Gramática del verbo ‘retractarse’

ANTECEDENTES: Gobierna Cantabria un tal Ignacio Diego, del PP, donde también despunta el gallinfante Iñigo de la Serna. La capital, Santander, ciudad de comercio/servicios, mantiene una atávica riña de vecindario con la industrial Torrelavega, antiguo feudo socialista pero hoy también en manos del PP. La crisis asola Torrelavega y la hecatombe llegará con el cierre de SNIACE. Según Ignacio Diego, la conflictividad social en la comarca le impide atraer nuevas inversiones.

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14 de noviembre de 2013

Quinientos años antes de que Pilatos y fariseos derramaran la sangre que se conmemora en las misas cristianas, alcanzó su máximo esplendor la gran república de Atenas. Allí ejerció Sócrates su magisterio ético (Platón, nada menos, fue su alumno predilecto), allí se estrenaron los dramas eternos de Sófocles, allí Pericles se convirtió en modelo de gobernantes. De Atenas nos viene el sentido profundo de una democracia, con sus virtudes y también con sus amenazas.

Una de ellas, y no precisamente la menor, es el capricho movilón del populacho, que por motivos espurios erige un héroe y a la mínima, por la soflama de cualquier gañán, lo convierte en pienso para chones. Al insigne Sócrates, del que nunca nadie dijera nada malo, cuando no aceptó plegarse a los deseos de la chusma, lo juzgaron por traición y le metieron cicuta por la boca, y la cicuta parece un inocente perejil, pero te paraliza el diafragma y cascas.

La cicuta, por suerte, no borró su prestigio. Todavía hoy, en esta sociedad abyecta, se admira el fuste de aquel ateniense bonachón que enseñaba al prójimo a pensar mediante la operación –aparentemente banal- de conversar con él. Los más listucos lo llaman mayéutica, pero qué más da el nombre: consiste en sonsacar cuanto haya de válido en la mente del interlocutor, y espulgar lo que no pase de prejuicio. Sócrates haría algo así: “Oiga, señor Ignacio Diego, eso que dice sobre Sniace y la actitud levantisca de los torrelaveguenses, ¿qué le parece si le damos una vuelta?”

Dígame si el discurso satisface el primer filtro: el de la verdad. Pues no, no lo cumple. Solo un cerebro obcecado sostendría tamaña falacia. ¿Quién no ha visto barricadas de neumáticos en llamas, en las huelgas de mineros asturianos? ¡Inolvidables batallas en la siderurgia vasca, con obreros lanzando tornillos de a kilo mediante tiragomas de tamaño donostiarra! Eso sí que era conflictividad. Lo de Torrelavega, muriendo lentamente de inanición, más parece acojono pastueño. Si Sniace la palma, y con ella la comarca y también Santander (porque Santander sobrevive por la industria torrelaveguense, aunque no lo sepa/crea), desde luego no será por lo arisco y respondón del pueblo. Viendo que el PP ostenta la Alcaldía, es imposible que una torva guerrilla maoísta se haya apoderado del censo electoral.

A continuación, el maestro aplicaría el filtro de la utilidad. Querido alumno -diría bondadosamente-, si lo que afirmas no es cierto, ¿sirve al menos para algo; contribuye en algo a solucionar el problema? Si Diego pretendía que Torrelavega vaya al matadero todavía más en silencio, ha fracasado. Pero si pretendía culpabilizar a los demás por su propia incompetencia, Sócrates arrugaría el morro, porque el Diego de la oposición prometía que él crearía industria mientras se bebía las cataratas del Niágara, de una sentada. Culpar al tendido de tu mala faena, diría Sócrates, es cosa de niño enfurruñado.

Por último (y aquí viene lo gordo), ya que el discurso ni es verdad ni sirve para nada, el ateniense se preguntaría si, como mínimo, proviene de un corazón bondadoso. Hum. Hay que tener un careto de mármol para espetar al desesperanzado que un empresariado pusilánime lo castiga por su mala conducta. ¿No ve Diego, por la ventanilla de su coche oficial, que Cáritas no da abasto, que familias enteras ensayan a lo Full Monty en la cola del paro, que hay comerciantes angustiados por no ver una puta perra? Luego dice que se “retractaría por decir la verdad”. ¡Trampa! Retractarse significa desdecirse, rectificar, abjurar, arrepentirse, rajarse… Lo que quieras, pero con sincero propósito de enmienda que don Ignacio no tiene. Sus asesores deberían explicarle que él, precisamente él, el preboste que recorta el resuello de tantos, es quien debe representarlos ante Rajoy o el lucero del alba, y no el vocero cruel que les regaña por no mendigar con la exigible humillación.

Todos tenemos un pronto y largamos por las fauces alguna coz de mula. Lo correcto, entonces, es pedir perdón, no encastillarse en el disparate y menos aún apuntalarlo con razones torticeras. Nuestro señorito cree, en cambio, que la herida sanará escarbando en el hueso. Por fortuna para él, la cicuta ya no se estila y la dimisión tampoco está de moda. Puede esperar tranquilo a las próximas elecciones, apoyando como un jabato a su alcalde de Torrelavega, mientras su queridísimo colega Iñigo de la Serna se le encarama a la chepa.

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