Folletín extraperiodístico (VI): Una giornata particolare

imagesJRZMJL2QTranscurrían los meses y ahí seguíamos, mi jefe madrugando para tocar el piano, yo madrugando para dejar niquelados a mis hijos antes de dejarlos en la guardería. Él muy volcado en lo que llamaba “los paliativos”, yo intentando que la Oncología se desligara de esa carga/tarea, que también la tendrían otros especialistas y no le daban tanta bola. (Sin embargo, a fuer de justos, mi jefe no se quedó levitando en la bruma teosófica, sino que acabó creando una unidad de asistencia domiciliaria que resultó todo un logro. Tuvo otros, como se verá.)

Mediada la visita de planta, una mañana cualquiera, salía yo de la habitación de un pobre diablo cuyo tumor galopaba a pesar de la quimioterapia y otras putadas. Su esposa aguardaba en el pasillo y me espetó: “Ay, doctor, ¡este se me queda como un pollo!” Son de esos comentarios que convierten lo cotidiano en un club de la comedia. Así que iba yo de lo más risueño a ver al último ingresado, un paisano que guardaba cama en una planta ajena. De hecho, iba cantando una del Más Grande Cantante Folk de la Historia de España: Manolo Escobar.

Aunque abundan los esnobs que me afean esta querencia musical (una patulea de ignorantes que se emboban con cualquier mindundi británico sin entenderle ni papa), iba yo cantando: “Almeríiia, un inmenso coral es tu hermosa bahíaaaaa…  Tu alcazaba de lú y tu embruho andalúuuuuuu, Reina Mora eres tú para los españoooles”. Cantando repasaba la historia clínica, en la sala de médicos, y en ésas otra doctora perimenopáusica exhibió su desagrado con aspavientos. Yo no sería el pequeño ruiseñor (sin duda me sobraban años y kilos), pero juro que lo hacía bajito y no del todo mal, así que pensé que la muchacha bromeaba. También en broma, le dije que tal vez prefiriese escuchar otra, e inmediatamente empecé a cantar: “Qué dira, la gente, qué dirá, si nos ve bailando, qué dirá… Zumba, zumba, zúmbale, toca la guitarra que yo cantaréeeee…”

No, hijo, no; la perimenopáusica no bromeaba. Se puso de un color alarmante, los brazos se le agitaban descontrolados y unos inoportunos espumarajos le impedían articular “¡por Dios!” como es debido. No sé. Quizá debí examinar la posibilidad de un ictus o incluso cantarle otra del Más Grande Cantante Melódico de la Historia de Europa (Raphael). Lo cierto es que hui cobarde y precipitadamente de la estancia, sin perder el buen humor, pero sin cantar.

Esa tarde salí con mi jefe a montar en bicicleta. (Para acallar al guasón que nunca falta, especificaré que no salíamos en tándem, sino con una bici cada uno.) Él se mantenía cachas por la coño bicicleta y sabía un montón de la fisiología del ciclismo y consiguió aficionarme a esa manera inteligentísima de curarse en salud –si no te derriba un coche- y a la vez degustar el paisaje con mayor intensidad. Al principio, la lengua se hace Sahara y el periné aúlla dolores y quebrantos, pero enseguida le coges el tranquillo y constatas que los prados son más verdes, la brisa más brisa.

Mi jefe daba zapatilla, ya lo creo, pero esa tarde iba yo delante. Era una tarde extremadamente calurosa y sucede que yo aguanto mucho el calor. (Lástima que a veces me derrumbe la sed. Seguramente tengo averiado el mecanismo, porque no la siento hasta que pintan bastos. Cuando la noto, arrímenme pronto líquido al morro, si quieren ahorrarse el follón del forense. Entonces me lanzo a abrevar sin conocimiento, hasta reventar, y la madre de mis hijos lo define seca y certeramente: tonto de los cojones.)

