Equilicuá

13 de mayo de 2012

 

seveEl presunto plan de gestión del gobierno autonómico incluye 5 líneas estratégicas, donde alojan al golf. “Estratégico”, ya se sabe, significa fumata de hojarasca sin leña ni candela, pero es que el golf ya aparecía en la “gobernanza” del bipartito predecesor. Y nada se hizo, o sea que el golf será como la cantinela de esa chica que empieza ahora (María Dolores Pradera la llaman), “Caballo viejo”, como hasta viejo, por cierto, se puede llegar jugando al golf.

¿No es preferible adoptar hábitos de vida saludables que tragarse medicinas? Pues no veo qué tiene de malo acotar algo de prau para que la gente vaya pisando el verde, mientras le propina rabazos a una bola: van caminando, mueven las articulaciones y no fuman, así que gastarán menos en pastillas de tensión-azúcar-colesterol y contribuirán a que no les facturen las natillas o la compota a los enfermos ingresados, que bastante desgracia tienen.

Misteriosamente, en asuntos de golf se teme la opinión de los ecologistas. Por Cantabria pululan casi 10.000 golfistas federados, los cuales pagan a tocateja sus abonos y correspondientes derechos federativos. En el supuesto bando contrario, ¿alguien sabe cuántos individuos están pagando verdaderamente las cuotas de afiliación a ARCA, DEBA y otras vainas clorofílico-trotskistas? No vaya a ser que 10.000 golfistas federados sean apestados y, enfrente, un puñau de espabilados estén usurpando la legitimidad democrática para vocear la sandez de que el golf constituye una hecatombe ecológica.

En la bellísima Edimburgo, al pie de Arthur’s seat -algo así como nuestra Peña Castillo- y de la propia ciudad medieval, florece un campo de golf despampanante, con magníficos cerezos y otras hermosuras arbóreas. Aquí, obviamente más civilizados, cuestionamos el golf de Oyambre sin entender que precisamente sus links preservaron las dunas que algún concejal ya habría embestido. ¿No sería auténtica “memoria histórica” enaltecer ese campo, dicen que el más antiguo de España, y su casa-club, una serenísima torre ballenera, instalando por ejemplo un museo del golf? Pero nadie denuncia la explotación intensiva de la franja litoral por los campings adyacentes: quizá los carromatos en masa, con sus letrinas y tendederos de calcetines sudados, sean más ecológicos. ¡Oiga, oiga, no se olvide del agua y los herbicidas! A eso voy: cada pedanía tiene su piscina, ese cubilete donde medio pueblo sumerge pies y lorzas, por aquello de los güesos y otros beneficios de la natación. Claro está, echan alguicidas y desde luego renuevan el agua, para no bañarse en eau de sobac, pero ese consumo parece más “aceptable” que el de los campos de golf.

Seamos, por una vez, sinceros. El verdadero problema es que el golf se adscribe a señoritingos y ricachones con polainas, nada que ver con el deporte y la cultura “del pueblo llano”. En el programa de Buenafuente, el miserable Puigcercós describió que su vocación política surgió “cuando fui delegado de curso y me cargué el esquí de la Semana Blanca… ¡porque yo no esquiaba!” Eso se llama resentimiento social y con demagogias de ese pelo no vamos a ninguna parte.

Cantabria, la pobre, por mucho que nos duela, no anda sobrada de oferta turística. Resulta que hay sitios como el palmeral de Marrakech, el Algarve lusitano, las Landas, etc, que suenan por ahí más que El Soplao, entre otras cosas por sus campos de golf. Pero Cantabria tuvo la gran fortuna de que en ella nació un superdotado. Recién fallecido Seve Ballesteros, tuve que impartir una conferencia en Escocia, junto a los campos donde él labró su gloria, y la comencé con un minuto de silencio, y había que ver el profundo sentimiento de aquellos bravehearts en honor del campeón. Unos cuantos campos, con diseño y gestión medioambiental a la altura del estratosférico Seve, incitarían a escoceses, alemanes y suecos a visitarnos con sus palos de golf y su pastizara, porque el turista de golf deja riqueza, y el alpargatero solo deja moscas.

En mi desgraciadamente breve relación personal con Seve Ballesteros, le hizo gracia la palabreja “equilicuá”. La usaba mi abuela para indicar la maniobra apropiada, el camino correcto, y yo la usé para darle a Seve algún consejo médico, y cuando reconocí un artefacto del que estaba encariñado (¡una Velosolex!), él me espetó, sonriente y ufano: “¡Equilicuá, doctor!” Pues equilicuá habrá que decir si el gobierno autonómico, de verdad y de una puñetera vez, comprende que los campos de golf son, además de paisajes idílicos, empresas con nuevos puestos de trabajo y magníficas herramientas para promover hábitos saludables, turismo de calidad y riqueza. Equilicuá cuando sobrevolemos la demagogia de alpargata y cochambre.

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