Folletín extraperiodístico (VIII): El gorrión maltés

Gorrión

Quien haya llegado hasta aquí, recordará que mi jefe me encargó supervisar a los médicos jóvenes que fueran viniendo. Creo que le agradó mi postura ante el crecimiento previo de la plantilla, primero con un colega que no era de mi escuela –precisamente por eso-, y luego con su novia, porque lo de escindir emociones y rendimiento profesional me parecía –y me parece- una bobada.

Creo que le agradó que no me aprovechase de la coyuntura, en aras de un refuerzo bellaco y torticero. Quise, empero, que decidiese después de oírme un par de ideas respecto a los futuros. (Digo ideas, pero las bieninterpretó como lo que eran: líneas infranqueables.) Primero, yo combatiría el reduccionismo absurdo de tomar Oncología y quimioterapia como sinónimos. Segundo, los futuros no serían loritos repetidores de sus mayores, incluido yo. Al contrario, había que imbuirles ojo crítico y miras amplias, que les facultasen para trabajar dignamente donde fuera menester. A esa mentalidad yo la llamo vacuna contra LC. ¿Contra qué? Contra el vicio-pulsión de ser un lameculos.

Al colega que vino de Sitges, lo que es la vida, le hacía tilín asumir la función de tutoría. No le bastaban otras áreas para imponer sus caprichos, digo criterios, mediante estallidos de violencia pueril que terminaban invariablemente con la amenaza de marcharse. ¿A dónde se iba? Se ha ido a medio mundo, pero sospecho que a través de agujeros de gusano, pues volvía enseguida. Volvía con mi jefe templando gaitas, es decir plegándose una y otra vez a la socorrida e indecente técnica del ultimátum.

“Habrá que darle algo”, decía mi jefe. Y se lo daba, siendo lo más grotesco del caso que yo figuraba como el enchufao. (¡Coño, habrá enchufes beneficiosos, pero el mío sería de los que te achicharran!) Y el otro colega fue amoldándose a la convicción de que está rodeado de gilipollas envidiosos, y llegó a prohibirme que cogiese el teléfono, pues seguramente llamaban de Suecia para otorgarle el Nobel. Y venga con la matraca de la tutoría, pero ahí, qué le vamos a hacer, dio en hueso. ¡Qué digo, hueso! Pedernal ferruginoso.

Mientras él iba malmetiendo con el rollo de rotar por el extranjero, yo negociaba por lo bajini et voilà; ya se estaban yendo a magníficos centros americanos durante 3 meses. ¿Qué dijo, entonces? Que no éramos una academia con trimestres vacacionales. ¿Qué respondí yo? Nada.

La melonada –y la dejo en piadoso singular- coincidió con un ominoso mazacote de ganglios en el cuello de mi hijo mayor. Del lado derecho le brotaba un paquete remitido desde el puto infierno. Fueron unos días jodidos, hasta que al pediatra, buen amigo, lo alivió tanto como a mí el diagnóstico de mononucleosis. Días jodidos, en los que mi alma excavó una letrina en el último agujero, y allí tengo alojada la melonada nº 1 y su incesante retahíla.

Ya habré dicho que todo el mundo se siente llamado/dotado para algo. Puede que lo mío sea la enseñanza. Mi jefe tocaba el piano y sabía bastante de ciclismo, pero en materia docente no me ilustró gran cosa. En cuanto a si me ayudó, digo con galaica rotundidad que sí y que no. No me ayudó nada en la Universidad –yo hubiera ido gratis, solo por rendir homenaje compartiendo aulas con mis auténticos maestros-, pero sí me ayudó (y mucho) manteniéndome en la tutoría contra las asechanzas del genio ultimatólogo.

Mi jefe, que había hecho llorar a verdaderos hombrones, se percató de que los médicos jóvenes atesoraban una delicada mezcla de entereza y fragilidad. Y notó que yo tenía una forma peculiar de reforzarles, para bien de ellos y de todo el colectivo, mientras que el colega exigente-pifostiero incurría en cagadas rayanas con la extorsión. Cela dedica su novela “Mazurca para dos muertos” a indagar en las siete señales del hijoputa. Una basta para marcarlo a fuego: es el que oprime al débil y se agacha ante el poderoso. No falla: lo pillas un día y jamás exhibe signos de enmienda.

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5 comentarios en “Folletín extraperiodístico (VIII): El gorrión maltés

  1. Recordaba al jefe de entradas anteriores. Se me ocurre de que sería todo un detalle animarlo a frecuentar este blog y las folletinescas descripciones de talante y modos del tal. Yo estaría dispuesto a colaborar si me facilitaras su dirección porque, si no estoy errado, aún soy capaz de verlo en mi imaginación. El caso es que haber convivido con él parece haber sido una inolvidable experiencia…

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    • Los jefes, entre sus nobles tareas, tienen la detección y encauzamiento de los conflictos internos. Siempre los hay y son como las avalanchas, al principio son chorraducas de freno fácil, pero si se dejan, devienen monstruosas.

      La peor política podría ser la indiferencia o, peor, el ocultamiento. Así los conflictos se hacen gangrenoides y lo infectan todo. Llegados al extremo, ¿qué hacer? Los cirujanos amputan.

      Un servidor amputó, también, en un sentido figurado. Puso una barrera de cristal entre su cerebro y las melonadas y ¡con su pan se lo coman!

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      • Magnífica disección, José Manuel. Por lo demás, yo no valdría nunca para jefe por mil razones, no siendo la menor de las mismas mi alergia a las adscripciones y carencia total de apadrinamientos varios, tan determinantes en muchos puntos de la geografía sanitaria patria. Soy en cambio un buen vasallo, y si continúas siendo la persona que recuerdo, y no idealizo más de lo necesario, me encantaría servir a tus órdenes. En lo tocante a los conflictos, arroparía más o menos abiertamente a la causa perdida, la erótica de lo inevitablemente condenado, a lo “Toro Salvaje”, me pierde.

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  2. Se irá viendo, en los pocos capítulos que le quedan al Folletín, hasta qué punto comparto alguno de tus criterios. El de las jefaturas es asunto que suele dilucidarse por los rasgos/méritos del baranda: que si es personalista, incluso dictatorial, que si es templagaitas, digo diplomático, etc. Sin embargo, acaso lo más relevante sean los indios: ¿quiénes son los que encumbran, o soportan, o enaltecen, u odian, al jefe?

    Quiénes son (o eran) y qué quieren, y hasta qué punto están dispuestos a pringarse, levantando el dedo para expresar una opinión, y cuánto llegarán a tolerar por conservar su islita de felicidad, o qué fuego les arde por dentro y acaso por fuera.

    Pues bien, hay un punto en el que ésos, los indios, los compañeros, los que iban a comerse a Dios por las patas, a saber por qué -por miedo, por prudencia, por sabiduría, por cobardía-, adoptan el melindroso silencio que bien pudiera confundirse con la indiferencia. Hay un punto en el que la defensa abdica de sí misma y parece más cómodo dejarse llevar, que algún designio cósmico determine el fluir de las cosas, sin implicación que alguien pudiera tildar de “personal”.

    ¿Respeto profesional? Incondicional. ¿Cariño por los años transcurridos? También, claro. Ahora bien, ¿admiración? Ni por lo más remoto. Se admira al empecinado de su dignidad; a los demás, a esos seres cuya máxima hazaña es lloriquear a solas, en fin, basta con verles como son, personas normales. Enarbolan sin orgullo la gris normalidad de la gente corriente y moliente. Van con los tiempos.

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