Ojo clínico y vida cotidiana

OukaLeele[5]24 de agosto de 2012

El enfermo confía en que su médico sabrá estipular el mejor tratamiento. Sin embargo, a veces conviven dos o más opciones, sin que ninguna sea fehacientemente superior. Existe un procedimiento diseñado para zanjar la cuestión -el ensayo clínico comparativo-, pero no siempre es factible o irrefutable. En esa tesitura, un espíritu libre/crítico no puede machihembrarse a una opción ni desdeñar olímpicamente la otra; hay que aprender a surcar la incertidumbre. Así que no es preferible el galeno que más “acierta” (o presume de hacerlo), sino el que domina un abanico de opciones más amplio.

En la novela de Archibald Cronin, “La ciudadela” (1937), un joven médico se gana el respeto de su maestro diciendo: “Creo en mi fuero íntimo que no debo tomar nada como absoluto”. Pues eso.

Tan sano raciocinio falta en el debate sobre la educación en aulas divididas por sexos. El modelo mixto, que no deja de ser un experimento históricamente reciente, anda a la greña con el modelo diferenciado, para algunos una antigualla preconciliar. No hay prueba científica contundente de que alguno sea superior en términos pedagógicos, cognitivos o emocionales. Los que se adhieren al mixto por “progresismo”, como los que se aferran al diferenciado por “tradición”, no sostienen juicios científicos, sino meras conjeturas o pálpitos emocionales. Dicen que es un debate “ideológico”. ¡Qué va! Es una sarta de prejuicios, demagogia y politiquería bellaca, incapaz de sacarnos de la incertidumbre.

Pero ¡oiga!, incertidumbre no significa nihilismo. Un celebérrimo psiquiatra, enchiquerado por la fea costumbre de triscarse a los prójimos, evoca el poema “Una fiebre”, de un John Donne (1572-1631) angustiado por la muerte inminente de su amada: “¡Oh!, teólogos obcecados en desvelar qué fuego abrasará este mundo, ¿no se os alcanza que pueda ser esta fiebre que la devora?”

Hay que pensar las cosas, sí, pero no como un devaneo de doctas escolanías, sino con el propósito de llegar a alguna parte. No es de recibo marear la perdiz, tal como el comité de sabios de la cueva de Altamira, que llevan 20 años cobrando dietas para decir estrictamente… Nada. Que el acceso público modifica las condiciones ambientales de la cueva. Vayan sus señorías con cuidado, no se queden calvos detrás de las orejas o lleguen a hervirles los sesos.

Los bisontes fueron pintados en un refugio doméstico, donde se encendía la lumbre y los niños correteaban pringando las paredes. O sea que han estado expuestos a la gente, tanto como a la humedad y a los microbios, mientras aguardan a que el tiempo los borre sin prisa. Empecinado e inexorable, él acabará con ellos, disolviendo sus pigmentos o quizá cuarteando el lienzo de piedra que les sirve de pradera. Esa piedra que parece eterna y no es sino la infancia de un futuro arenal.

A la obra de arte no la inmortaliza su soporte material, siempre erosionable y finito, sino el vínculo intelectual y emocional entre el artista y el espectador. Quizá baste con la muy digna réplica (a fin de cuentas media España ha entronizado a una zafia arrabalera inseminada por un torero), pero algunos, en cambio, opinamos que se debe abrir la cueva original al verdadero interesado, que se distingue por ser más aflojategui que el rebaño insersoide.

Enfermedad opuesta al nihilismo, pero tan malsana, es la premura insensata. Los europeos nos instan a reducir el déficit; bien, habrá que hacerles caso, pero ¡ojo con la cadencia del pedaleo! Un oncólogo aplica 6 ciclos de quimioterapia en el transcurso de 5 meses, que ya es bastante putada. Ni al que asó la manteca se le ocurre “ganar tiempo”, administrándolos en 6 días consecutivos: la precipitación sería sencillamente letal.

Mientras pedaleo, en la tensa espera de que la prima de riesgo se entregue al balconing en una madrugada de locura borracha, admiro una exposición de fotografías de Ouka Leele. La encabeza un bello lema: “Una sonrisa puede ajustar todas las tuercas del Universo”. Luego, en retratos de familia combatiendo heroicamente al reloj y en desnudos de rotunda vitalidad, saltan numerosas chispas de alegría. Curiosamente, en el careto de la propia artista no veo felicidad a raudales. Quizá se inyecte altas dosis de sentido del humor para restañar una herida profunda y antigua.

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