Vida y color

Dramatis personae: La Fundación Botín, uno de los mecanismos del presidente del Banco Santander para eludir los farragosos impuestos. El Centro Botín, un edificio proyectado por Renzo Piano para albergar un museo de arte contemporáneo en los muelles de Santander. Algunos ciudadanos (más bien pocos) que se oponen a la idea. El abajofirmante, que ya en 2012 se posicionó abiertamente a favor y persiste en su actitud. Menudo es.

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Domingo, 18 de mayo de 2014

No hará ni 2 años que escribía yo de un curioso arbusto que arraigó en Puente San Miguel, rodeado de coches y lugareños indiferentes. Un raro ejemplar de Litchi chinensis, tan exótico que un amigo semibotánico solo me creyó cuando le mostré un manojo de sus frutos medio madroños, medio coles de Bruselas, de un rojo insensato. Alborozado, me avisó de que los restaurantes chinos pagan buenos euros por lichis frescos. No procedí a venderlos (todavía me avitualla el frigorífico la medicina pública) pero ya da igual: han arrancado el arbolillo. Había pasado un mal invierno, quizá esperando una fumigación juiciosa o una poda selectiva, pero ¡quiá! Ejecutado sin más indagaciones.

Ahora, el rincón que él mancillaba con sus ciclos verdeflorales –el muy guarro-, se ha convertido en una bella explanada de pavimento árido, coronada por un excelso banco de madera. Dotaciones y mobiliario para el disfrute popular, dirán, pero han perpetrado un chicharro. Una tablazón anémica donde, para más INRI, nunca se sentará nadie porque la han instalado grotescamente desnivelada. Ojo a quién se nombra comisario de la “cosa estética”.

Recién me topo con mi admirado Fernando García Valdeón. Por avatares familiares (su padre, David, trabajó en Montaña con mi abuelo, mi padre y mi tío), Fernando salía a menudo a relucir en casa. En la náusea gris-bajuna del más tosco franquismo, el hijo de David ¡iba para artista! Y se fue a estudiar algo así como “Bellas Artes”, que ni Dios sabía lo que era, y se fue a Roma, el tío, hay que joderse, el hijo de un obrero estudiando en Roma el claroscuro y los bodegones flamencos y la volátil acuarela y otras bobadas que no garantizan el jornal. Y regresó, con su apabullante realismo romántico, y revitalizó la obra gráfica y se lanzó al vértigo de lo abstracto y es un tipo genial, un paisano divertido, un artista muy hondo y un chispeante tertuliano.

En la plaza de Pombo, Fernando se me derretía por los arquitectos, que reclaman protagonismo en el diseño de Santander. Los pobrucos sufren el acoso de los ingenieros, cosa a su entender injusta porque les atribuyen menos formación artística y sensibilidad estética. Al gran Valdeón, aun con cierta sorna, le salía una vena bohemio-romanticona que lo instaba a solidarizarse con el gremio “artístico” frente a las dentelladas de la jauría “tecnocrática”.

Yo, que no soy tan buena persona, le hablé de Norman Foster: el “frío” ingeniero que sueña (y ejecuta) el puente de Millau, una pluma que desafía al barranco y al huracán; el “calculista” en cuya cúpula del Reichstag sobrevuelas Berlín caminando, sin darte el hostiazo, inexplicablemente, sobre una pompa de jabón vitrificado. Y le recordé que los arquitectos –los de Santander, en concreto los de Santander- han tragado con toda clase de desmanes, pues la ciudad posee una bellísima bahía, pero su arquitectura reciente, ¿para qué mentir?, es de medio pelo. Y le recordé Roma (Questi artisti! Vorrei mangiare tutti i giorni!) y entre carcajadas me reconoció que para mediar en asuntos estéticos hay que ser un tipo viajado. Hay que ver mundo, porque la aldea es coqueta y tal, pero ahí fuera ocurren cosas y algunas son extraordinarias.

Todavía hay quien gimotea por el Centro Botín. Lo tachan de ser el monstruo que invade el muelle ancestral, la fea pirámide del desmesurado faraón, el bodrio extemporáneo, el tocho que desvirtúa la urdimbre santanderina y asfixia la bahía. Parece que algún arquitecto santanderino apoya la moción. Ejem. Veamos.

Cuando yo empezaba en la oncología, a los pies de las Torres Gemelas, un colega me espetó una pregunta retórica: “¿De verdad no te parecen una mierda?” Le respondí que yo veía dos esbeltos faros conversando con la bruma, dos orgullosos prismas de cuarzo sosteniendo el lienzo del atardecer. Me miró como si estuviera loco. Años después, cuando la inquina salafista las derruyó, a cambio de la desértica nada, el mismo cuate las echaba de menos. ¡Se había acostumbrado a las Torres! Y llegó a entenderlas, siquiera un poco, y todavía se acuerda de mi rollo de prismas al mando del crepúsculo. Dice Juan Manuel de Prada que el arte no ha de ser original, sino significativo. Pues yo añado que parte del significado estriba en su perduración. El Centro Botín no debe enjuiciarse con la visión estrechuca del hoy, sino con la pátina del tiempo, con el espíritu que insufle a los que paseen, extasiados, bajo ese pulmón opalino.

En Amsterdam, para no quedarse en la epidermis tontorrona de las cosas, visiten el museo Van Gogh. El pobre diablo -acaso un Goya exasperado- no vendió un mísero cuadro y, hambriento, tuvo que usar pigmentos de ínfima calidad. De su obra no perduran los colores, pero sí el grito que alimenta las subastas contemporáneas. Del Centro Botín quedarán… ¡A saber! Un destello de nácar, el asomarse al misterio del agua, la huella indeleble de un Valdeón, la surada acariciando los volúmenes mórbidos de Renzo Piano, la nueva pincelada de otra ciudad. Perdurará lo que el tiempo respete y los futuros corazones alberguen.

Por fortuna, el Centro Botín avanza sin mi defensa. A tenor del veredicto contra mi Litchi chinensis, o soy un abogado incompetente o hay mucho jurado embrutecido.

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2 comentarios en “Vida y color

  1. La inauguración, aunque seguramente próxima, aún no tiene fecha. Atentos a la jugada, porque será una buena oportunidad para visitar la ciudad. Diversos gremios lo agradecerán. Por ejemplo, el de bebidas espirituosas: unos chavalucos andan ganando premios con la ginebra y, sobre todo, el vodka de marca SIDERIT.

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