Folletín extraperiodístico (I): El muy último mohicano

Sitting_bull_and_buffalo_bill_c1885Durante 20 años tuve el honor/desafío de trabajar bajo el mismo jefe clínico. Decir que se jubiló en octubre de 2012 no sería exacto, porque lo jubilaron. Tenía 70 años -peor llevados en la cosa neuronal que en el aspecto físico- y le llegó la hora administrativa, o sea que lo echaron a pura fuerza de ley. Si por él hubiera sido, pues que se sentía en su cúspide vital-intelectual-profesional, se habría jubilado allá por los 140 años.

Yo me lo figuraba muriendo en el hospital y marchando hacia el cementerio, sin pasar por casa, en un féretro coronado no con un crucifijo, sino con un estetoscopio. Me lo figuraba, muerto y todo, asomando la mano por el ventanuco del féretro para empujar una corona de flores por el hecho científicamente comprobado de que las flores acarrean asma y no son apropiadas en una consulta médica.

No sean malpensados. No le deseaba ningún mal; solo digo que él creía flotar en una tierna nirvana-inmortalidad e invocaba mucho la “experiencia”, mientras que a la cucaña de mi lóbulo frontal trepaba la palabra “senectud”. Un psicoanalista experto en la libre asociación de ideas me habría endilgado una neurosis de castración; en español, que soy un cabrón desagradecido y arribista. Puede.

Me presenté a trabajar en octubre de 1992. Arrastraba el hombre fama de exigente e intransigente y rápidamente me instó a cumplir 5 tareas relativamente extrañas, con suerte dispar. Primero me ordenó cumplir la hora de entrada, las 8 en punto, cosa muy graciosa porque yo había llegado a las 7 y todavía hoy no suelo demorarme más de las 7,30. No lo tengo por gran mérito: escribo algún informe o correo protónico envuelto por Charpentier o Mozart; intento traducir (bien) a Leonard Cohen o Bruce Springsteen, estudio alguna novedad médica, leo ensayo o repaso una conferencia. El tiempo matutino es más elástico y fructífero de lo que se dice vulgarmente. A continuación. me conminó a despachar una agenda de 25 enfermos en 5 horas. No es por presumir, pero lo hice en 3 y media. Llegado a cierto entrenamiento en una especialidad, precisamente la tuya, lo normal es que el enfermo-promedio te lleve menos de 10 minutos. Esto apasiona a los colegas adictos al abstruso mundillo de la “gestión”, pero es una bobada y una obviedad: lo que hoy son 5 minutos, mañana son 35 y pasado ocurre al revés y es ridículo hacer de eso una bandera. Su última hazaña bélica fue enviarme a ver a un desahuciado en su propio domicilio. Quería comprobar, por lo bajini, si sabía prescribir morfina y si me importaba visitar en las casas. Sí y no, en el mismo orden.

Fracasó, mecachis, en los 2 empeños restantes. Me instó a reestudiar “para mañana” las porfirias. Al profano le diré que es un tema clásico de la medicina clásica, o sea una pijada inútil, una telaraña pueril de catedrático mohoso para cazar imberbes. Yo ya me afeitaba solo, así que decliné su sugerencia, pues como dijera Ramón y Cajal, es falso que el saber no ocupe lugar: lo ocupa, y mucho. Por último, quiso saber a qué hora pasaría visita el domingo. Le respondí que, por convenio, me avenía a trabajar 1 de cada 2 sábados, pero el domingo, nasti. “Pues tus predecesores lo hacían”, me respondió. ¡Coño! -salté-, ¿y cómo es que no siguen por aquí? “Pero no negarás que en domingo se resuelven problemas”. También se resuelven las noches entre semana, pero no vamos a instalar una tienda de campaña, ¿no?

De por qué no me mandó a escardar cebollinos y seguimos otros 20 años, él de jefe y yo de subalterno, versa la siguiente entrega.

 

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5 comentarios en “Folletín extraperiodístico (I): El muy último mohicano

  1. Sin duda que algunos jefes no merecen subalternos. Cosa distinta es que, con ciertos subalternos, los jefes deban atarse los machos. Ante semejantes perplejidades, no me queda sino esperar la próxima entrega antes de pronunciar mi particular veredicto. Por cierto: ¿sabes si figura entre los seguidores de tu blog? Una vez jubilado, tendrá más tiempo para curiosear en las dedicaciones varias de sus antiguos adjuntos, y sus comentarios pudieran no tener desperdicio…

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  2. Mantenemos una relación cordial, pero más bien esporádica, y no creo que mi blog se encuentre entre sus intereses directos. En todo caso, lo que se cuenta no es solo cierto, sino público: lo recordé en la comida de homenaje que le organizó todo el Servicio, en el panegírico que me encargaron escribir en calidad de subalterno más antiguo, y él lo ratificó punto por punto.

    Lo hizo, además, con cariño. ¿Por qué? Para eso se diseñaron los folletines, para vender más periódicos. Dumas lo consiguió. Quizá el destino me tenga guardada la misma suerte.

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  3. No espero a leer el resto, salto ya… Soy uno de tus predecesores. El primero. Fuí en bici con él. Pasé los domingos. Creí en él. Crecí con él.Tres años allí hace casi treinta. Le vi los trucos de feriante barato. Y él tuvo miedo de que sus pacientes me quisieran más que a él (me lo dijeron sus veteranas. “Ramón, haz la maleta”) Y un día me dijo que no contaba conmigo. Me fui. Borró todo mi rastro. De hecho ni contó con que fuera a su despedida. Pero al encontrarme con él me soltó: “Ay Ramón, cómo me he arrepentido. Lo que me vino después” ¿Que qué le vino? Pues gente que hizo el gran Servicio de Oncología Médica que es. Pero que como era menester, LO HIZO SIN ÉL. Voy corriendo a leer la siguiente parte. Fuerte abrazo

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