Folletín extraperiodístico (IV): Objetivo más allá de Birmania

imagesFDB6EC99Rememoro: 1993, albores de la semi-pugna entre un jefe con vitola de comeniños y un servidor, en su incipiente hueco/refugio.

Al poco llegó otro menda, joven, con pinta de vendedor de pólizas funerarias. Llevaba una gabardina ya anticuada en tiempos del teniente Colombo, unas gafas que pesarían no menos de medio kilo y un peinado a lo Anasagasti: un solo cabello rodeando la calva como una ensaimada con alma de turbante. Se presentó una mañana en la que yo disfrutaba de una pausa a media visita. Estaba solo, en la sala de reuniones, después de triscarme un pedazo de tortilla. La empujaba fauces abajo con un culín de vino blanco, tan exiguo que no estimé oportuno manchar un vaso, así que me lo estaba bebiendo a morro. En eso entra el nuevo, con la supervisora de cicerone. Imaginen la cara del chavalito opusino, con su atuendo de película de Tony Leblanc, mientras su futuro compañero se baja una botella de vino por la directa. Lo saludé con suma naturalidad. Inútil explicar que no fue toda la botella. ¿Para qué invocar una tortilla de la que no quedaban pruebas físicas?

Pronto dio con sus huesos en el paro-morgue. Pidió al ministro, por su cuenta, como 8 medicinas de ésas que solo hay en Saturno y distribuyen judíos neoyorquinos al precio de los diamantes. Acabó de cagarla, el gabardino, porque antes de achicharrar el escáner quemó la paciencia del radiólogo que, mira por dónde, llegaba a trabajar con mi jefe exactamente cuando el gallo desgarraba el amanecer. Yo intenté avisarle, pero no me hizo caso. Quizá me consideraba un borracho indigno.

Entonces el universo empezó a enviarme señales inequívocas de que no aguantaría mucho tiempo siendo el único subalterno de mi jefe. Salían luciérnagas a merodear por la noche. La marea subía y después bajaba. Los pájaros eran más escandalosos que los peces. Cuanta más comida le echaba a mi andorga, menos hambre sentía… Alguno dirá que esos fenómenos no significan nada. Él sabrá. Yo no le aconsejaría ir tan confiado por la vida, máxime si su contrato depende de un jefe que te interroga sobre las porfirias e inmediatamente te examina sobre el test rosa de Bengala y el signo del camalote, y ahí lo dejo por si nos pega la embolia.

Una mañana iba conduciendo detrás de otro automóvil que patinó sobre una boñiga y dio 5 trompos vertiginosos antes de quedar varado en un maizal. Creo que el piloto ni se enteró. Probablemente lo atribuyó a un microsueño y agradeció haber chocado contra panojas y no contra una fila de árboles centenarios. Durante varias semanas, pensando en la física resbalosa de la boñiga, desarrollé la estrategia autodefensiva tipo Clausewitz-II: trabajar más y desde luego mejor que cuando era aprendiz, para labrarme un buen espacio de donde fuera difícil extirparme. ¡Aguanta! Y llegó el día con el siguiente parte militar: planta ventilada de 7.00 a 8.00, comité de tumores ventilado de 8.15 a 9.25; periódico y café solo, doble, con hielo, gracias, de 9.30 a 9.40; consulta ventilada de 9.45 a 13.20 y alumnos de sexto curso ventilados a las 14-cero-cero. Sin bajas, mi coronel. Descanse, recluta, pero no demasiado, porque estamos citados en Dirección para hablar de la plantilla.

¿Hablar? ¡Y un jamón! Largaron la decisión de que nos olvidásemos (sine die) de contratar a un tercero en discordia. Y mi jefe se hizo transparente y…

Dicen que el cerebro reptiliano, en lo hondo-jondo de los sesos, desenfrena el pulso, dispara el jadeo y acojona los perendengues. A mí me encendió todas las alarmas, pi-pó-pi-pó, y entonces operé conforme a la estrategia Sun-Tzú epígrafe 3: fumigar con nitrógeno líquido al dragón que trepa por los higadillos y fingir un aplomo granítico. No, señores. Yo vengo desarrollando tareas antes inimaginables, por ejemplo enterrar el hacha de guerra con las tribus que solo nos remitían pacientes muy, muy terminales. Habrán de darme la razón, ustedes que presumen de verlo “todo desde arriba”, como esos moribundos que se abandonan a sí mismos y revolotean sobre el camastro y describen el cogote del médico que les está reanimando.

Les digo que me voy. Inspiración, Waterloo. Espiración, Midway. Hagan el favor de no joder la marrana. Inspiración, Estalingrado. Mirada al frente, fija pero sin parecer definitivamente enajenada. Rostro imperturbable, con un vago rastro de dignidad ofendida. Los pies quietos, las piernas cruzadas, las manos acariciando suavemente la tela de los pantalones, como un discreto comerciante de género colonial. Una serenidad extrañamente compuesta de gelidez y afabilidad, ni rastro de vino blanco en el aliento. Que me voy. ¡Coño! Se echaron atrás y salí como un explorador del Amazonas, mirando de reojo las lanzas empapadas en curare! Sin entrar en la psico-filosofía del farol, no me negarán que el farol (exitoso) es un chute de heroína y galopina y cocaína y lisérgico-vitalol en el puto centro de la carótida.

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