Mi cláusula anarquista

cabezera 12 de febrero de 2014

 

Se pregunta Javier Marías si habrá llegado el momento de “romper la baraja”. Opina que la sociedad democrática suscribe un pacto, más o menos explícito, en virtud del cual delegamos en la Autoridad ciertas facultades (recaudar impuestos, calentarnos el morro en un escrache, meternos en la cárcel…) a cambio de que Ella nos procure escuelas, asistencia sanitaria, libertad de prensa, pensiones dignas, etc. Sospecha Marías que el pacto se cuartea porque una de las partes, además de incumplir lo suyo, anda escarbando sin freno en bolsillos y conciencias. ¿Acierta o yerra Marías?

A los hijos de presos políticos, el franquismo nos denegaba la beca. Aun con renta familiar más que exigua –las notas ni las miraba, ¿para qué?-, nos propinaba la infamia administrativa. Recurrir a los tribunales hubiera sido una imbecilidad, así que ya llegaría la ayuda de Amnistía Internacional. Ahora nos ampara, dicen, una Justicia ecuánime, con jueces independientes y diligentes. Ja. El chori Matas, delicado delfín aznarí, aguarda el indulto en casa, sin quitarse las pantuflas de angorilla.

Giras el pescuezo y está la Cospedal explicando en lengua farfullesa los finiquitos aplazados. Buscas desesperadamente una brizna de solvencia y está el teleñeco diabólico con sus inspecciones mafioso-fiscales, y el bocazas que jode una operación policial por solemne autobombo, y el bobo transoceánico que cualquier día ataca Gibraltar con aletas y un patito de goma. Mientras, en su críptico despacho, levita el que piensa o no piensa, sabe o no sabe, habla o no habla, decide o ya veremos.

Pero todo eso, con ser grave, acaba resbalando sobre un pellejo escamado de siglos. Pasó el canalla que reinó como Fernando VII, pasaron los aldabonazos carlistas, pasó el desmoronamiento colonial, pasaron Primo de Rivera y la II República y la guerra, y hasta Franco pasó, y luego pasaron las lucisombras de Suárez y toda la basca, con la carta de Solbes que llegó/no llegó, y pasó el follón de los controladores aéreos –al parecer sin mucho quebranto-, y pasó lo de Chipre, que no podía pasar, pero también pasó, como pasará la tremolina de Gamonal. ¿Y qué? Nada, porque en el fondo somos cagueta-pasotas y seguiremos votando y jaleando al corrupto (si es de los nuestros) y aflojando lo que ordene la esfinge trincona del FMI.

Comprendo a Marías pero, con franqueza, a mí no me hace tambalearme la soez cuchufleta de “ellos” (los capitostes), sino la dudosa fibra de “nosotros”, la gente común. Esos sujetos, vecinos o conciudadanos, el “pueblo”, a quienes yo debería mirar con fraternidad. Compatriotas, acaso algún extranjero, por cuyo interés yo debería velar solidariamente, aunque no sean de la familia, porque de hecho les duelen las mismas cosas y padecen los mismos terrores. Ejem.

Aparco lejos, pues algún filósofo o gestor o ingeniero diseñó un hospital con un aparcamiento de juguete, y un amable viandante expresa sus ideas rascándome el coche con una llave. Aparco otro día en la vecindad sindical-pañera de la RENFE y un fino congénere me lo aplasta/raya sin dejar señal, porque él tiene un seguro para que a mí me vayan dando. Recibo clases en una academia de Santander, pero no quedan huecos en el subterráneo y tengo que aparcar en zona azul, durante 90 minutos, y la puta máquina solo traga monedas –en la cuantía que ella decide- y entonces un zángano con gorra me sopla 90 euros porque otro parásito le puso la gorra para robar al prójimo (o sea, yo).

Tomo con prisas un taxi en Barajas y el conductor me ladra que no acepta tarjetas, así que debo aguantar su tabacazo hasta un cajero más bien a desmano. En la radio hablan de un tiñalpa que usaba su plaza de maestro para ejercer la pederastia. Añaden que 2 directivos de Liberbank, seguramente ajenos al desastre gestor, se agencian jugosas indemnizaciones y encima cobran el subsidio de paro. (Distraídos, no se dieron cuenta, ni tampoco sus afligidas esposas.) Salgo del taxi y una patulea de adolescentes decora de vomitonas, en horario lectivo, un parquecillo erizado de litronas. Mi reunión está a pique de suspenderse porque 3 colegas no dan señales de vida, sin avisar. Voy a churrar: lástima de katiuskas, pues otro dignísimo usuario ha baldeado la cubierta.

Señor Marías, me apunto al anarquismo por pura misantropía. La peña afirma su derecho a leer libros y ver películas sin pagar. Vale. Se vende leche más barata que el agua mineral, aunque los ganaderos se vayan al guano. Bueno. Los chinajos se jaman el comercio, con precios (y calidad) anclados en no tener convenio, pensiones ni hostias en vinagre. Chupi. Por doquier se impone que cada perro se lama su cipote, que ande yo caliente y ríase la gente, que se mueran los feos… Soberbio, pero entonces yo me declaro anarquista. Durante mis años de inmadurez creí que no lo era, pero todos los días me dan un empujoncito hacia el orgullo ácrata. Y a los del orgullo ácrata nos van a venir con tasas. Ja.

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Un comentario en “Mi cláusula anarquista

  1. No es políticamente correcto porque la marea del cabreo tiene un único sentido y no refluye hacia el propio ombligo, del que habría, efectivamente, mucho que decir. Se estila la queja porque es lo fácil, pero nunca hay un paralelo examen de conciencia (o de lo que tengamos por tal), y es que debe ser el estigma de los del sur de Europa, esa asombrosa habilidad por buscar culpables, ajenos a uno, bajo las piedras. Y que nuestros gestores de la cosa pública se las traen, nadie lo duda, pero aquí no se estila la cultura del esfuerzo, el pundonor por el trabajo bien hecho, la puntualidad, el respeto por el derecho del vecino de al lado… Lo de maricón el último, en pocas palabras, es lo que nos mola. Y así, entre unos y otros, la casa sin barrer.

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