Folletín extraperiodístico (V): Dos hombres y algún desatino

imagesQ05NAKWA¿Oyen ese zumbido? Es el aleteo de la mosca que me rondaba las orejas, en la espera subfebril de que contratasen a otro colega para mejor repartir el peso de la púrpura. El faraón no soltaba prenda y yo seguía asumiendo tareas con 3 ojos, los míos y el de Lobsang Rampa. El ojo adicional servía para desenmascarar a presuntos compañeros, como uno que, al día siguiente de una guardia, me increpó porque le había administrado dopamina a una enferma suya (lo recalcaría, supongo, por no tener a mano la escritura de propiedad.)

Inquirí si la dopamina le había causado problemas y reconoció que no, que la enferma se restablecía. “¡Pero que sea la última vez!”, me espetó. Le expliqué, de buenos modos, los fundamentos del asunto, pero el campanudo alegó que los vasoactivos deben restringirse a la UVI. Le insté, con modos no tan buenos, a que rellenase sus lagunas con un libro distinto de los incunables de su mocedad. Pero repitió lo de “vasoactivos” (le sonaría bien, al capullo) y sobre todo me amenazó con acudir a mi jefe para que me prohibiera, etc. Naturalmente, le interrumpí con un dicterio razonable: “Vete a tomar por el culo”. Mientras balbuceaba chorradas, con cara de espanto y mal café, añadí: “Y durante la maniobra no dejes de leer el libro”.

La mañana prosiguió con una consulta de las que derriban vocaciones. Varios enfermos jodidos, jodidos de verdad, en todas las acepciones del adjetivo. Algún lance chusco apoyando la hipótesis de que los necios andan de conjura. Por fin, entre las brumas del hambre y las ganas de mear, me viene el jefe con un chivatazo sobre dopamina (¡acabáramos!) y sin más dilación me larga esta pregunta: “¿Qué te parecen los cuidados paliativos?”

No era momento. No lo era, rediós, y mi insensata respuesta fue: “Una mierda y un desprestigio para la Oncología”.

Mi jefe era no solo una gran autoridad en materia de paliativos, sino el auténtico inspirador del pensamiento subyacente y el líder de un sector profesional que los tenía por bandera. Los paliativos eran su vida y su alma, coño, y lo mío debió de ser una patada en los mismísimos. No sé cómo reprimió el impulso (natural y hasta lógico) de pegarme una hostia, una hostia seca al puto centro de mi jeta. En cambio, se quedó unos 2 minutos en apnea, sin parpadear, como si se le hubiera colgado el sistema operativo. Al recobrarse, misteriosamente ecuánime, dijo: “Pues te veo trabajar y veo que los aplicas perfectamente”.

Había que afinar. Veamos, sin acritud. Los paliativos, jefe, son la forma obvia de encarar lo que, con remedio o sin él, puede hacerse de modo más humano y llevadero. No los veo, jefe, como una especialidad subalterna –una disciplina ineluctablemente limitada a logros “menores”-, sino como un “estilo” exigible a cualquier médico. De hecho, ni siquiera es bueno el nombre, porque en rigor casi toda la Medicina es paliativa: sería más exacto llamarlos “cuidados sintomáticos”, pero en todo caso no atañen en particular a la Oncología.

Ligeramente trémulo, a medio camino entre la estupefacción y el éxtasis, como si la escena estuviera iluminada por el Espíritu, me preguntó: “¿Los eliminarías del nombre de nuestro Servicio?” Sí, jefe. Proclamemos “Oncología”, sin aditamentos, con orgullo, ¡qué cojones! Que nos remitan cualquier cáncer y ya veremos nosotros si tiene cura y cómo. La coletilla, además de innecesaria, expresa algo así como derrotismo. Haremos paliativos, claro, cuando sea menester, pero antes nos deben remitir los procesos curables y no puros desechos de tienta.

Lo vio. No todos pueden decir lo mismo. Lo vio. Ya se ha dicho que mi jefe se había dulcificado con los años. De cada diez alumnos solo hacía llorar a uno, quizá porque sus propios vástagos lo traían de cabeza al no alcanzar sus objetivos militares, digo académicos. Eran chavales magníficos, pero no se levantaban a las 4 de la madrugada para estudiar libros gordos. (Quizá sospechaban que el grosor no implica utilidad.) Yo le tranquilizaba diciéndole que encontrarían su camino y hablándole de mis propios churumbeles, que tenían 4 y 2 añitos y aún planteaban menos exigencias.

Los tenía a mi cargo entre semana, porque su madre –radiólogo- tuvo que irse a trabajar a Valladolid y solo volvía el finde, como se dice ahora. (Lo que es la vida, nunca fuimos agraciados en la tómbola solidaria de nuestra amadísima Cantabria, que generosamente fichó a las santas de otros compis, por supuesto listísimos ellos e imprescindiblas ellas. (Si pretendían que suplicásemos, nos veremos el Día del Juicio.)

Figúrense a mi jefe y a un servidor, marujeando sobre pañales, potitos, guarderías, jabón Nenuco y pomada Halibut. Estas cosas unen mucho. (Creo que en Alcohólicos Anónimos sucede algo parecido: te arrancas a exponer flaquezas y ya no paras hasta Venta de Baños.) Él me veía con los alumnos y notó que aprendían más sin arrancarles el orgullo a latigazos. Me veía asimismo acarrear a mis hijos –cosa verdaderamente agotadora- y sintió retrospectivamente que tanto, tanto estudiar, como si la Medicina fuera uno de los trabajos de Hércules, le había robado unos años irrepetibles con esos muñequitos que se van de casa a la velocidad de los bosones.

Yo le envidiaba porque tocaba el piano. Había cursado toda la carrera y tocaba muy de mañana, todos los días, para que no se le oxidara Chopin. A mí me gustaba más como intérprete de jazz u otras músicas contemporáneas. Los colegas, en los congresos, sufrían si había piano pero no salida de incendios, porque su entusiasmo lo atornillaba al escenario durante 40 piezas. Me miraban con lánguida conmiseración, como diciendo “rollos morunos te tragas”, sin comprender que no me aburría la música de él, sino los cotorreos, peroratas y martingalas pseudocientíficas de ellos. En una cena social, mi jefe tocaba algo de Michael Nyman y un prestigioso colega rompió literalmente en llanto: la Medicina lo había abducido de sus estudios musicales y los echaba en falta, el hombre. En efecto, la cagó.

No sé lo que daría por tocar medianamente la guitarra o el violín, pero eso ocurre en la infancia y en la mía no pudo ser. En ausencia de mi padre, huésped involuntario de los chiqueros franquistas, mi madre llevaba a casa el carbón y yo tenía que ayudarla (el hombre de la casa, hay que joderse). Entre ambos transportábamos 3 bolsonas: la mía y la del medio pesaban, ya lo creo, pero la que cargaba ella sola no era una bolsa, era un puto elefante con algo en el tiroides. Mi madre me dejó una forma de entender la vida -la Medicina-, que esencialmente consiste en no doblar el pescuezo fácilmente; la de mi jefe, aherrojándolo a la tiranía del piano en sus años odiolescentes, le dejó otro impagable regalo.

 

 

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