Comidas de España (I) – Impertinente explicación

Parece ser que yo, de chaval, tragaba como algún desaforado personaje de García Márquez. A juzgar por varias fotos de distintas épocas, mi horno metabólico era incapaz de quemarlo todo, dando lugar a abundosas y vergonzosas chichas. Creo que siempre fui obeso -mejor dicho, una morsa escasamente flotadora-, hasta que una tardía cordura me alcanzó ya en la Universidad. Inicié entonces una insensata alternancia de períodos magros con fases gordinflas, una alternancia que el bienintencionado diría inexplicable, pero que yo explico perfectamente: en ciertas rachas me atiborraba como un poseído, no por los diablos, sino por tragancias estragantes.

Como-ayudar-a-un-niño-obeso-a-adelgazar-1Cursé la Primaria en un cole al que íbamos en autobús. El trayecto matutino venía a durar una hora y le venía fatal a mi centro del vómito, pues a menudo llegaba al colegio y echaba fuera el desayuno. (Resultado nº 1: dejé de desayunar y ¡seré cabezón!, estuve sin hacerlo desde los 7 hasta los 49 años.) En el mismo cole hacíamos el almuerzo y la merienda, aunque en realidad yo no comía allí demasiado. Los almuerzos, pché; daban garbanzos una vez a la semana -los odiaba- y daban unas lentejas muy deficientes -cuando no me veían embadurnaba el plato sin apenas probarlas-. Para merendar, daban un bocadillo distinto cada día; los de mortadela y foie-gras eran puaj y repuaj, respectivamente, así que solo comía el de chocolate y sobre todo el de mantequilla con azúcar, que era celestial e imperdonable.

Quiere decirque que si yo estaba como un ceporro, que lo estaba, era por las triscas que me metía en casa, por la tarde/noche. (Resultado nº 2: durante 40 años, para mí, solo tenía peso la cena.) Ya de médico, cuantas más tareas iba asumiendo, menos comía durante el día. Así que a la hora bruja del ocaso, ¡hostias!, era más barato comprarme un traje que invitarme a cenar. Me zampaba las alubias, la paella, las patatas con carne o los macarrones, como una desbrozadora supersónica, y a continuación arrasaba las baldas del frigorífico como las panzerdivizionen. Embutidos, queso, yogures, naranjas (pobres naranjas)… y por último me calzaba un litro de leche -como lo oyen, un litro-, por supuesto remojado con pan o galletas.

Las fases de tragancia más irracional, nunca supe/pude adscribirlas a nada concreto, ni a los ciclos lunares, ni a la secreción de cortisol, ni a los vaivenes del clima. A algún interruptor en lo hondo de los sesos se le pelaba un cable y allá iba yo, como un anormal. En medio de la cocina (y debería decir en el suelo), al borde de la explosión gástrica aguda, más de una vez tuve que gritar: “¡Sacadme de la cocina!” Mi mujer, mientras tiraba de mi corpachón hacia espacios más amplios, iba diciendo: “Este gilipollas se muere aquí mismo”.

 

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6 comentarios en “Comidas de España (I) – Impertinente explicación

  1. Me temo que en los próximos días, igual que desde hace años, voy a experimentar las mismas sensaciones que describes; pero “a drede”, que ya que no me ha tocado El Gordo de la lotería no parece muy descabellado agrandar un poco más al que me acompaña día y noche desde hace muchos años. En fin, de nuevo, una vez más, ¡inefable!, ¡inefable! (ya me lo aprendí de por vida)

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    • Pantagruelismo es la sensación inminente e irrefutable de una explosión gástrica o de que el páncreas se derramará como un sulfuro ardiente. Inexplicable y afortunadamente, esas catástrofes son raras, lo que da paso a otra amarga constatación: la anaconda que te aferra la cintura vuelve a engordar y es menester ropa más amplia para contener su hercúleo abrazo.

      ¿Qué hacer entonces, qué? Pantagruelismo otra vez, porque llega otra ocasión, otro almuerzo de trabajo, otra cena familiar, otra tragancia impostergable. Y la renovada certeza de que no se puede seguir así, pero al tiempo la convicción de que tampoco es para tanto, que ya habrá tiempo para enmendarase…

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    • En cambio, el pan con mantequilla, con su aroma de siglos debajo de su costra de azúcar… Era un efluvio de la providencia celestial.

      Nunca olvidaré la cara de desconsuelo de Carlitos Bolívar, todo orejas y llanto inminente, cuando trincó el último bocata de la cesta y se le cayó sobre el barro, por el lado de la mantequilla, como al parecer determinan las leyes de la Física y la Desgracia…

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      • Hola, apreciado, admirado y respetado Jose. A falta de más oportuno cauce, utilizo éste -tan bueno como cualquier otro para vehicular buenos deseos- para desearte unas Felices Pascuas y un venturosísimo 2016. Un gran abrazo!!!

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  2. Es un cauce tan bueno como cualquier otro. Las llamadas “redes sociales”, aunque para algunos entorpecen la comunicación, de hecho la propician. Uno, que en el fondo es un romántico, no descarta que acaben recuperando algo parecido al género epistolar. Llevará tiempo, o quizá no se logre nunca, pero hay que darles tiempo… Como fuere, ¡Feliz Año!, pues el 2016 ha de ser al menos tan bueno como el feneciente 2015.

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