Esa tarde iba yo en cabeza, rumiando cosas del trabajo y moviendo un plato como una paella y mi jefe ¡no venía detrás! Contra toda costumbre, tuve que retroceder casi 2 kilómetros para encontrarlo. Estaba tirado en la cuneta, diciendo: “No refrigero, no refrigero”. Tenía una pinta acojonante. Le acerqué a la sombra, le despojé de un maillot innecesariamente abrigoso, se bebió todo mi bidoncillo de agua y se curó sin necesidad de operación. ¿Se acuerdan de Ben-Hur, camino de galeras, cuando le da agua un transeúnte barbudo que resulta ser Jesucristo? Pues igual. Enseguida empezó a refrigerar y regresamos despacio, bajo un calor infernal, él delante y yo vigilando que no le diera otra panfurria. Nunca he sentido las piernas más fuertes ni el pulso más vivaz, salvo quizás al día siguiente: sucedió algo que clama por otro capítulo.

 

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7 comentarios en “Folletín extraperiodístico (VI): Una giornata particolare

  1. Para los que, aunque haya sido a gran distancia, hemos intuido las vivencias personales que nos estás relatando folletín a folletín es un placer reconocer en ellos el homenaje a alguien que, quizá sin ser muy consciente de ello, ha dejado huella en muchos compañeros, en algunos más que en otros como es lógico y natural.

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    • Y saldrán más cosas, primero porque son rigurosamente ciertas, pero además porque son muy reveladoras, o al menos yo así las viví/siento. Dicen que somos lo que comemos, pero yo creo que esa es una visión pobretona: somos lo que interactuamos con los demás; para ser exactos, lo que los demás van moldeando de ese barro primigenio que sin ellos no sería más que barro.

      Claro está, los “demás” es una denominación genérica, donde se engloban los que verdaderamente significaron algo y otros que no pasaron de morralla. Esto sucede con los que fuimos dejando atrás, pero también con los que nos acompañan HOY. Algunos -pocos, por desgracia- se hacen acreedores a la ADMIRACIÓN; la mayoría deberán conformarse con el respeto o con una forma menor de cariño.

      Como se dirá en su momento, mi jefe fue un maestro. A trancas y barrancas algunas veces, equivocado o cabezón si quieres, pero con una visión extraordinaria de lo que sería el futuro y con muchas cosas que enseñar. De todo quedará constancia. Literaria, pero constancia.

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    • Dejó huella, claro está, y si tuviera que resumirla en un solo vocablo sería: equipo. Aprendió que todos podemos aportar algo y entendió que justo esa aportación personal es el origen de un trabajo productivo y agradable. Se suavizó con el tiempo y con el tiempo llegó a ser un verdadero maestro: irá saliendo, con toda seguridad.

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    • Hace unos cuantos años, llegando a casa tras andar 75 km, me derribó un coche. Iba yo tan ricamente por el arcén, subiendo la cuesta de Viveda hacia Santillana, una tarde muy resoleada, y al parecer el resol impidió al conductor percatarse de que invadía el mismo arcén. Me golpeó con el retrovisor justo en el sillín (un primoroso Selle San Marco de piel) y ¡hala, al bardal!

      No me hizo nada, milagrosamente. El hombre, un ingeniero que trabajaba en Bilbao, estaba verdaderamente aterrorizado y se ofreció a todo, a llevarme al hospital, a pagarme el sillín… Todo quedó afortunadamente en nada, incluso su amable ofrecimiento de resarcirme los daños.

      La cosa es que colgué la bicicleta. Han intentando llevarme por la senda de la bici de montaña, pero a mí me gustaba la carretera. Y sucede que en España es una temeridad. En esa faceta, como en tantas otras, hace falta un cortasetos para rasurarnos el Pelo de la Dehesa.

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    • Cuentan que tuvo un tantarantán semejante en una lancha que surcaba intrépidamente un lago suizo. Dicen que se puso muy malo, vomitoso y grisazul, en medio de unos cuantos colegas que se decían amigos míos.

      Eran tiempos de cierto encono, no recuerdo por qué, y de aquellos supuestos amigos hubiera podido llegar cierta soludaridad. Pero no. En vez de empujarlo discreta y cristianamente por la borda, montaron el circo deslumbrante de una reanimación colectiva.

      Alguno se arrepintió cuando el enfermo, plenamente restablecido, les agradeció el favor con un recital de 3 horas. Me dijeron que los grisazules eran algunos de los oyentes. Quizá fuera un signo de la Justicia Cósmica.

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