La ventanilla única de Santa Rita

28 de abril de 2014Gasto-sanitario-publico

Sobre la centralización de laboratorios clínicos


 

No hace tanto, el sagaz rebaño televisivo concedía sus audiencias al engendro titulado “Bellezas al agua”. Una yubarta, de nombre científico Jesús Gil, chapoteaba rodeado de suripantas anfibias y pontificaba sin cesar: “¡Eso lo arreglo yo en 4 días!” Lo mismo el diseño de centrales nucleares que la regulación comercial del pepino murciano.

Se cala pronto al charlatán cuando afirma que él, mayormente sin despeinarse, resuelve en 2 patadas el “problema sanitario”. Cuanto más campanudo, más se adentra en materias cenagosas y antes demuestra que no tiene ni idea ni argumentos contra la idea adversa. Que la hay, vaya si la hay, en primer lugar porque no sabemos para qué sirve la sanidad. ¿Cómo dice? Pues le digo que no lo sabemos.

Veamos los sujetos protegidos: la cosa empezó para restablecer la salud (la productividad) del curro-cotizante lisiado, pero se fue extendiendo a todo quisque, activo o no, contribuyente o no, hasta encallar en la terra incognita del inmigrante ilegal. ¿Y qué es la salud? Consistía en curar procesos bien definidos, con síntomas y pronósticos relativamente claros, pero se ha expandido a la medicina preventiva –incluida la vigilancia de ectoplasmas como el PSA-, a la medicina estética, a la cirugía transexual y al infinito horizonte de la atención “sociosanitaria”.

Las paradojas son interminables. Cubrimos la curación de los desastres del tabaco, pero no todas las opciones preventivas frente al culpable. Tratamos la infertilidad en unidades clínicas como si fuera una “enfermedad” (aunque también existe la adopción, por cierto con muchos niños necesitados), pero acabamos inseminando a lesbianas, que obviamente no son infértiles, por una difusa “humanidad”. Sufragamos rebanado de papadas y retoques de las domingas, pero no plenamente la salud dental. Las consultas de Psiquiatría, más que psicosis, atienden síndromes a medio camino entre la infelicidad y el paro. En fin, en la era de máquinas como terminators, hay 15 analistas por cada geriatra.

Y entonces vienen los edificios. En un radio de 45 minutos de coche, para menos de 600 000 almas, Cantabria mantiene 5 hospitales públicos: Valdecilla-Residencia, más los de Laredo, Liencres, Reinosa y Sierrallana. ¿Quién se acuerda de sus orígenes? La Residencia fue el gran hospital de la Seguridad Social, antes de “asumir” Valdecilla, vulgo rescatarla de la ruina. En Liencres, que languidecía como hospital de tísicos, se alojan actividades expulsadas por el socavón (perdón, la obra) de Valdecilla. Sierrallana fue una “contrapartida social” por la reconversión que empezó a tragarse la industria comarcal. De Reinosa, en tiempos de IRPF, mejor ni hablamos, por si nos ataca la fiebre.

Edificios con miga. Por ejemplo, si se rompe el viejo escáner de Sierrallana, no hay dolor: ambulancia hacia el de Reinosa, tecnología punta enclavada en una urbe de 10 000 paisanos. En Sierrallana nunca se hicieron partos –y con toda la razón-, pero se hacen en Laredo, síntoma inequívoco de que el calimocho ha de beberse con moderación. El socavón, digo la obra, en la que Valdecilla se va soterrando, ahí va, a trancas y barrancas, porque no hay suficiente parné, dicen, pero a la vez se licitan ampliaciones de los primohermanos.

¿Absurdo, dice usted? No del todo: hay plantillas que se pensaron, en según qué momentos, para ciertas prestaciones. Hay plantillas, que van de celadores a médicos y algún que otro gestor de procesos, y las plantillas, como es sabido, en el ámbito público no se tocan. Salvo hecatombe, aquí nos hacemos fuertes y santa Rita, lo que se da no se quita. Es que ya tengo mi despachuco y mi cafetera, ¿sabe usted? Me caigo de la cama, ¿sabe usted?, y estoy en mi laboratorio. A eso lo llaman derechos adquiridos y se acabó, en la cuarta autonomía por gasto sanitario per cápita, sin ser ni de lejos la cuarta por fuerza económica.

Mal asunto el de la centralización de laboratorios. Lo que es una pura cuestión de racionalidad operativa, científica y financiera, se convertirá en el inevitable guirigay de recortes, derechos y mandangas. Habrá ciudadanos incautos, cuyo IRPF se derrocha en instalaciones innecesarias, chillando como posesos por “su” laboratorio. Habrá médicos defendiendo una vaga “proximidad” de los servicios. De ambos habrá, y ninguno caerá en el detalle de que la factura no la pagará monsieur Hollande, camino del meublé. Enfrente, tendrán una autoridad francamente desautorizada, que reza el mantra de la “externalización” mientras musita chanchullos, de modo que una cuestión de racionalidad funcional y económica, bien pudiera estar ocultando una rapiña nocturna y alevosa.

Es fácil notar agujeros manirrotos en la casa del vecino. Hay aeropuertos sin aviones, sí… pero en Valencia. Lo nuestro, mantener hospitales con telarañas en los bolsillos, es obviamente más sano. Y nos metemos en la bañera, como Gil, aun sin piculinas en bikini, para largar payasadas como “esto no se toca cueste lo que cueste” o, en el otro bando, “ya les apretará mi contrata las tuercas”.

Ojalá exista en alguna parte, quizás en lo profundo del Canadá, otra santa a la que dirigir la devoción. Una santa que trinque, sí, pero a diferencia de santa Rita, también suelte cuando convenga.

 

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2 comentarios en “La ventanilla única de Santa Rita

  1. Lo de pan (sanidad gratuita) para todos, está muy bien; para todo ya es harina de otro costal y, ciertamente, hay que ser muy lerdo para creer que es de igual justicia y equidad financiar el tratamiento de un pensionista con una enfermedad crónica, que fecundar a una mujer fértil, que prefiere la relación homosexual, con cargo al Estado. Pero las concernidas se echarán las manos a la cabeza y nos pondrán de vuelta y media por machistas y desconsiderados. En esa línea, no hay diferencia entre querer las “domingas” más turgentes, como dices, o estar a riesgo de morir por una enfermedad que tiene tratamiento si pudiésemos costearlo. Pero así están, también, las cosas.

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    • Cuando Franco, se decía que fútbol y toros eran armas de apaciguamiento ideológico al servicio del régimen. Un aprendiz, eso era el dictador, a la vista de dónde han llevado la idiotización futbolera.
      De los hospitales, oía yo que eran como los pantanos: un signo de paternalismo pazguato. Auguraban los ingenuos que, en democracia, las inversiones se debatirían por criterios racionales y no por dar gusto al preboste local. Já. Jajajá.
      Miseriam et circensis. O algo parecido.

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