La pócima del doctor Infierno

boticario-isola7 de julio de 2012  

 

Leo que el Gobierno de Cantabria ultima otro plan Renove para animar a la peña a cambiar de buga. En nombre del sector automovilístico, alaba la iniciativa el señor Martín Moya, a quien debo un agradecimiento personal por haberme facilitado la adquisición de un coche nuevo. El anterior no era tal, sino un vampiro disfrazado que me hincaba sus colmillos voraces en averías repetidas con la sangrante puntualidad de los ciclos femeninos. En todo caso, es innegable que el automóvil es fuente de bienestar social y riqueza económica, así que considero plausible un acuerdo entre los jefazos de Cantabria y de Auto-Palas.

Claro que enseguida me asalta la profunda reflexión del ensayista Mourinho: «¿Purqué?». Si los estímulos fiscales valen para el troncomóvil, ¿por qué otros sectores no reciben análogo apoyo? No espero una explicación coherente de la criatura llamada “experto económico”, pues suelo asistir a comités de “expertos” y observo que, en realidad, nadie sabe gran cosa, de la cosa práctica se entiende, que consiste en bajar de la vaporosa teoría a la puta base. Los fiscalistas ya dirán a posteriori si los estímulos fueron rentables, o fútiles, o perversos, pero de entrada los aplican con el consabido “depende”, que significa ensayo y error y vuelva la burra al heno.

Se diría que las ayudas fiscales reposan en una idea muy elemental: algunos sectores o actividades son tan cruciales que el dinero es lo de menos, o sea que debemos apuntalarlos cueste lo que cueste. La sanidad española acaba de batir la marca mundial con 36 trasplantes en un solo día, lo que es un formidable desafío técnico, asistencial, organizativo y logístico. Habrá costado un pastón inmenso, pero se entiende que el beneficio científico y de cohesión social desborda cualquier mezquindad economicista. Lógico: la cirugía goza de un extraordinario prestigio y sus avances (laparoscopia, recambios articulares, extirpación de tumores cerebrales con neuronavegación, virguerías cardiovasculares…), que tanto encandilan al pueblo trabajador, se incorporan de forma natural, casi diríamos a cualquier precio.

Por desgracia, la hipertensión, la diabetes, la epilepsia, la artritis reumatoide, las hepatitis virales y tantas otras enfermedades, salvo excepciones, no llevan operación. Hay que tratarlas con medicamentos, pero sucede que el medicamento es más bien sospechoso, y la industria farmacéutica, en fin, no digamos. Maniqueísmo y demagogia estilo “El jardinero fiel” la presentan como una caterva de chorizos desalmados, como si los hijos de Menguele experimentasen con venenos necesariamente inútiles y carísimos, para forrarse a costa del Seguro. Así que nada de estímulo fiscal: al revés, el medicamento se paga con demora, se lo desprecia y demoniza (y lo reconoce uno que odia la píldora que le corresponde diariamente.)

Como no soy del todo tonto (creo), ya, ya sé que las compañías buscan la máxima tajada, incluso vendiendo alguna que otra chorrada pseudocientífica. Que sí, hombre, sí: que a veces disimulan ciertos problemillas que te pueden llevar al huerto, que hay galenos sobornables, que hay tribunales vigilándolas de cerca. Pero avanzo tres observaciones para un debate más ecuánime:

1. No hay innovación farmacéutica sin expectativa de beneficio. En 70 lastimosos años, la medicina soviética no produjo ni un solo medicamento útil, mientras el asqueroso capitalismo creaba todos esos avances que han resuelto la papeleta de millones de seres humanos. Ganar dinero con medicinas, además de tan lícito como ganarlo con bombas extractoras de agua, hornos microondas, ramos de Interflora o libros escolares, es imprescindible para que dispongamos de antibióticos más potentes, pastillas más llevaderas, parches más cómodos, etc. Los medicamentos son caros, sí: también es caro recurrir antes de tiempo a la funeraria.

2. ¿Quién financia la inmensa mayoría de los ensayos clínicos, aun cuando muy pocos de ellos rendirán fruto económico? Acaban de clausurar el CAIBER, una incipiente estructura pública para llevar a cabo ensayos, precisamente por falta de dinero. Pues no veo qué tiene de malo que las compañías tengan dividendos, si una parte no desdeñable recircula hacia la investigación. Queda fino renegar de la industria enarbolando la pureza ética-científica-talibana, pero no le arriendo la ganancia a semejante postura.

3. Precisamente la “repulsiva” industria está manteniendo el grueso de la formación continua de los médicos. Los fondos públicos destinados a tal fin son francamente ridículos. Incluso hay voces, quizá exageradas pero no muy desencaminadas, a cuyo parecer los laboratorios han financiado indirectamente la carrera profesional: es significativo que ese complemento se ha venido pagando mientras engordaba morcillescamente la deuda farmacéutica. Deuda, por cierto, que provoca despidos de trabajadores, con las consiguientes cargas sociales, mientras algunos con carné agitan el espantajo de la “privatización”.

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