El mordisco callado del aborto

Del eterno retorno de los asuntos que se eternizan

En 1985, un Gobierno presidido por Felipe González aprobó la Ley del Aborto. Al parecer, había motivos sanitarios para una regulación de “supuestos clínicos”, en línea con la “modernidad” europea. El inefable ZP, no ya por razones sanitarias, sino por consideraciones socio(ideo)lógicas, impuso una 2ª Ley “de plazos”. Mal que bien, la peña se había hecho al conceto de que el aborto -un delito en todos los códigos penales civilizados- quedaba suficientemente despenalizado y todas las unidades abortivas (eufemísticamente de “interrupción voluntaria del embarazo”) actuaban sin mayores restricciones.

En esas llega el intrépido Gallardón y se apresta a elaborar una 3ª Ley, como un batman pegado con toda Gotham City, incluidos sus conmilitones, que callan pero no otorgan. Una 3ª Ley que ha sido el muro donde Gallardón, el eterno farsante que se ponía-quitaba caretas de progre o de recesvinto a impulsos de su desmesurada ambición, se ha pegado el garrafonazo esperemos que definitivo.

Mientras el señorito perdía el tiempo con su ante-ante-ante-proyecto, yo escribía un artículo en el que no puedo sino ratificarme. Ratifico y suscribo en todos sus términos, sin excepción, mi artículo del día 13 de junio de 2013. Fue en Santander un bonito día, con unos ligeramente frescos 19º C (hubo 28º el día precedente y 23º al siguiente). Todavía no se hablaba de la abdicación ni de las andanzas financieras y otras aristas ridículas del molt honorable. Se debatía el aborto con extraordinaria profundidad intelectual, o sea si Gallardón era pérfido o héroe. Yo me permití sobrevolar esas mamonadas diciendo así:

baby” Los años, aparte de achaques, te van dejando eso que llaman experiencia y tal vez sirva de brújula a los más jóvenes de la tribu, por ejemplo en la cuestión del aborto, motivo recurrente de encontronazo social.

La misma conducta merece alabanza o reproche, según múltiples variables. Por cosas de Doña Geopolítica, una infidelidad femenina en el cine italiano, al amoroso solecito de Capri, resulta admisible y hasta simpática, pero en cambio significa la muerte a pedradas donde impere la ley islámica. El peso/poso de la Historia también juega lo suyo. La homosexualidad no tenía en el ágora ateniense el mismo significado ético que en la Cuba castrista: lo que allí/entonces era encomiable y hasta signo de elevación espiritual, aquí/ahora te granjea la cárcel.

Quiere decirse que la moralidad y los códigos penales son volubles e inconsistentes. Así, el homicida que lloriquea ante el juez porque había soplado vodka, arranca una atenuante; salvo que condujera un vehículo, pues entonces la misma alcoholemia constituye agravante. Le pegas un puñetazo al capataz, alegando que iba a despedirte, y te nombran enlace sindical. Prueba a abofetear a un mocetón recalcitrante que, encima, te ha pinchado los neumáticos…

Sin embargo, el aborto se discute quedándose en su epidermis legal. Que si la ley esto, que si ahora la cambian, pero sucede que las leyes son meros convenios, cuyas ínfulas de perduración chocan con las modas, los prejuicios y otros devaneos que piadosamente llamamos jurisprudencia. Los electorados se rigen por la estricta ley del péndulo, los Parlamentos van y vienen, como las mareas, y los jueces actúan como Martillos del Gobierno o como Estrellas de la Justicia según les bailen el agua. En consecuencia, no escribiré del aborto como cosa de leguleyos, sino por su dimensión antropológica.

He engendrado dos seres absolutamente encantadores –y a ratos insufriblemente irritantes- por los que me dejaría matar sin condiciones. Desdentados, atosigados por los mocos o de belleza despampanante, ¿quién resistiera el impulso caníbal de hacerlos exquisito manjar? Fueron el orgullo de la patria al enfrentarse, corajudos, a una patulea de cirujanos. Me saltaron sobre la barriga, justo ese domingo que no iba a madrugar, y me desarmaron con sus razonamientos de rotunda puerilidad. Huían a refugiarse en su cuarto, despavoridos, cuando yo representaba el papel terrorífico de La Momia, pero luego, si no les trincaba del tobillo por sorpresa, se sentían estafados e imploraban un poco más de miedo. Siendo mi posesión más hondamente mía, resulta que son como el bazo y la hipófisis, que no se parecen en nada excepto en que cascas cuando fallan. Difieren en todo: pigmentación, rigor presupuestario, vestimenta, dedicación al estudio, sentido del deber, amoríos, proporciones antropométricas, hábitos de lectura y gustos musicales, geografía de tatuajes. Uno va para estrella del rock –así, tal cual-, otro estudia algo raro del plan Bolonia, que en mis tiempos no existía.

Por ambos, como Michael Corleone, yo ardería en el Infierno. Pero antes de ellos se anunció otro, u otra, y lo hizo en mal momento. Carrera semiacabada (¿semiempezada?), juventud excesiva, qué va a ser de, puede que sí, mejor no, aún no. El engorro se resolvió en Biarritz sin mayor dificultad. (Circula mucha leyenda urbana, pero es que la gente miente.)

La ausencia del nasciturus no ha provocado un sentimiento religioso de pecado/flagelación, pero sí una punzada ética recurrente acerca de quién hubiera sido aquel sujeto en ciernes. Vista la biodiversidad de sus sucesores, ¿habría sido artesano, montañero, anoréxico, traficante de drogas, locutor de radio, misionero, diseñador de jardines? Un diplomático destinado a cauterizar la guerra israelo-palestina, quizá un pionero sobre el polvo rojo de Marte, el hecho luctuoso es que no se sabrá jamás, porque fue un ángel inoportuno. La crueldad se agiganta al sospechar que fue sacrificado por la nada que glosó José Hierro, la nada que parecía todo y era nada, pues de haberlo dejado nacer y romper el cielo no habría pasado nada, todo hubiera sido distinto y a la vez exactamente igual, porque nadie sabe nada, ni los agoreros del tarot.

No se incrimine a nadie en el trance de tal íntimo desgarro. Que la pulcra ley, con su considerandos y disposiciones adicionales, tenga despenalizado el aborto. Vale. Pero luego viene la percepción de irreversibilidad y surge la zozobra de si fuiste cabal o cobarde, porque los hijos vivos atestiguan que el ser humano consigue gestas heroicas, por ejemplo la de acelerar tu corazón. Y se agranda la convicción de que los poderes públicos no deben fomentar con hipócrita neutralidad que algún día añoremos al que se frustró, quizá irreflexivamente. No deben suplantar la obligación moral de pensarlo despacio y, llegado el caso, arrostrar el peso callado de la conciencia. No son menester jueces más severos, pero tampoco cómplices que la acallen y adormezcan”.

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