Comidas de España (III) – Proust y el corazón del pollo

Cuando tienes la antena roñosa, o el cerebro suspendido de empleo y sueldo, no te percatas de que alrededor suceden cosas. No es asunto grave (si no te ganas la vida con el periodismo), aunque bien mirado algún desastre conyugal proviene de una larga desconexión con la realidad y de obviar el vuelo rasante de un pájaro (o pájara) que sorteó la temporada de caza y en mala hora se dejó caer por un nido ajeno. 

CongrioNo obstante, a veces te ataca un fogonazo de lucidez y percibes algo, una tendencia, un hilo conductor en el perro caos de la perra vida. Algo así me trincó las neuronas en 2010, cuando empecé a notar una estrambótica animadversión hacia mis compatriotas católicos. Yo no profeso esa fe -ninguna, en realidad-, pero ellos son unos cuantos, de modo que sentí cierta alarma vicaria cuando la trinchera dizque atea empezó a pincharles, primero, y a joder la marrana, después. Y escribí un artículo, “Un ateo que marca la X para la Iglesia Católica”, que publicó El Diario Montañés con inesperada resonancia, que aún colea.

En fin, que El Diario me pidió más artículos, dándome libertad para elegir temas, enfoque y cadencia. Ellos sabrán, pero el caso es que se han acumulado unas decenas de páginas que alimentan este blog. (Si no gusta, al menos contienen diversión.) Como esto de los telefoninos es una infección, inauguré un foro de guásaf con el título de “Prensa solvente”, donde se cuelgan comentarios periodísticos, a vuelapluma entre lo vitriólico y lo descojonante. Pues hace 1 año -sí, 1 año ya, aunque algún provecto forista ponga en duda la celeridad del puto tiempo- se convocó una comida de hermandad a ver qué pasaba. Y no pasó nada, excepto para un congrio, que feneció entre patatas gloriosas y sabroso jugo de mejillones, sin entender qué coño vincula que un gilipollas se explaye en prensa y el pobre congrio se vaya al puchero.

Pasa otro año, otro año completo, y los cabronazos vuelven a comerse otro congrio. Son gente conservadora que no encuentra motivo para cambiar ni de plato ni de restaurante (UMMA, en Santander). Primero, el consabido riachuelo de vermú y las croquetas de mamá y alguna pijadilla nipona. ¿Estaba rica, la pijadilla? Sí, aunque no se sabe si por sus méritos o por el rioja del que ya se trasegaban volúmenes insensatos. ¡Amigo! En ésas llega el congrio, convenientemente muerto, y el aire se impregna de pimentón y gloria bendita y alguno se hinca de rodillas y proclama su conversión al Hare-Krishna y empieza a palmotear reclamando una zambomba.

Vino y congrio suscitan el birlibirloque de la gran pregunta. ¿De qué leches hablaba Proust con la afamada magdalena? Uno dice que no era una magdalena, sino un pedazo de quesada. Otro replica que en Francia no hay quesadas, que era una brioche, y lo pronuncia así, “briioousssche”, como diciendo que él estudió en colegio de pago y a él le van a venir con cuentos. Hostia va y hostia viene hasta que uno, seguramente el menos sobrio, grita “¡Ehhhhhhh! ¡Se siente todo el mundo, coño!” Es la autoridad militar y dice, solemne, que en realidad Proust hablaba del tránsito de la infancia a la madurez.

¿Cuándo -qué olor, qué objeto- te hizo sentir que entrabas en el oscuro mundo de los adultos? ¿Cuándo dejaste de ser un niño, en tu fuero íntimo?

Quedan las preguntas en el aire, como moscas en un velatorio caluroso. Un radiólogo pone cara de preservativo, un periodista pone cara de preservativo con sabor a fresa y un jubilado del sector servicios pone cara de hayquejoderseconestepayaso. Pero acaban entrando al trapo, vaya si entran. Ajá, uno accedió a la vida adulta al echarse Floïd en la jeta (after shave mentolado vigoroso, digo brutus). Otro, cuando le pusieron pantalones largos en el colegio de las Pitingas Esclavas. Otro, leyendo las novelas de Sandokán. Otro confesó que todavía le jode el corazón del pollo. ¿Qué cojones es el corazón del pollo? – pregunta un exciclista que no está mamao porque él jamás se dopó…

“Éramos pobres”, dice el interfecto, y “nuestra madre hacía arroz con pollo”, sigue el interfecto, y “pugnábamos entre los hermanos a ver quién trincaba el corazón del pollo”. Y al interfecto le salen lagrimillas de pura infancia traicionada, y al de las novelas de Salgari-kán le salen lagrimones como orejones, y al ursulino de los pantalones largos le salen ronchas. Y el vino sigue su tortuosa ruta hacia la mar y los colores siguen avivándose y desaparece misteriosamente una musculosa lubina y comparecen la torrija, espectacular, y el ineludible digestivo que los sajones llaman gin-tonic. Es verosímil la hipótesis de que solo medio litro de Floïd sea mejor brebaje.

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2 comentarios en “Comidas de España (III) – Proust y el corazón del pollo

    • Tengo dicho por ahí que la mejor universidad está en las comidas, o mejor en las sobremesa, cuando los azúcares y las salsas y los bebedizos enólicos han puesto al cerebro en su sitio.

      De ahí viene una de mis reticencias a la legislación anti-tabaco. Hay gente fumadora, sí, pero que a la vez es interesantísima. Ha viajado, ha practicado un deporte raro, sabe lo que es un foque, habla checheno, tiene anécdotas pasmosas -o se las inventa con gracia-, y resulta que el tipo fuma y la nicotnina le haría ser más ocurrente, amistoso y vacilón. Habría que dejarle fumar, coño, y los que no fumamos, por una tarde, nosn aguantamos.

      En fin, como fuere, llega el postre. Yo creo que el postre perfecto es un gin tonic. Chispeante, fresco, ligero, digestivo… ¿Qué más le puedes pedir? Hay quien se mete un pedazo de quesada o tres bolas de helado cremoso y dice que “es por bajar la comida”. ¿Bajarla? Lo que hacen es atascarla. Con un gin tonic (con su justa cantidad y calidad) se logra una limpieza de cañerías mucho más eficiente y gustosa.

      Hasta la Guardia Civil debería entender que es más peligroso conducir con un postre de hojaldre con chocolate obturando el cardias. Nada que ver con la ligereza burbujeante del postre perfecto.

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