Ram, rataplán

 9 de abril de 2014

CIV

“En Santa Gadea de Burgos /

do juran los fijos d’algo /

allí le toma la jura /

el Cid al rey Santiago”


 

Eso se aprendía en mi lejana infancia –también los afluentes del Ebro, Noguera Ribagorzana y Noguera Pallaresa, entre otros-, por aquello de adiestrar la memoria, la cual no se consideraba un atributo funesto, sino un digno ingrediente del mejunje llamado “inteligencia”. De hecho, cuando la lluvia desmochaba el recreo, se entablaban certámenes a ver quién se sabía los países del mundo, con sus capitales y sus banderas. Ceilán, capital Colombo. (Claro está, ni puñetera idea de quién vivía allí, ni de por qué Ceilán habría de convertirse en Sri Lanka: tempus fugit, que diría el otro.)

¡Ah, la memoria! ¡Cuán crueles desafíos te aguardan! Algún día, si el carro fúnebre no se presenta antes de tiempo y la perra vida permite una serie de gozosas circunstancias, mis biznietos me preguntarán con la cándida urgencia de sus tiernos cocos: “Güelito, ¿qué era la ETA?”

Con suerte, tal vez aún podré forzar… Esto… ¿Cómo se llama? Veamos, no te pongas nervioso, tienes que forzar eso que… ¡Sí, hombre, la memoria! Pues bien, si todavía puedo forzarla, digo, antes de responder a los cabroncetes desdentados, habré de reflexionar sobre unas cuantas incongruencias.

Que la ETA nació como un movimiento “de liberación” contra una dictadura militar, pero subsistió y se fortaleció cuando la dictadura se trocó en democracia. Que murieron menos etarras por las balas franquistas que concejales democráticos bajo la metralla de los gudaris, primero beneficiarios de una amnistía y luego ejecutores de un delirio homicida.

Que los mendrugos decían luchar por la “patria vasca”, por el curioso procedimiento de aniquilar al que pasara por allí, vasco o no, euskaldun o no, adulto o niño, guardia o señora de la limpieza. Que aspiraban a crear un reducto leninista en la tierra de exquisiteces como el bacalao al pil-pil. Que, socapa de combatir a las odiosas fuerzas de ocupación, se cebaron en la gente común, explotando bombas en supermercados, asesinando a periodistas, heladeros, cocineros, maestros, embarazadas y abogados, por la doctrina salvaje de “socializar el dolor para superar el conflicto”.

Que en Francia, un estado infinitamente más centralista, hallaron el “santuario” desde el cual orquestaron una guerra sin cuartel contra la España que les concedió amplísima autonomía, les mantuvo sus fueros medievales y les financió la enseñanza del euskera y el despliegue de la Ertzaintza.

Que pusieron a Ibarrola en la lista negra de los “faxistas”, mientras el infecto asesino Ternera cobraba sueldo de parlamentario. Que las calles chorreaban sangre de las nueces caídas, mientras se jaleaba en público a los que sacudían el nogal. Héroes por la valentía suprema de disparar contra nucas indefensas, incluso arrodilladas y maniatadas.

Que el psicópata torturador de un funcionario público, al que mantuvo bajo tierra 500 noches, esperando la bala final como un animal sentenciado y ciego, eludió la cárcel implorando “humanidad”, por un cáncer terminal que no lo era tanto, gracias a medicamentos que por su coste se les negaban a otros miles de españoles, pacíficos cotizantes en tiempos de recia austeridad.

“¡Güelito chochea!”, dirán mis biznietos, y ¿cómo les convenceré de que todas esas paradojas fueron verdad? Había que nacer en España (y mamar en España y leer la prensa y acojonarse en España, con todos los matices de la lengua natal) para medioentenderlo, porque explicarlo, lo que se dice explicarlo, ni Cristo bendito supiera. Y soltaré vaguedades balbuceantes (no estábais allí, eran otros tiempos, hablad con güelita…) y los cabroncetes desdentados se troncharán porque “güelito se inventa cosas” y acaso yo recuerde, con un esfuerzo sobrehumano, que en feneciendo la ETA se nos colaron en el salón los fantasmas de la Comisión Internacional de Verificación.

El profesor Tajadura disecó en EL DIARIO MONTAÑÉS los sinsentidos jurídicos de una Comisión que a saber quién contrató y para qué. Quizá yo pueda, si don Alzheimer no da la tabarra, pensar en su baranda y portavoz, un tal Ram Manikkalingam. El caballerete nació en Ceilán, digo Sri Lanka, capital Colombo. Un islote al sudeste de la India, con una bandera granate en la que había un león. Listísimo guaje, Ram estudió en Boston y trabajó en seguridad internacional para la Fundación Rockefeller y luego asesoró al gobierno de Sri Lanka en las negociaciones con los tamiles. (Ignoro quiénes eran y qué leches querían, pero hubo leña.) Después emigró al Centro para el Diálogo Humanitario, una ONG helvética generosamente sufragada por el ayuntamiento de Ginebra, algunos gobiernos europeos, Liechtenstein, Singapur y otros pacifistas. Ya en la bella y ventosa Amsterdam, maese Ram constituyó el Dialogue Advisory Group, con el fin declarado de “aconsejar discretamente a gobiernos, grupos intergubernamentales y otros actores para manejar confidencialmente esfuerzos de mediación nacionales e internacionales”.

Y se vino a España, el tío, a decirnos en un pésimo español cómo deberíamos barrer nuestra casa, como si yo, con mi apenas tartamudeante alemán, me plantase en Berlín para afear a la Merkel su política industrial. Y convocó un acto oficioso-periodístico, el tío, para demostrar que un licenciado por Boston –con notas según PISA irreprochables- puede ser un imbécil en el señorío del chuletón. Y quizá llegó a elaborar brillantes hipótesis acerca de los obispos transidos de amor fraterno por los asesinos, mientras salpicaban a los muertos con el hisopo del gélido desprecio. Sin embargo, a mis biznietos les daré mi seca opinión sobre Ram Manikkalingam, de Sri Lanka, capital Colombo: “¡Anda y que te ondulen con la permanén!”

 

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3 comentarios en “Ram, rataplán

  1. No sabía del tal Ram, de apellido rimado. Averiguaré sobre él, aunque tras el vistazo a tu glosa me hayan quedado pocas ganas. Sin embargo, y para contarlo de “güelo”, tendrás que hacer un esfuerzo. ¡Menudo nombrecito el del tal…! Es más difícil que decir paralepípedo. O colipoterra.

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    • Se pronuncian con menos dificultad tusona o rabiza. Más arduo resulta lidiar con los hijos que van soltando por el mundo. Aunque Ramcito, a fuer de sincero, no me inspira conmiseración por nacido en mancebía, sino por su absoluta falta de humildad. Grenouille, el asesino de “El perfume”, no olía a nada. Ramcito sí: huele a impostura.

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