Nuestra Ley de Leyes y otras hierbas

CE 783 de octubre de 2014

Yo no voté la Constitución. No lo digo por rechazo a sus “padres”, disconformidad con el texto, oposición a los compatriotas que la ratificaron, ni solidaridad con los catalufos que ahora la repudian, después de abrazarla con más fervor que gallegos o almerienses. Tampoco quiero dármelas de profeta, como si hubiese previsto que el cotarro acabaría en lo que es, un lodazal donde chapotean mendrugo-chorizos con la única ideología de robar a esgaya.

No voté la Constitución de 1978 porque tenía 15 años. A esa tierna edad eres medio bobo y lógicamente no te dejan votar lo que ni entiendes ni te importa. Si conmigo hubieran hecho una excepción, un experimento sociológico para ver si niñatos y jubilatas votan distinto, ¿qué habría votado yo, entonces?

Probablemente SÍ, de entrada porque lo propugnaba la izquierda, a la que yo me sentía afín. Votar era un cohete hacia un planeta con libertad de opinión y prensa. Era votar libertad para sindicarse y afiliarse, libertad sin miedo y sin ira, como decía Jarcha. Libertad como en Europa, aquella Terra Borealis donde las elecciones revocaban al gobierno y uno podía divorciarse (si venían mal dadas) y había universidades cojonudas y no se concebía la censura y Emmanuelle enseñaba las tetas y Bertolucci disecaba la carcoma que significa la soledad, con un superlativo Marlon Brando llevado al límite de su frágil humanidad.

La Constitución vino a ser la inhumación de la guerra/posguerra, el grito colectivo para mudar la vieja lana, enmohecida y apelmazada, por un algodón más liviano y limpio y fresco. Contra lo que hoy vocifera algún insensato, aquello no fue una claudicación, sino el resumen, por escrito, de la “política de reconciliación nacional” que engrandeció al PCE (antes de que la locomotora europea lo pasara por encima) e inauguró el período de cohesión social más largo de la torturada España.

Ahora andan a la greña por escribir otro texto constitucional y entonces me trepa a la mollera esta pregunta: “¿Qué votarás en el hipotético referéndum de la hipotética Constitución de 20…?” Pues bien, mi respuesta ya no es “probablemente sí”, sino: Con rotunda certeza, ABSTENCIÓN. Para empezar, porque esos tochos leguleyos son del todo innecesarios. Antaño, al hilo de los ideales de la Revolución Francesa, podía tener su gracia escribir aquello de “Nosotros, el pueblo…” o “Los españoles somos libres y benéficos”. En estos tiempos, cuando las prisas se han adueñado de todo, apetece más el modelo británico, una democracia asentada en una nítida conciencia de comunidad política, sin necesidad de bodrio-legajos ni de tribunales constitucionales inoperantes, salvo para deglutir impuestos y tocar genitales. ¿Recuerdan al penoso ZP, diciendo “Segolén, Segolén, la Frans vote güi”, en campaña por una Constitución Europea que parecía imprescindible y quedó en humo de pajas? No talemos bosques, s’il vous plaît, para imprimir cartapacios que nadie leerá para cosa buena.

Motivos profesionales me han hecho descifrar la CE de 1978 (a trozos, afortunadamente, no de una sentada que me hubiera llevado al manicomio). Oiga, así, entre nosotros, sin ser juristas, está plagada de disparates. Lo del derecho inalienable al trabajo es un sarcasmo. ¿Y el “derecho a una vivienda digna”? Esa chorrada tuvo que redactarla el que asó la manteca, porque no existe tal “derecho” a disponer de ninguna mercancía (la vivienda lo es, como atestigua el circuito de alquiler-venta-compra-hipoteca-nómina mierdosa) y porque, además, “digna” no significa nada, al menos nada tan unívoco que merezca figurar en un texto normativo.

¡Cagada mayúscula, la del Título VIII, cuya vaguedad nos trajo el desastre histórico de las Autonomías, con sus Estatutos como miniconstituciones para minipresidentes con minicerebros! Por no aclarar, la CE del 78 no aclara ni cómo leches organizar la sucesión del Rey. En realidad, todo es palabrería hueca, insinuaciones de algo, o quizá de lo contrario, o vaya usted a saber, justo para que sucesivas leyes y compadreos y real-decretos vayan enmarañando el panorama y los ropones del Tribunal Constitucional sigan dándose la vidorra mientras discuten interminablemente para que llueva, que llueva, que caiga un chaparrón, con azúcar y turrón.

Hay ingenuos propugnando una reforma constitucional de corte “federal”. Ignoran, los pobres, que son Estados independientes los que se “con-federan”, para ceder a la Federación cierta parte de su soberanía original, mientras guardan para su coleto un buen pedazo de ordenamiento jurídico. Los Estados históricamente unitarios, como el nuestro, llegado el caso se “des-centralizan”, otorgando el autogobierno territorial de algunos asuntos, pero retienen la parte nuclear, propiamente constitucional. ¿Desean los reformistas algo así como Texas, “The lone star State”, cuya enseña ostenta una estrella blanca para remarcar que se incorporó a la Unión con reticencia? ¿Les gusta Texas -venta pública de armamento militar, pena de muerte en plan espectáculo-, en franca oposición a Vermont, por ejemplo, porque hay asuntos inmunes a la jurisdicción federal?

