El hueso rocoso de la aceituna

22 de septiembre de 2012

 

Con cadencia de campanas doblando por difuntos, saltan alarmas por el inglés en nuestro sistema educativo. ¡Oh, sorpresa! Suecia logra un rendimiento muy superior, aunque paradójicamente nuestros hijos empiezan con el inglés 3 años antes y sufren más horas lectivas y más deberes para casa. Encima, ellos y los de la AMPA apechugamos con clases particulares, que en Suecia parecen innecesarias. Válgame Dios si ciertos lumbreras implantan sus mejoras: predicarán enseñar el control de esfínteres en inglés, dedicarle 5 horas diarias de lunes a sábado, y el domingo reemplazar la misa, la barbacoa o el fútbol –según la familia- por una severísima particular. ¿No quieres arroz, verdad? Pues agárrate, dice el gramático de guardia, mientras cavila la enésima enmienda de la ley educativa.

Al niño maravillado por la anatomía humana no se le enseña que la arteria lingual es la segunda rama de la carótida externa. Tampoco se le anima a estudiar biología subrayando que la hemoglobina es un tetrámero de regulación alostérica. En cambio, hacemos del inglés no un idioma vivo, eso que entra por las orejas y sale por la lengua a fin de parlotear con otros homínidos, sino un suplicio de present continuous, segunda condicional y uso formal del participio en phrasal verbs. Pero igual que no se degusta una aceituna desmenuzando a dentelladas su traicionero hueso, no se aprende un idioma ni se llega a amarlo embistiendo su esqueleto gramatical, sino hablándolo y oyendo su soniquete. Se aprende inglés conversando con angloparlantes, aunque no tengan la menor idea de gramática, igual que Harry Flashman, el pícaro creado por George MacDonald Fraser, se hacía con la musicalidad del ruso en los prostíbulos.

Abunda el tontito que alaba la “sencillez” de Miguel Delibes, aunque apenas en 6 páginas de “Las ratas” comparecen abrojos, zaragüelles, corregüelas, tesos y cárcava. Dirá el tontito que él los descifra sin ayuda del diccionario, o que Delibes disponía de tiempo para rebuscar palabrejas mientras escribía a página por noche. Sin embargo, en una entrevista televisiva, oí al maestro responder una pregunta torpona diciendo: “Hombre, así, a espetaperro…”. Más de un profesor de español sería incapaz de largar con fluidez esa locución, que significa súbitamente, de improviso. Pues si no hace falta ser Delibes para enseñar español, tampoco para el inglés es mejor un sesudo filólogo que los angloparlantes corrientes, no sé, músicos callejeros, abogados, cooperantes australianos o incluso algo peor, pues no se trata de corregir pijadas sintácticas como si la vida fuera en ello, sino de hablar, coño, hablar de las cosas cotidianas, de dónde se compra el periódico, cómo se llega al hotel o cuánto se deja de propina.

Estudiando francés en la EGB, tuve que traducir un fragmento de Albert Camus: “Depuis cinq jours que la pluie tombait sans trêve sur Alger”. (Aviso para incautos: la cosa no es banal.) Por entonces, mi padre estaba alojado en una amable cárcel franquista y vino por casa Franziska Müller, una especie de tutora delegada de Amnistía Internacional. Hablábamos en francés, y juro que traducir a Camus no me perjudicó, pero aquellos diálogos me ayudaron infinitamente más con ese idioma. De Franziska no supe más, pero ella puso el andamio que afianzó el Instituto La Albericia con bellísimas canciones de Jacques Brel y Maxime Le Forestier.

Años después comprendí que un médico sin inglés… Mal rollo. Bien clarito lo decía en clase Gómez Durán, el del trasplante de corazón en Valdecilla, pero no le hice caso hasta que observé que magníficos colegas parecían completamente idiotas en los congresos internacionales. Puedes tener experiencia o ideas a mansalva, pero hijo mío, si no sabes exponerlas y defenderlas donde se corta el bacalao, my dear, estás en la puta inopia. De modo que ¡hala!, a estudiar inglés. Dicen que de mayor cuesta mucho, vale, pero también es cierto que de adulto verás su perentoria necesidad y te afanarás más.

Es curioso que franceses, japoneses o italianos, aun chapurreando un inglés más bien pobretón, se lanzan al foro con más arrojo que el españolito: éste va mascando la frase, la desbasta y ensaya por lo bajini, y no la suelta hasta cerciorarse de que ofrecerá el perfecto acento de Oxford. Desastre. Ni cenamos ni se muere padre. El idioma es un mero instrumento, lo crucial son las ideas, pero éstas solo crecen y se multiplican cuando son expresadas. Es absurdo refrenarse hasta no tener un pleno dominio del inglés, entre otras cosas porque nadie, ni Obama ni los futbolistas holandeses, lo alcanza ni lo necesita.

Servidor no tiene el vicio de fisgar videos de concejalas manchegas en trance, pero sí el de leer libros. Podría creerme, infeliz, que conozco el español hasta las trancas, pero leyendo recientemente “La hermana”, novela del malogrado Sandor Marai, me topé con el vocablo “ignavia”. El diccionario confirma que no es una errata: proviene del latín y vale por desidia, pereza o flojedad de ánimo. Quizá sea común en el húngaro culto, o quizá fue una gracieta de un traductor redicho; en todo caso, me recuerda que el horizonte del idioma está muy, muy lejos. Hablemos inglés, hablemos con quien sepa decir lazybones: una colega holandesa me enseñó en pleno vuelo que significa flojera y vagancia, y no teníamos ni puñetera idea de la ignavia.

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