Elogio desmedido del viaje

1 de julio de 2012

imagesCAW9G6ZG

Una mañana de domingo, radiante como una promesa, me pongo a segar lo que ya parece un Serengueti sin leones. Da pereza, cierto, pero enseguida el prado exhala menta y lavanda y algo parecido a la miel. Eludo una higuera, no vaya a repetirse lo del año pasado, cuando su traicionero jugo me convirtió en un monstruo ampolloso y febril, de cuello rojo como un vitorino en el tercio de la sangre. Unos pasos más allá, el limonero que aguanta heladas y pulgones como un héroe, con la fuerza cítrica de sus limones mofletudos y rugosos, me devuelve a la costa de Amalfi. Olivos y frutales y ermitas de traza bizantina se despeñan por acantilados inverosímiles hacia un sereno mar Tirreno. Levitando sobre Amalfi, a lomos de un farallón de gótica esbeltez, respira Ravello su silencio de siglos. Quizá no exista paisaje más emocionante que Ravello. Asomado a la “Terraza sobre el Infinito”, en la magnífica Villa Cimbrone que un lord inglés erigió para burlar el dolor por la muerte prematura de su amada, te inunda una inmensidad azul que sublima todos los amores y disuelve todos los agravios, y no puede haber nada más azul que esa azulísima profundidad socavando la costa de roca blindada.

Continúo segando mientras arces, liquidámbares y nogales alancean el cielo con hojas audaces de verdes nuevos. Prado y árboles, amigos íntimos y mudos con los que jamás discuto, porque todo es nítido y fluido, todo es savia y corazón y retiro suficiente. El difunto genio estético Yves Saint Laurent, a cierta distancia de la muralla bermeja de Marrakech, se construyó el Jardín Majorelle. Quién no se repantigaría en semejante gloria con un té moruno, al arrullo de las fuentecillas, entre bambúes y nenúfares, lejos de la marabunta humana de los zocos y la Medina. Por fortuna, yo no he tenido que ser una celebridad ni esperar a la senectud para gozar del modesto edén que estoy segando en Santillana. Eso sí, por una cerveza me arrastraría llorando, despojado de toda dignidad, pero la báscula me la tiene prohibida y solo puedo figurármela bañada en ese rocío que le adosan los publicistas para que la foto sea más incitante. Los físicos hablan de condensación, pero sospecho que mienten, porque el agua no convoca tantas gotitas ni tan irresistibles.

Las ovejas me miran y berrean con la absoluta imbecilidad que las descarta como modelo de hipotética vida inteligente en otros planetas. Es verdad que dejan el prado como una patena, pero no se comen las ortigas, así que desbrozo unos macizos de esas simpáticas berzas que siempre, hagas lo que hagas, te inoculan su picajoso zumo. Ortigado voy a comprar EL DIARIO MONTAÑÉS a Puente San Miguel. Allí florece, a pie de carretera, el arbolillo de suculentos frutos rojos que durante años no supe catalogar.

Cuatro estados norteamericanos, ya cerca del Canadá, delimitan un enorme barreño de agua verde turquesa. Contra toda lógica (mide 480 por 190 kilómetros) no es un mar, sino el lago Michigan. A su vera, en lo que fue un cañaveral pestilente que los indios llamaban Cheekagua, prospera una urbe extraordinaria. Cuando los naziarzallus se cargaron la Bauhaus, sus desterrados exdirectores, Gropius antes y Mies van der Rohe después, dispusieron del suelo de Chicago para desplegar arquitectura y urbanismo rompedores. En Chicago te ensarta el refinado ascetismo de Frank Lloyd Wright (emocionante Gary Cooper encarnándolo en la película “El manantial”) y luego te perturba “La puerta de las nubes”, honda escultura callejera de Anish Kapoor -con obra permanente en el Guggenheim bilbaíno-.

Puedes admirar rascacielos y estructuras y vidrieras y perspectivas hasta la lipotimia, o tal vez boquiabrirte en el maravilloso Museo Field. Éste dispone de un gran pabellón botánico, donde las plantas se exhiben y explican admirablemente, ¡y allí me doy de bruces con los frutillos rojísimos de Puente San Miguel! Resulta que el arbusto es un Litchi chinensis y algún día sabré quién lo ha plantado. Debe de ser un personaje muy interesante, acaso un connaisseur de gastronomías exóticas o una enigmática escritora fanatizada por un único Mandamiento: viajarás a Amalfi y a Marrakech y a Chicago, sí, y a otros sitios, también, a donde sea, porque se vive mejor no siendo un cenutrio.

Anuncios

Escribe libremente

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s