Zoología lírica

Domingo, 10 de mayo de 2015

mastin-antiguoVivo en un prado y alguna mañana salgo, con la rociada, y me hiere la certeza de que un animal ha cascado y principia a descomponerse. La brisa viene preñada de un olor indefinible, entre dulzón y pestilente, como si unos azúcares malévolos huyesen del cadáver que ya se enfría. Parece que los elefantes y otros animales saben que van a morir y se encaminan a una discreta cuneta, para no entristecer a sus congéneres, o quizá para preservar la absoluta intimidad que exige el trance.

Me alcanza el efluvio malsano de la muerte y me figuro al animaluco yendo solo a su tumba, no sé si dolorido o simplemente cansado, pero al raso y solo. Lo imagino perdido y lento, rezongando apenas, mientras la noche le amortaja con su sayo negro y gélido. Apresado en el último bardal, lo siento derretirse entre escajos y alimañas, a desmano de todo, acosado por escuadrones de insectos que a minúsculas dentelladas lo despojan de pelo, de lana, y abren brecha para los gases de la podredumbre. Y el día se llena de un olor a criatura que falta. Un perro, un cordero, un potro. Muerto y solo.

Sin embargo, de chaval, no fui mucho de animales. Mi abuela tenía pájaros (en particular canarios, tarines y jilgueros) y la veía limpiar las jaulas y suplirles agua fresca, alpiste y cañamones. Entre los barrotes les ponía trozos de fruta y zanahorias y ellos salpicaban y picoteaban con júbilo; escasos minutos, enseguida volvían a su modorra de cadena perpetua. Algunos no se arrancaban a trinar y mi abuela les ponía discos (microsurcos de 45 rpm) con grabaciones de cantarines excepcionales. Aprendían, sí, pero sus gorgoritos me sonaban a lastimeros cánticos de esclavo en los campos de algodón.

Me daban una pena horrible cuando se despiojaban a picotazos rabiosos y sobre todo cuando perdían las plumas de la cabeza y se convertían en mini-buitres sin esperanza. ¿Soltarles, para qué? Ya ni pájaros eran.

Por casa anduvo un gato durante varios años, mi madre sabrá por qué. Un meón desvergonzado, un asqueroso hideputa que me enseñó a desconfiar profundamente de toda persona que tenga gatos. (De los perturbados que poseen iguanas, culebras y otros engendros con escamas, mejor no digo nada.)

Desafiando a toda razón, los dueños de gatos se convencen de que su gato, el suyo, no es pestífero, ni lo pone todo perdido de pelos, ni araña muebles y cortinas, ni churra los libros. Los demás sí, pero el suyo no; al suyo le dieron en Oxford un doctorado en higiene. Los demás se cagan en las alfombras; el suyo nada más cuando sufre diarrea a causa de unos intestinos genéticamente delicados.

En la adolescencia me mordió un perro, lo que enfrió unas relaciones más precarias que diplomáticas. Yo solía pasar de largo, con extrema cautela, mirándoles de prevenido refilón, pero aquél detectó animadversión o miedo, y por miedo o simple agresividad me masticó la pierna y ¡venga vacuna! No sé a cuántos perros he tenido que ahuyentar, ya cerca de mis tobillos, mediante la táctica de agacharme y fingir que cogía una piedra. (Eso creían ellos, que fingía; no pocos se han llevado un morrillazo cuando ya se veían a salvo.) Bufaban, me miraban fijo -los colmillos desbordando las fauces, los ijares temblequeantes- y yo me ciscaba en la madre que los trajo.

Ya de mayor, por motivos que no hacen al caso, me aficioné al mastín español. Habrá perros igual de buenos (no me las doy de experto), pero será por retener algo del mastín. Un buen día mi tío Manolo, uno de los mejores súbditos del reino, antes de que un empresario sinvergüenza le chafara la jubilación dejándole un suculento cañón, me dio una soberbia cachorrilla a la que bauticé como “Tara”.

A Dios pongo por testigo de que tenía conductas sencillamente increíbles, pero no teman, no voy a explayarme, como esos papás que babean porque creen tener en casa a un híbrido de Goya y Mozart.

Una ironía salvaje del destino hizo que Tara se muriera de cáncer de mama, justo mi especialidad médica. Le salió un bulto y el veterinario dijo que era benigno y era un cuento. Al poco, el cáncer se enseñoreó de sus huesos y Tara estaba jodida y hubo que sacrificarla. La enterré bajo los avellanos y cuando bajo por allí, casi todos los días, le cuento alguna preocupación y ella me responde, con su cachaza mastiniana, que la cosa no será para tanto.

Algún amigo me cuestiona por qué no le di los mismos medicamentos que uso en mis enfermas. Creo que Tara los habría rechazado, tal era su integridad. La quise tanto como para no querer otro perro, ninguno que se muera y deje un abismo tan hondo, pero ¡joder! Sucede que hay personas que se mueren de hambre y de asco y qué dirían si un ricacho derrocha medicinas carísimas en una perra.

Cuando mis hijos eran muy pequeños, iban andando al pueblo, con Tara a su vera. El mayor, más rápido, regresaba antes, pero Tara jamás volvía con él: lo hacía invariablemente con la pequeña, a la que esperaba cuanto hiciera falta. Seguro que Tara tendría sed, o hambre, o ganas de llegar a casa, pero nunca dejaría a la niña sola, porque Tara sabía lo que era: una mastina.

