentimiento por no haber estudiado Puentes, materia que él me desveló apasionadamente cuando yo empezaba mi carrera. No le hice caso y luego, ya metido en harinas morboso-farmacéuticas, leí y envidié su hermosa obra “Caminos en el aire”. Sin duda es uno de mis maestros (en la distancia) y creo haber entendido su noción de “arquitectura estructural”. Sirvan como homenaje las ideas que él me ha infundido y que se resumen en 5 párrafos.

Al enjuiciar una estructura (museo, bloque de viviendas, viaducto, lo que sea), la primera cuestión es puramente funcional. ¿Satisface bien el propósito para el que fue creada? No vaya a pasar lo de Bilbao, donde el inefable Calatrava perpetra un esbelto puente sobre la ría, pero revestido de baldosas deslizantes que acarrean costaladas a los imprudentes viandantes y justas indemnizaciones al no menos imprudente ayuntamiento. Igualmente, la construcción de una vivienda respetará el requisito funcional de que sea cómoda (como enseñaba Gropius en la Bauhaus) y, al visitar un museo, que las piezas respiren en salas amplias y luminosas, sin inoportunas vigas por medio.

El segundo mandamiento es la resistencia. Toda estructura debe ser funcionalidad resistente, porque no vamos a rehacer el puente cada deshielo. Naturalmente, eso exige solvencia técnica en los cálculos, mas ¡ojo al bolsillo! Porque resistencia se puede lograr a la primera, pero a costa de onerosas chorraducas de mármol travertino, y también a la segunda, pagando de nuevo por rediseñar un mal proyecto destinado a caerse pronto. Que la estructura aguante, sí, pero además a un precio razonable y predecible, para no llamar al Tío la Vara.

La tercera pregunta, quizás al hilo de la anterior, atañe al coste de mantenimiento. Frank Gehry ubica algo parecido al Guggenheim bilbaíno, con sus planchas de titanio, ¡en California! Como allí no pica Lorenzo, no es menester el aire acondicionado, qué va. Una de dos: o los visitantes se achicharran o cierras por impago de la luz. Venga muros-cortina de cristal, que ya los limpiará la famosa Rita, y venga aceros junto al mar, que ya les quitará el óxido Jorge Sepúlveda con sus dulces gorgoritos.

Llego al problema que erróneamente suele ponerse en primer lugar: ¿Es bella la estructura? Sin ser gramático profesional, estimo que la palabra crucial en la oración es el adjetivo, donde vive el matiz, la expresividad, el alma en suma del idioma. Adjetivos anémicos e insulsos como “bonito” deberían acarrear privación de libertad. ¿Qué me dices del puente de La Barqueta? Es muy bonito. A la cárcel. Toda estructura, aun “modesta” como un fino tablero de puente o una sencilla bóveda casi levitando, deviene excelsa (adjetivo) cuando sublima el paisaje y lo agranda para acoger una nueva actividad humana.

Nos congregamos extasiados bajo una vidriera gótica, sobrevolamos Berlín trepando por la cúpula del Reichstag, respiramos puro salitre en la biblioteca de Amsterdam. La profunda belleza de esas estructuras, más allá de lo formal (siempre conjetural, mudable y opinable), estriba en que transmutan un entorno antes desangelado en espacio para el disfrute. Que los puentes del maestro Arenas sean solventes por funcionalidad, resistencia y eficiencia constructiva, ya es digno de alabanza. Pero que, encima, sean de belleza estremecedora (adjetivo), por alejar el horizonte y oxigenar el espíritu, merece todos los apéndices del toro.

Si aún me toleran una quinta reflexión, propongo dirigirla a las estructuras “emblemáticas”: las que, además de crear novísimos espacios, trascienden los gustos y las épocas y la piqueta municipal, y acaban significándose como símbolos inatacables hasta para los ecologistas. Eiffel y París saben de lo que hablo. Nueva York y las extintas Torres Gemelas, dolorosamente, también me comprenden. Estoy convencido de que el profesor Arenas nos deja, con sus puentes del Milenio o de Alcántara, símbolos espeluznantes. Es mi último adjetivo.

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