Los ojos del que sabe

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El Pujol y la Ferrusola y sus innumerables vástago-chorizos me inducen a repescar este artículo. ¡Cuán mediocres seremos para que este tipo haya gobernado más de 20 años, pareciendo que era lo que desde luego no era!

8 de diciembre de 2013

A finales de los 70 irrumpió en España la película de Stanley Kubrick “La naranja mecánica”. (Título absurdo, fruto de una traducción irreflexiva, pero dejemos eso.) Se estrenó en un certamen de Valladolid, con un mayúsculo escándalo que coleaba desde el mundo sajón, donde algunos biempensantes exigían la hoguera para celuloide y director. Aquí, los grupetos fascistillas clamaban por la censura de lo que les parecía el primer fascículo del Caos.

Yo la vi en el Gran Casino, un coqueto cine que ya no existe. En esencia, contaba las andanzas de Álex, un psicópata degenerado al que los médicos intentaban meter en vereda tostándole el coco. Pensé que Álex se conducía con violencia no ya absurda, sino completamente inverosímil: me veía incrédulo de que realmente sucedieran cosas como aquéllas, ni siquiera en el extranjero, así que malentendí la película como un tren de la bruja con horrores más bien forzado-morbosos. ¡Criatura! Seguramente ya pasaban “aquellas cosas” –han existido siempre, no hacía falta llegar a las aventuras de los caballeretes Hitler y Stalin-, pero es evidente que pasan cada vez más e invaden con tan desgraciada frecuencia la vida cotidiana que ya no tienen cancha ni en la telebasura.

Falló el melindroso que berreaba por la censura (de hecho, creo que la película ha envejecido peor que otras ensoñaciones de Kubrick) y también fallé yo, el espectador adolescente que ignoraba incluso más que hoy, que ya es decir. En descargo de ambos fallones, cabe aducir que no gozábamos de acceso a la bola de cristal, un artículo de lujo tan desorbitado que solo la poseen un puñado de privilegiados. (Creo que te la dan si adquieres un dúplex en Miami a tocateja y te la quitan si la lees mal: véase a los señores Greenspan y Solbes, que tal vez no la limpiaban y confundían el nebuloso porvenir con unos inoportunos dedazos.) El futuro, en concreto y sin divagaciones, es jodido de acertar. Sin embargo, no marras al aventurar quién lo protagonizará.

Agustín García Calvo, un latinista represaliado por la universidad franquista, escribió un poema al que puso música Amancio Prada. “Cuando veas al hombre de banca enérgico y grave, que en la ranura de su coche introduce la llave, mientras habla con un cliente importante, y con mano segura aferra el volante, verás, si te fijas, en el cristal, la cara del que sabe”. El que sabe. El matonzuelo con acné que inflige grave acoso escolar, y hay que ver la jeta lamentable de sus papás, poniéndose de refilón ante los actos de su retoño execrable. El maltratador profesional, que se ceba en la yugular de una mujer, o de varias, si se tercia, cuando no le ven el capataz, los vecinos ni los del comité de vigilancia penitenciaria. “Helados en vidrio, verás allí, los ojos del que sabe”. El puto amo, el listo del Paraguay, el Führer.

¿Quién se adueña del cotarro cuando se disuelven los frenos morales, cuando ya no hay autoridad ni ley que valgan? Lo de Rusia: el Estado de desmorona y florece la mafia. El mundo queda en manos de delincuentes y qué más da si adoptan el papel de Buda trincón, como el inefable Pujol, o trafican con heroína entre cadáveres decapitados, como el Chapo Guzmán, o se forran con lo que llaman esclavas sexuales. ¿Qué más da, si los inspectores de Hacienda se hacen los longuis? Si ya no hay jueces, y los que hay tardan 10 años en redactar una sentencia de mierda; si los sindicatos choran a los afiliados; si los periodistas difunden la falsedad de nuestra franca y palpable recuperación económica… Traiga lo que traiga, el futuro está en manos de los que saben, los que hacen su mismísimo capricho porque saben. Y si no saben no importa, porque se irán de rositas. Se irán a gastar sus buchacas, mientras los bobos apechugamos con la factura, y así nace la obvia pregunta de si hay esperanza.

Encuentro una chispa en la tarde otoñal en que una joven madre empuja un cochecito de minusválido. En él se desplaza un niño descoyuntado, con algún espasmo que casi me duele a mí. El pobre mira hacia un punto inconcreto en la vertical de la nada, respirando con dificultad entre saliva ingobernable, y cuesta reprimir un sentimiento de conmiseración por esa madre acogotada por la desgracia.

Pero cuando se alejan, ligeramente teñidos de un sol que se niega a morir, antes de cruzar la calzada, se les pega con familiaridad otro niño al que no había visto antes. Uniformado con la camiseta del Barcelona, con el rotundo 10 de los más grandes, lleva el balón a un lado y con la mano libre agarra la mano de su hermano, el que no puede andar sin carricoche. Y no dice nada, se limita a caminar junto a él, y cabe suponer que su hermanito enfermo tampoco dice nada, pero en el calor de esas manos unidas hay una grandeza prodigiosa. Ojalá los que saben no logren derretirla.

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