Melancolía de la luna, lunera

thCA1MWTOD9 de junio de 2013

 

En mi lejanísima infancia, “el comercio” significaba mayormente los grandes establecimientos del centro. Sitios a los que accedías con el temor reverencial que imponen los recintos sagrados. Entrabas aferrando los billetes ahorrados exprofeso durante luengos meses, y enseguida te acojonaban aquellas maderas (ceras solemnes de Pakar, Simeón, Mafor) y la soterrada altanería de aquellos tenderos venidos a más, venidos a algo así como cirujanos del alma.

Los establecimientos sólidos, los “de toda la vida”, no eran simples comercios. ¡Qué va! Eran negocios, lo que se dice negocios, con la solvencia intemporal de la prosperidad, que blasonaban la pujanza social de familias tocadas por el prístino aroma del Olimpo. Decías Ribalaygua, Gandarillas, Laínz…, y los sesos se te inundaban de estirpes con raqueta de tenis en la solapa, grupitos country-club con canapés al atardecer, niñatos con Vespino. Y sus magníficos escaparates, claro, eran el ventanuco por donde largaban al populacho el latigazo de la felicidad.

Será por la degeneración de Occidente, será por el cambio climático, o por cualquier otra explicación del sociólogo de moda/cabecera, pero resulta que han pasado cosas.

Ha pasado que vamos a la compra en coche, porque ya todos lo tenemos, incluso más lustroso que el del dueño-negociante. De modo que nos viene fetén un buen aparcamiento -que en el centro no hay- y encima, ya puestos, ahora se nos antoja triscarnos una hamburguesa y ver una película y sucede que ese brujuleo nos apetece más por las disneylandias llamadas centros comerciales.

Cuando empecé a cotizar (Madrid, 1987), la gente se agolpaba en La Vaguada, y yo lo contaba como un anuncio del porvenir, y el vulgo santanderino se choteaba de mí, porque a su periférico entender lo bonito era pasear por el centro y que te mirasen de arriba abajo los comerciantes de siempre. Luego cerraron los cines Bahía, y hubo lamentables cartas de hipocritones, con mucha snif-lagrimita por la defunción de las salas que reconocían no frecuentar. La lisa verdad es que nos mola el modelo de Norteamérica, cuyos consumidores tiran del carro por ser innovadores y voraces, y por su ejemplo ya pasamos ampliamente del mostrador de caoba centenaria. Pasamos del trágala que la familia de abolengo ha seleccionado por nosotros, sin posibilidad de reembolso a menos que se nos otorgue dispensa vaticana. Queremos elegir en la inmensidad de ese catálogo cósmico que se nos ha clavado en el mismísimo lóbulo occipital, y nos trae al pairo el estatus social de los cachorros del viejo comercio, y pagamos con un dinero de plástico que ya se verá, y queremos devolver los objetos si nos da la gana, porque nos lo hemos pensado mejor. Ni siquiera queremos mercaderías de calidad eterna: preferimos el diseñini italianini y hasta esos papeles arrugados que se venden en Ikea como si fueran lámparas.

Luego viene la guasa del “pequeño” comercio. Ninguna empresa es “pequeña” por vocación. Todas empiezan humildemente, conteniendo la respiración y las cotizaciones, se entiende, pero aspiran a convertirse en “grandes”. Es la preferencia del voluble consumidor quien determina su tamaño y su destino. Y a ese caprichoso, mira tú por dónde, le importa un pimiento si la tienda es rentable y si acabará siendo un negocio perdurable. Le deja frío si el dependiente es propietario o un mero asalariado, si la central de compras está en Barbastro o en Rotterdam. Incluso acaba desdeñando el precio, porque accede a ciertos productos gratis total, como ocurre con ese libro flamant que los adolescentes se bajan por la cara, mientras yo y mi mucha honra aflojamos 20 euracos. Y el consumidor acabará, por supuesto, ciscándose en la ley de horarios, porque ya sabe que en Times Square el gentío compra cuando le place, minuto arriba o abajo.

Acabom con el santanderiono/cateto asunto cateto del ferry. Nos quejamos de esos cruceristas tacaños, pero ¿por qué habrían de comprar? Cuando yo viajo por Oaxaca, Manhattan o Estocolmo, o sin ir más lejos por Tijarafe o Chinchón, lo que más viaja es mi cerebro, deseoso de absorber ese fragmento de vida que se le escapa. Mis brazos viajan menos y no les gusta acarrear bolsas de morralla, salvo excepciones, así que haría bien el comercio en detectar las excepciones y anunciarlas en altamar, para espolear al intrépido turista mientras aproa el horizonte.

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