Gruásico

Grua de piedra9 de enero de 2012

De mediocre arquitectura, Santander se recuesta en la ribera norte de una hermosa bahía con la que comparte nombre. La ciudad es una prueba viva de que la bahía se aprovecha para distintos usos, por ejemplo, el residencial. Existen otros (pesca y marisqueo, instalaciones portuarias, explotación turística, etc) con diverso impacto estético-ambiental, por no decir rendimiento económico y proyección hacia el futuro. Ningún uso respeta más la belleza del paisaje que su mera contemplación admirativa: sucede que eso es muy beneficioso para sosegar el ánimo, pero carece de rendimiento financiero apreciable.

En mi niñez se decía “está mirando los barcos” del que no tenía mejor ocupación ni empeño a la vista. Se recriminaba al mal portero de fútbol, cuando le colaban un caracolillo justo por ejercer de Tancredo en el muelle, que miraba los barcos mientras la defensa luchaba con denuedo. Es curioso que no se aludía a la bahía, sino a los barcos, dando por sentado que la bahía era entorno apropiado para ciertos trabajos, entre ellos la construcción naval, la pesca o el transporte. Trabajos que el zanganuelo observaba a prudente distancia, no fuera que le encargasen a él algún esfuerzo mayor que ver las gaviotas pasar.

Pero existe una tribu contemporánea que profesa la extraña obediencia de que la bahía de Santander solo sirve para mirar los barcos. Toda actividad económica les parece intolerable y desean abortarla para que podamos contemplar la inmensidad azul sin más límite que alguna boñiga en la falda de Peña Cabarga. Defienden la permanencia de una grúa de piedra, exculpándola de ser testigo de una pretérita explotación económica, pero reniegan de cualquier otra construcción, salvo que sea una plazoleta para mirar los barcos.

Dicha tribu no se percata de que el Período Gruásico está quedando sepultado debajo de otros tiempos y exigencias. Los dinosaurios no sobrevivieron fuera del Jurásico ni los neandertales, pobrecitos, han paseado por los Jardines de Pereda. Los gruásicos, sin embargo, creen que van a petrificarse levitando frente a la bahía, mirando los barcos como momias contemplativas, con sus biznietos alados sobrevolando grácilmente la bella grúa, ajenos a los afanes del mundo.

Y llega alguien, quien sea, proponiendo una reforma urbanística de cierto empaque, y le dicen que no, por la paparrucha decimonónica de lo público y lo privado. Y viene un arquitecto de prestigio mundial, a ponernos en el punto G de la cosa arquitectónica, y le dicen que no, por algo, ya se verá qué, si no es por la sandez de que no hay pueblo como mi pueblo. Y acude un prestigioso director museístico en apoyo de una dotación cultural de primer orden, y también le dicen que no, porque tienen que mirar los barcos. Y todos ofrecen dinero e ideas para invertirlo, pero a todos responden que no, por aquello del puchero en la lumbre con agua sola. Ni exposiciones, ni comercio, ni remodelación urbana, ni atractivos turísticos, ni reforma portuaria: solo mirar los barcos con la pupila hipnotizada del gruásico.

Lo disfrazan de ecologismo, justicia social, urbanismo democrático y lo que haga falta. Pero solo es pereza. Pereza entremezclada de envidia, revanchismo, tribalismo ancestral y otros males patrios, que en Santander alcanzan cimas grotescas. Porque los gruásicos dicen defender la hermosa bahía de Santander, pero nadie en sus cabales argumentará que la ópera de Sydney o el Golden Gate de San Francisco han destrozado ni arruinado sus bahías respectivas, no menos hermosas. Y porque los gruásicos dicen no al odioso proyecto, pero ¿cómo financiarán su gloriosa plazoleta? Acaso esperan elevar los impuestos, para que las actividades productivas sostengan la desmayada contemplación de barcos y gaviotas. Lástima que, entonces, algunos preferiremos radicarnos en Nueva York, junto al asqueroso puente de Brooklyn que amputa los horizontes de aquella bahía septentrional donde, encima, se habla inglés.

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