Criaturas que nadie sabe

Ghirlandaio25 de enero de 2013

 

Mediados los 90, yo emprendía una faceta profesional que consiste en enseñar algo de Oncología a médicos menos viejos. (Digo enseñar “algo”, porque en verdad nadie sabe gran cosa de esa materia.) Busco libros y otras cosillas que sirvan para transmitir algún concepto médico relevante, así que agradezco a la cineasta Randa Haines su película “El doctor”, estrenada en 1991 con William Hurt de prota. Un cirujano cardiovascular tope-de-gama, en la cumbre de su vida principesca, contrae un cáncer de garganta. Agobiado, coincide en la bomba de cobalto con otra enferma que se muere por un tumor cerebral. Un día se van de excursión al desierto y la banda sonora te aprieta las clavijas y…

Lágrimas aparte, he tardado 15 años en identificar la cancioncilla, que de vez en cuando se me instalaba en el hipocampo. Quizá no había puesto suficiente empeño, pero hoy lo he conseguido por herramientas informáticas que albergan (¡quién lo diría!) una profunda e insospechada vena poética.

Google me lleva al compositor Michael Convertino, que firmó la banda sonora. Tipo sugerente, sin duda, pero de él no saco nada (al menos, nada gratis). Buceo más hondo y en el invento llamado IMDb.com descubro que la canción se había grabado en 1989, como parte del disco “Strange angels”. Escrita e interpretada por Laurie Anderson (Illinois, 1947, luego casada con Lou Reed), se titula precisamente así, “Extraños ángeles”, y glosa la magia acaso divina que encierran las pequeñeces cotidianas, al mirarlas sin prisas. Se conoce que Convertino -o quizá la propia cineasta- la estimó apropiada para cierto fragmento de la película, como John Barry/Sidney Pollack engrandecieron “Memorias de África” con un concierto mozartiano de clarinete.

Tirando del hilo, leo que una tal Mona Demarkov –seguramente un seudónimo- había buscado en 2004 exactamente la misma canción, justo porque subrayaba fabulosamente el espíritu de aquel fragmento. (Descarten la maliciosa hipótesis de que miss Demarkov viera la película conmigo.) En otro párrafo, una madre anónima escribió en 2007 que ella y su marido eligieron esa canción para solemnizar el funeral por su hijita muerta. La habían oído antes y les parecía conmovedora, tanto que en su día más inconcebible creyeron que aliviaría tanto desgarro. Ojalá en la voz de Laurie Anderson estuviera toda la esperanza que quiso robarles el destino infanticida.

Ahí radica la fuerza del arte. Ni los idiomas, ni las cordilleras, ni el tiempo que transcurre con altivo desdén, pueden refrenar la afinidad espiritual que suscita entre personas que viajan por la vida como extraños. Admiras un cuadro, no sé, unos noctámbulos solitarios de Hopper, y esa luz de madrugada resacosa te hace evocar la cena berlinesa donde salió a colación la novela “Última salida a Brooklyn”. De fondo sonaba “One”, la escalofriante canción de los irlandeses U2. La ponen en su boda los que no saben inglés: oyen “one love, one life” y creen que trata del amor eterno e incondicional. ¿Cómo no va a haber divorcios?

Gracias a la electrónica, ni hay distancias, ni pesa tanto el olvido, y en cualquier lugar se abre una rendija por la que se cuela el mundo entero, con sus paisajes y vicisitudes. Y se inmiscuyen en tu corazón los sentimientos más hondos de no sabes quién ni para qué.

Alguno dirá: “¡Otro amorío cursilón por Facebook!” No, señor: el amor es algo más profundo. No consiste en haber admirado las mismas obras de arte, ni en extasiarse bajo los mismos edificios. El amor es lo que percibes cuando tu mujer atiende solícitamente a su padre enfermo, en realidad a cualquiera que la necesite, y sabes con certeza que nunca estarás a su altura.

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