La enseñanza, desenfocada y borrosa

pizarra_med31 de marzo de 2013

 

Tres cosas hay en la vida, según la canción: Salud, dinero y amor. El afamado Churchill no lo dijo tal cual, pero se le atribuye el “Sangre, sudor y lágrimas”. Un requeté recién comulgado atacaba al hombre al grito de “Dios, Patria y Rey”. A saber por qué, el 3 goza de un prestigio cabalístico que se extiende al dogma católico: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nótese que todas esas trinidades las encabeza la palabra-fuerza (Salud, Sangre, Dios) y las otras 2 serían como pilares vicarios. Sin embargo, al oponerse a la futura Ley de Autoridad del Profesorado, el pasado febrero, un solemne miembro del Consejo Escolar de Cantabria invocó algo así como “la comunidad educativa, a saber alumnos, padres y profesores”. O sea que los docentes solo optan al bronce, como lágrimas de Churchill. Pero digo yo que la enseñanza consistirá antes que nada en transmitir el saber desde el lugar donde habita (la cabeza del profe) hasta la mollera que no lo posee y hay que desasnar. Si tal isobara no se traza con rotulador grueso, mal vamos. Encima, para más inri, se arguye que la Filosofía debería retranquearse y dar paso a disciplinas más “útiles”. No les arriendo la ganancia a las manifas de filósofos, en un país gobernado por ávidos lectores del “Marca”, pero en realidad, ¿qué distingue al sapiens de otros primates, aparte del hocico y la rabadilla?

Ciertamente, nos encumbra una apabullante tecnología: producimos toda clase de objetos, del hacha de sílex al smartphone, incluyendo algunos sin uso definido que se agrupan como “arte”. También nos distingue una superlativa capacidad lingüística: generamos infinidad de idiomas –alguno tan extraño como el catalanismo- y polemizamos sobre vaguedades como el psicoanálisis o la comunidad educativa. Sin embargo, hay mendas como Daniel Gajdusek, Premio Nobel de Medicina en 1976, que entró al talego en 1997 por pederasta confeso. A otro gaznápiro, el laureadísimo matemático Theodore Kaczynski, lo trincó el FBI por la descortesía de estallar bombas en aviones y universidades. (En su docta/modesta opinión, hay que destruir un sistema tecno-industrial que coarta la verdadera libertad.) Ese par de mendrugos no suspendían en Ciencias, qué va, pero en Ética necesitarían clases particulares y volver en septiembre; ambos ilustran que es ridículo restringir la enseñanza a los saberes “instrumentales”, desdeñando la Filosofía como algo “anticuado”. Nosotros, modernillos con güeb, a lo nuestro: a erosionar la figura del profesor y a despreocuparnos de qué clase de pájaros saldrán de la escuela.

Del simio nos separa otro hecho crucial: él casca, es natural, pero nosotros somos conscientes de que nos morimos. Sobrellevamos la certeza de que nos vamos al patatal, lo cual suscita sentimientos de injusticia, angustia o simple putada -según las personas y los días- y también reflexiones sobre el mundo de ultratumba, el sentido de nuestra brevedad, etc. Todo eso es religión y es un atributo enternecedoramente humano, un núcleo antropológico por encima de toda secta o confesión.

Recientemente, una profesora de dibujo reclamaba en la prensa de mi región más clases de artes plásticas. Hurra. A renglón seguido, tal vez porque el Pisuerga refresca Valladolid, la nena se oponía ardorosamente a las enseñanzas religiosas. Seguro que Miguel Ángel le reprocharía falta de perspectiva y equilibrio cromático. Yo me limito a decirle que enseñar el fenómeno religioso, no una fe particular, corresponde al más estricto humanismo. No veo cómo dañará a sus alumnos entender el austero recogimiento de una basílica románica, mientras una aguja gótica anhela pinchar la barriga del mismísimo Dios. ¡Enseñanza laica, proclaman! Y echan a andar sobre éticas movedizas, hacia no saben dónde, quizás hacia ninguna parte, rodeados de la más insulsa nada, como si un ácido corroyese todo lo que les parece superfluo y es, nada menos, la argamasa intelectual y moral de Europa.

El himno de Eurovisión, ese ta-chán-tata-chán que convoca a la magna asamblea popular, lo compuso Marc-Antoine Charpentier (1643-1704). Concretamente es el preludio de su Te Deum (“A ti, Dios”), un formato de himno cristiano que inspiró a gentuza -según LOGSE- como Händel, Bach, Mozart, Liszt o Berlioz. Claro está, aquí molan más los granujas que hicieron con Chiquilicuatre el ridículo nacional, abanderando la ignorancia que nos socava y arrasa.

Hacen falta barricadas contra los imbéciles, barricadas no de sacos, sino de profesores. Profesores dignos de tal nombre, es decir los que se niegan a olvidar y disolver lo que nos hace sapiens, incluido el sentido religioso de la existencia.

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