Cornadas de abundancia

¡Extra, extra! Obama y su vicepresidente ruedan un anuncio humorístico en la Casa Blanca, haciendo propaganda del ejercicio físico y la importancia de combatir la obesidad. Y algunos todavía dicen que los americanos son “tontos”…

4 de agosto de 2013

 
Ver una película en más de un canal televisivo implica un esfuerzo sobrehumano por hilvanar fotogramas sueltos  –lo de seguir un guión es misión imposible- mientras te largan inmensas sartas de anuncios. Se daría por bueno algún que otro intermedio, por aquello de aliviar apetito o vejiga, según se tercie, pero en realidad te tragas 40 anuncios en cada ataque. Habrá paisanos más resistentes, pero un servidor, a la segunda embestida, se queda con el encéfalo planchado y se despeña por los argayos del sueño.

Como Dios gusta de apretar, pero no siempre ahoga, algunos anuncios me perforan el entendimiento y así constato un par de hechos. Uno, que la publicidad es un género notable: hay anuncios confeccionados por bobos para idem; pero hay también magníficas historias comprimidas en 20 sugerentes segundos o incluso en una breve frase. Dos, que los motivos del consejo comercial siguen una curiosa cadencia sociológica, como si la publicidad nos dijera algo de lo que somos o quisiéramos ser.

Aparte de los coches y los incontables planes pive, ocupan un lugar destacado los regalitos, que según las estaciones adoptan el aspecto de colonio-perfumes, juguetes o discos recopilatorios. Hay montones de líquidos aromáticos, envasados en disfraces de vidrio selecto, que te hacen más guay, más ligón, más todo. Los juguetes ya no lo parecen tanto; en realidad son objetos de adulto ridículamente jibarizados o coloreados para disimular su “seriedad”. En cuanto a la música, domina la que va del bimbó al venao, pasando por Amy Winehouse (que en disco parecía menos piltrafa). ¿Libros, dice usted? Solo aparecen cuando otorgan el Planeta, incluso a gente como Lucía Etxeberría, finísima intelectual y modelo ético.

Pero lo más fascinante se encuentra en el campo de la salud. Cómo perderla, metiendo en el cuerpo basura a tutiplén, y cómo recuperarla, mediante ungüentos quemagrasa, artefactos gimnásticos, galletas probióticas y aguas milagro-minerales. Es asombroso cuánta comida se anuncia, como si jamás hubiésemos abandonado Atapuerca y el hambre fuera una amenaza inminente. En Estados Unidos no paran de anunciar pizzas superextra y hamburguesas de brontosaurio, con su comitiva de salsas de todos los colores y quizá sabores, más las consabidas bombas metabólicas de chocolate con nata y avellanas. Un horror al que nos aproximamos como un cohete desbocado.

El escritor Juan Eslava Galán cuenta que en la guerra/posguerra se hacía tortilla de patata sin patatas y sin huevos, según curiosa receta que incluía peladuras de naranja (la parte esponjosa de la corteza). ¡Cómo no se iban a escribir canciones como la de “Tenemos pollo asao, asao, asao, con ensalada”! En nuestros días, cuando el pollo es un triste animal clónico y el rodaballo “de ración” es un monstruo de secano, pero barato, el hambre ya no justifica tanta pasión por la comida ni se explica que haya tantos anuncios al respecto. Sin embargo, ya lo dijo en EL DIARIO el notable bioquímico Piero Crespo: comemos como chones.

Se cree que algunos remedios a posteriori, como la ciclostatic o en último extremo las fajas de electro-impulsos, sirven para algo. Tal vez. Yo observo detenidamente las fotos de los aficionados taurinos que acuden a la Feria del Norte, esos risueños grupitos con su correspondiente bota de vino, y compruebo cuánto abunda el Modelo 3-B: bochinche, botijo y borono. Podría añadirse una cuarta B, la de bandullo, así que los cuerpos Danone se han hecho Camione.

Un país formal, inmediatamente y como mínimo para todos los alumnos que empiecen su periplo académico en el inminente curso, se impondría una obligación absoluta: que la educación física, en su más amplia acepción, al modo de los antiguos griegos, sea una asignatura tan exigente como la lectura o la tabla del 6. Combatir la obesidad infantil se ha convertido en cuestión de supervivencia nacional. Quien ha malgastado media vida luchando contra ese engendro sabe que, de no hacerlo, lo pagaremos carísimo en medicinas contra la diabetes, prótesis para rodillas aplastadas por tocino y muertes prematuras por reventones arteriales.

La nuclear de Garoña es menos mortífera que los anuncios de “comida”. Los toros, a la vista de su decadencia genética y física, también. Sin duda fue más contundente el pitonazo de los 6 litros de cerveza que recientemente se embuchó un inteligentísimo murciano. Quizá lo saquen en un anuncio de la fresca y afamada Cruzcamposanto, como ejemplo de consumidor responsable y modelo de salud publica.

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