Yo solo votaría otra CE de 20… si estipulase algo similar al sistema educativo francés, estrictamente idéntico, curso a curso, en todos los lugares que se llamen escuela, instituto o facultad franceses. Las parrafadas al servicio de una politiquería de albarcas, mangantes y borrajas, en fin, con su pan se las coman.

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5 comentarios en “Nuestra Ley de Leyes y otras hierbas

  1. Sin embargo, se ha llegado a tensar la situación a tal extremo que, entre otras ocurrencias, la revisión del texto constitucional podría ser un camino hacia el apaciguamiento y la puesta en común de aspiraciones varias. ¿Qué reformas? ¿Con qué concreciones? ¿Orientadas a qué? Ese es otro asunto del que ni tirios ni troyanos hablan, pero bueno: cabría esa posibilidad para evitar que la fiscalía deba actuar. O la Guardia Civil, lo cual, siquiera estéticamente,l es bastante repulsivo…

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    • Como su nombre indica, una CON-stitución, si es algo, es la proclamación de los valores compartidos por una sociedad democrática. El texto no deja de ser un panfleto. Los asuntos verdaderamente esenciales son: 1) Que los sujetos constituyentes se reconozcan mutuamente concernidos y recíprocamente asistidos por los mismos derechos; 2) Que las reglas del juego político sean limpias y justas; y 3) Que haya una voluntad de perduración histórica.

      En 3 palabras: lealtad, justicia y solidaridad transgeneracional. Temo que nuestra “Transición” operó con gravísimos desenfoques en los 3 aspectos.

      En primer lugar, abdicó de la lealtad (clave en toda esa ingeniería social que se entiende como “ilustración”) y la sustituyó por un cúmulo caótico de particularismos aldeanos. En segundo lugar, se echó en brazos de algún que otro vicio secular (la picaresca, el caciquismo, la indecencia institucional), acabando en un “Estado de Derecho” completamente aberrante. Por último, confundió gravemente consenso y compadreo, olvidando que hay asuntos de especial trascendencia (la educación, las pensiones, la diplomacia, entre otros) que DEBEN sustraerse al ciclo mostrenco-electoral.

      Naturalmente, la CE de 1978 quedó en papel mojado (lo bueno) o degeneró groseramente (lo malo), hasta el punto de ser irreconocible. Ni Dios recurre a ella, salvo para agarrar aquél pedazo que sirva como guijarro para lanzárselo a la crisma del adversario. ¿Seríamos capaces de redactar otra “mejor”, más solvente, respetable y duradera? ¿Quiénes la redactarían? ¿Esos diputados que aprietan con el pie el botón del colega ausente, los sindicalistas que roban a sus afiliados, los empresarios que avituallan paraísos fiscales, los juristas integrados en tribunales indignos e inoperantes? ¿Ese periodista que desbarra o calla según quién pague, los “ciudadanos” que LLORAN en televisión porque descienden al Murcia por culpa de su deuda fiscal, acaso los papás que agreden al profesor mientras vociferan por una enseñanza “pública y de calidad”?

      ¿Felipe González, que apuesta por la honradez de Pujol después de que el ridículo payés se autoinculpara? ¿Aznar, cuya mente se enajenó, al parecer de manera no transitoria? ¿Sus delfines, el inefable corruptillo al que echaron del FMI, el más inefable chorizonte de Mallorca, la momia galaica a la que nada hubiera hecho más feliz que no hubiera existido LB, alias “El cabrón”? ¿Quizá los reyezuelos de taifas, como mi vergonzoso paisano Revilla, o el indescriptible Artur Mas, que era Conseller ¡de Hacienda! y no se enteraba de lo del Liceu ni de las andanzas dels pujolets?

      Una “nueva” Constitución, redactada por los mismos ignaros, para que se cisquen en ella los mismos insensatos… Lo siento, Gustavo: me niego a continuar con esta farsa.

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  2. Estimado Gustabo,no acabo de enterder tu comentario,que por una parte dices “se ha llegado a tensar la situación a tal extremo que, entre otras ocurrencias, la revisión del texto constitucional podría ser un camino hacia el apaciguamiento y la puesta en común de aspiraciones varias.” Lo que me hace pensar que una reforma constitucional podría ser una solución,pero…¿ una solución a qué?.
    Por otra te haces tres preguntas (no las reproduzco para no aburrir),lo cual me lleva a la incompresión de tu comentario ya que si no sabes ( ni sabemos) las respuestas a esas preguntas.Ahora sí que me pregunto yo ¿para qué reformar la CE si no se sabe con qúe fin?
    El día que me digan que se quiere modificar,incorporar o eliminar contestaré si me gusta o no y si cuentan con mi voto o no,pero ahora,en la actualidad,si es para modificar el modelo de financiación,con el fín de satisfacer a ciertos defraudadores va a ser que no.
    Suscribo totalmente la respuesta del drlopezvega y añado mi desconcierto a tu comentario.

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    • Se pueden discutir la Monarquía, la organización territorial, el régimen fiscal, la política agraria, las alianzas internacionales… Todo. PERO con un requisito elemental: la lealtad y el reconocimiento de los derechos recíprocos. Es absurdo avenirse a negociar con quien te desprecia y te extorsiona porque eres “vago” o “inferior”

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