Menos madera

5919835494_f1db0899c5_b12 de enero de 2014

 

Estudios comparativos, machacones ellos, atribuyen malos resultados a nuestra Secundaria. Sin embargo, cuando los alumnos españoles se aventuran por aulas extranjeras, observan que allí sufren contenidos menos densos: “degluten” menos, pero “comprenden” mejor. ¿Qué hacemos aquí? Más asignaturas. Más materia. Más esfuerzo memorístico. Disparar no apuntando mejor, sino lanzando más proyectiles. Pues no: a ver si eliminamos alguna disciplina apechugo-teórica.

Con su ficha macanuda, un mozallón de la NBA, de los que calzan un 62 pero rasgan el aire como gráciles bolshoikayas, satisfizo el sueño de pilotar su propio avión. Factura inimaginable, breve cursillo/permiso y ¡fuera murgas! Vale ya del retraso por ausencia del piloto, por congestión aérea, porque se ha facturado una maleta sospechosa o por ya se verá cómo engañamos a estos mendrugos. Pero sobrevolando la inmensidad de Nebraska, una colleja atmosférica derribó el aparato y nunca más se supo.

Siglos después, los arqueólogos lo rescatan de su tumba de polvo y olvido y acometen arduas cavilaciones. Otorgan al pantagruélico corpachón el nombre científico de Homo Enormus. Pero, ¿cómo alcanzó el llano donde no hay más vestigios humanos en 800 millas a la redonda? Impera la hipótesis de que los restos del fuselaje significan una jaula, donde los Sapiens encarcelaron al monstruo. Para el valedor de ese criterio, los dientes indican que Enormus era carnívoro y además caníbal, y hubo que aherrojarlo, exiliado en la Nada, porque ¡menudas fauces! Sin embargo, antropólogos rivales –enemistados porque se birlaban las novias en la universidad- arguyen que Enormus pertenecía a los nómadas del circo. No enjaulado, sino viajando en caravana adecuada a su físico, murió por riego cerebral insuficiente y sus piños no indican canibalismo, qué va, sino consumo masivo de chicle.

¿Es Homo Enormus una rama neandertaloide? No, solo un desgraciado con las hormonas descabaladas. ¿Quizás un aberroncho ingobernable? Jamás: un héroe popular inhumado en la pradera sacra de los elegidos. ¡Un experimento genético fallido! No: el último de una estirpe mandinga que huyendo de la plantación confundió la ruta hacia África. Que no, oiga, que se plantó en Nebraska de un salto, pues sus fantásticas rodillas lo facultaban para dar brincos prodigiosos. No, señor, los hombres ya volaban con artilugios mecánicos y Enormus se quedó sin queroseno buscando sin éxito hembra de su tamaño. Le digo que no: la bestia era un venusiano cuyo platillo se la pegó mientras cogía hierbas terrícolas, aunque una conjura templario-vaticana lo niegue. ¿No sería, por ventura, un expresidente? Hay quien opina que acababan sus días como gigantes errabundos por un desmesurado crecimiento del ego.

Es lo que tienen las conjeturas históricas: a ver quién se atreve a refutarlas. No quedan testigos y toda interpretación es verosímil (o no), según la habilidad del expositor y las tragaderas del oyente. A fin de cuentas, todo culmina en un relato más o menos atractivo, una narración que nos entretiene hasta que otro paisano lo cuenta “tras acceder a mejores fuentes”, dice él. ¡Y tan amigos! Porque las narraciones no tienen nada de malo: los cuentos, fábulas y mitos del cole, las medias mentira/verdades de libros y periódicos, son nuestra alma. Nos hace Sapiens explicar el devenir de las cosas, que las muy pécoras van a su bola y lo nuestro es hilvanarlas inteligiblemente.

Lo malo es que el cuento histórico se haga cachicuerno. Véanse los libros sobre la última guerra civil española, enarbolados como las palancas de esos cafres goyescos enterrados hasta las corvas y zurrándose la badana. Que si heroico alzamiento, que si facciosa sedición; que si huestes trabucaires, que si estalinistas desorejados. Y vuelta, como mulas uncidas a una noria contumaz. Sin embargo, leyendo a Paul Preston, Bartolomé Benassar, Manuel Chaves Nogales, Hugh Thomas, Juan Eslava Galán… me cercioro (y a mucha honra lo digo) de que a mí me habrían fusilado ambos bandos. Leo “memorias” de contendientes y “rigurosos estudios” de no combatientes. Me declaro inútil total. Seis tipos “juran” que Lorca yace en 12 lugares distintos, y otros discuten si Miaja era genial y Franco un cagueta. Que si, que no. Que caiga un chaparrón con azúcar y turrón.

El gran Sándor Márai, recordando sus años escolares en Confesiones de un burgués (editorial Salamandra, p. 169), escribe que “la manera de enseñarnos Historia era insoportablemente pesada; todo lo que nos explicaban sonaba a falso porque todo era mentira”.

En rigor, toda Historia es falacia y es, para el niño sin bagaje crítico, vulgar adoctrinamiento disfrazado de Historia “verdadera”. Además, ¿por qué los adultos degustan “novela histórica” y se suscriben a revistas de Historia, y en cambio de niños la Historia es un suplicio? Porque el adulto posee trayectoria vital y la línea argumental de su propia biografía lo aboca a la reflexión histórica. Cuando niño, la Historia es batiburrillo sinsentido, monsergas viejas para chapar a puro cojón y naturalmente olvidarlas tras el examen. ¿Los profes de Historia, dice usted? Del bachillerato en adelante, estupendo. Antes, que enseñen los cimientos: leer o redactar o hablar en público son solvencia; ya analizaremos Espartaco de mayorcitos.

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2 comentarios en “Menos madera

  1. Porque eso de que la Historia (la gorda, no la microhistoria, las intrahistorias de cada cual) es objetiva, un cuento chino (o del país que se tercie). Quienes la cuentan, también la subjetivizan, así que tantas Historias como facciones, seguramente. Por tanto, de acuerdo: lo primero, enseñar a desbrozar, y luego cada quién a su bola. Porque no hay alternativa. Baste con escuchar a la Cospedal…

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    • Por algún lugar he dejado escrito que uno de mis mejores maestros, Don Paco Palacios, nos daba clases de “leer el periódico”. Por entonces, otro magnífico profesor, Pepe González, me enseñó español (sí, el idioma, así, como suena) por el procedimiento de leer y hablar, hablar y leer, leer y hablar, hablar y leer, otra vez, ahora un poquito de Galdós, luego otro poquito de Sánchez Ferlosio, después un poema de Espronceda, luego algo de Miguel Ángel Asturias, o de Neruda, y vuelta a empezar: sujeto, verbo, adjetivo, adverbio… Explícamelo otra vez, con tus propias palabras, me decía, y otra vez, ahora desde otro punto de vista y qué me dices de Baroja y de los cuentos terroríficos de Poe, y qué significa “refulgir” y cuándo conviene “desgranar” un asunto y por ahí… Jamás les escuché ni una puta referencia a la guerra civil. Conozco algunas de sus opiniones, pero me las transmitieron ya de adultos, cuando yo tenía las herramientas para aceptarlas o matizarlas. Las herramientas me las dieron ellos. Nunca podré pagárselo.

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