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9 comentarios en “Zoología lírica

  1. Le felicito por esta pequeña estampa consuetudinaria. Y comparto los sentimientos encontrados con respecto a los animales llamados “domésticos”. Creo que esa dicotomia amor/odio a los “bichejos de salón” es más común de lo que parece. Yo mismo me encuentro entre los que no comprenden que a esos animalitos utilizados como capricho, estatus o lujo (dejando al margen, en este estadio de desarrollo de la ciencia y la economía, los que sirven a la humanidad como herramienta de trabajo o alimento), diseñados que fueron por la naturaleza los ahora exhibidos por ostentacion o adorno, como “máquinas” de intemperie, alguien los encarcele en espacios tan limitados como las actuales viviendas. Lo que vale para los jilgueros, canarios o tarines, debiera valer para perros, gatos, ponys, etc. Condenándoles a la represión de sus “necesidades” e instintos, sometiéndoles, a ellos que nacieron para correr continuamente por espacios abiertos sin más límites que su resistencia, y en consecuencia convirtiéndoles en bolas grasientas, asmáticas, artríticas, con problemas basculares, coronarios, ……… y el largo etc. que Ud. como médico no tendrá dificultades en diagnosticar y enumerar para estos supuestos. Oiga, ye esa verdadera 2carnicería” vital, la enmascaran en un supuesto… ¡amor a los animales!. ¡Manda carallo!. Termino expresándole mi satisfacción por el uso que hace Ud. en este artículo y otros de palabras arcaicas, localistas o provincianistas, o del argot más o menos “cheli”. Le animo a avanzar por estas trochas y veredas de las fablas populares. Seguramente el gran Francisco Umbral se sonreirá al leerle desde el alto observatorio del éter, y le puede inspirar en caminos que él recorrió, hasta metas a las que por su “mutis” no alcanzó a llegar. Perdón y ¡Ánimo!.

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    • En efecto, en su febril carrera por trastocarlo todo, el sapiens se rodea de mascotas para convertirlas en lo que no son. Poseo un abeto soberbio que por algún motivo le encanta al raitán (bello nombre astur de la avecilla que en mi tierra se llama petirrojo). ¡Cuántos ratos “pierdo” en la ventana de la cocina admirando al raitán y su familia! Pues bien, ignoro qué sentido tiene meterlo en una jaula.

      Claro que los animales inspiran sentimientos positivos (sosiego, compañía…), pero será porque exista cierta afinidad cerebral-emocional con el humano. Me resulta inconcebible una relación semejante con un camaleón, con una anaconda o con un armadillo.

      ¿El gato? Bah. Un felpudo con patas que destaca por el grácil dinamismo de unos movimientos extraordinariamente fluidos y elegantes, pero al que le importas un comino porque jamás llegaría a entender ni un átomo de pensamiento racional.

      Sin embargo, el perro te entiende, coño. Sabe lo que piensas y se amolda a cómo te sientes y si eres ciego te lleva con absoluto rigor y si lo entrenas para luchar se dejaría matar por ti. El perro puede ser tan cabrón como el dueño y también puede ser la mejor criatura sobre la tierra. Pero debe ser el perro rústico, el que pernocta al raso, el terrier que cava zanjas, el mastín que cuida ovejas, el labrador que no vale para guardar porque se va con el ladrón. Ese perro feo e imperfecto que vivirá lo que Dios disponga, no el adonis degenerado que impone el pijo contubernio de genetistas y veterinarios.

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  2. Como siempre, me paso esos minutos que leo y releo cada artículo que publicas. Me encanta, además, la utilización de palabras que están en trance de desaparición,siendo una látima que muchas de ellas sean sustituidas por anglicismos estúpidos.Gracias y Felcidades por tus artículos.Un saludo Pedro

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    • Pues sí, ahora que lo dices, me gusta decir “bardal” y “churrar” por dos razones. Una, porque me conectan con la tradición quevedesca que culmina en Umbral. Otra, porque dudo que se puedan traducir al inglés.

      En todo caso, lo único que no se puede perdonar a un artículo es que sea aburrido. Donde no hay hallazgo o sorpresa, no hay nada.

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  3. Si a Ud. le interesa, le puedo hacer un pequeño catálogo de palabrus arcaicos cántabrus (montañeses o santanderinos se decía en mis tiempos y mis lares), en riesgo si no certeza de extinción por “mutis vital” de sus parlantis, como giñar, amugar, pindio, No lo hago ahora, por no ocupar su tiempo en algo que quizá no le interese demasiado. Saludos.

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  4. Amayuelas. Borona. Cenachos. Colodra. Coloño. Estorneja. Fleje. Lumiaco. Mazajones. Mirueyo. Morio. Muergo. Raberas. Trébede. Virigüetos.

    Exahalan olor a verde recién segado, a lluvia recién caída, a salitre. Dicen algo del que las pronuncia y del que las entiende. Expresan con rotunda sonoridad el mundo remoto de la niñez.

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  5. usted es muy grande, un saludo y comparto el pesar de un mastin que se me fue por epilepsia y cuido de mi familia mejor que yo mismo. felicitaciones por sus articulos

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    • Las ovejas, al ataque del lobo, aunque sea apenas un pellejo famélico, se comportan como ovejas: se dejan degollar, sin más. ¡Ah, el mastín! Le pasa como a los perros de lucha, esos desgraciados admirables que se lanzan a pelear, y a morir, por sus dueños, sin saber que éstos son unos hijoputas. Los perros matan y mueren por ellos, como lo harían por nuestros hijos en peligro. Los humanos, infinitamente más calculadores, ¿son capaces de tanto sacrificio?

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