Comidas de España (y IV) – Pinceladas de un cenopio fraterno

El menda que se pliega a la tocho/moda de no llamar a las cosas por su nombre glosaría una “asamblea gastronómica del solsticio de invierno”. Yo prefiero escribir de la Cena de Navidad que celebramos los 11 profesionales del equipo de Oncología de la Clínica Mompía. Sucede que soy el novato; ellos, que venían trabajando juntos desde hace años, me han acogido con entusiasmo y cariño encomiables, desmintiendo el lugar común de que en todas partes hay crispación y habas cociéndose a la greña.

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Para algún desnortado, la Oncología se ciñe a inyectar rígidos protocolos de quimioterapia. Falso. No hay Oncología de calidad (bastante tiene el pobre enfermo) sin amabilidad al recibirlo, informarle con paciencia y reposo, allanarle las trabas burocráticas y atenderlo a su hora, mañana o tarde. Igual que un burro conectado a Internet no deja de ser un burro, disponer de megatecnología no impide ni disculpa que un servicio médico sea mecanizado y áspero. Es prioridad de nuestra Unidad soslayar tales defectos, pero en la cena navideña impera sin excepción el Primer Mandamiento: en la mesa no hablarás de Medicina.

Fortalecemos ese espíritu con unas copichuelas de fino champagne, y digo champagne, pues el arribafirmante rechaza bebedizos de origen catalufo. Suavizadas las fauces con livianas burbujillas, enseguida se dilucidan los asuntos más urgentes. ¿Elecciones generales? No: cuánto perdurará el matrimonio de Cayetano y Eva González, presunto torero y algo así como actriz. Sendos bellezones, cada uno en su género, pero el pronóstico, ejem, oscila entre reservado y sombrío, no en vano a él ya lo echaron antes de otra casa. La segunda cuestión, menos perentoria, va de tendencias musicales. Hay quien sostiene la curiosa teoría de que Pablo Alborán, alias el moñas, es música… Por último, somero debate político. Nos dedicamos al cáncer, Virgen santa, no somos una pandilla de fanáticos, de modo que hay opiniones repartidas sin atisbo de guerracivilismo. En principio queda descartado Bildu; los demás, pché, seguro que se las componen y arreglan.

Cenamos en un recoleto saloncito de La Casona del Judío. El cocinero (famoso televisivo por esos infinitos programas de comida, como si estuviésemos en la posguerra), se nos presenta afable y amabilísimo y nos ofrece “algo para compartir”. ¿Cómo? De crío me enseñaron a elegir un primer y un segundo platos, para mí solo, asquerosamente solo, porque no soy partidario de “compartir” e ir luego al asalto, ensartando precariamente un pimiento huidizo, mientras otro comensal me salsea el osado antebrazo. Mis generosos compis ponen sus viandas a mi disposición, pero yo me niego -perro descortés- y encima me zampo todo lo mío con reprensible egoísmo. Así que no doy fe de cuán ricas estuvieran sus platos, pero yo me trisqué un buen par: cachón frituco con leve toque de tinta, y sobre todo rabo desmigado y envuelto en hoja de berza. Soberbio el chicho y furiosamente verde la berza.

¡Mira que uno ha asistido a comidas de personal sanitario! El debate más reiterado, aburrido y fatigoso, consiste en quejarse del sueldo y echar pestes de los jerarcas. Esta Navidad ni se mientan esas pijadas, en cambio hay lío sobre preferencias vinosas. Una vez consumido el champagne, no hay más remedio que afrontar la desdicha de probar dos tintos. Goza de más aprecios el Sierra Cantabria -un rioja que no por casualidad fenece antes-, pero tiene asimismo adeptos el Malleolus, un ribera masticable. Entonces, ya lubricados los cerebros, empieza a dilucidarse el verdadero problema, el tremebundo nudo gordiano. ¿La guerra en Siria? No. ¿El calentamiento planetario? Tampoco. Se trata de la fisioterapia neonatal.

Horreur. Una niña nuevecita, estrenada no hace ni 3 meses, resulta que mira más hacia la derecha (no del espectro político, sino de su propio cuello). “¡Jesús, hay que llevarla a sesiones de fisioterapia!”- cuenta la mamá, obviamente primeriza. Los otros ponemos cara de circunstancias, es decir nos cuesta disimular las carcajadas. En plena bronca llegan los postres, delicadas arquitecturas de cítricos, yogures y cacao que se torean con ayuda de otro tinto. Al lector sorprendido le diremos que este proceder goza de sólida base: el dulce sensibiliza las papilas gustativas a tintos complejos. De modo que muere en combate un syrah extremeño, Habla nº 12, soberbia demostración de que hay vida inteligente fuera de Cataluña. Otra comensal revela que a su primer nieto andan observándolo los de Atención Precoz, circunspectos agoreros que discurren si es autista o es que el niño les mira con estupefacto descojono.

Rematamos con experiencias viajeras. Venezuela y Colombia atesoran grandes bellezas, pero con golpisas y balaseras que las hacen menos recomendables que Cenicero. Tierra cercana y recia, merecedora de una pronta visita, pues que la circundan hermosos viñedos y uno de mis colegas tiene una hija biotecnóloga que va para enóloga. (Señor, ahora que naces en Belén, haz el milagro de que lo sea.) Para mis adentros, rememoro un reciente viaje a San Antonio, Texas, en cuyo magnífico jardín botánico prospera una hermosa vainilla mexicana: es trepadora tenaz y vigorosa como los 10 paisanos que me dispensan el honor de trabajar conmigo.

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4 comentarios en “Comidas de España (y IV) – Pinceladas de un cenopio fraterno

  1. Hay que ver para lo que da de si una cena si se riega adecuadamente. Yo como soy más de champagne de principio a fin, no me dan de si para tanto y prefiero no intentarlo, porque no tengo buen beber (es broma). En fin mi querido amigo, gracias por compartir tus ociosas comidas con nosotros. Sigue así.

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    • In vino veritas, decían los romanos, que eran unos tipos listísimos. (Eran tan listos que el vino de Málaga era moneda de cambio en todo el Mediterráneo, como el oro de las Médulas, pero eso tenía menos mérito).

      Escribió Gustavo Bueno que el hombre es un mono que come pan. Pues bien, no es menor hazaña plantar vides, prensar las uvas, echar levaduras para convertir el mosto en vino y luego, ¡el acabóse!, criarlo en barricas para que fruta y madera alcancen ese equilibrio misterioro que permite digerir apropiadamente un lechazo a la par que el mundo adquiere colores más bellos y aristas menos cortantes. Nunca falta el aguafiestas que pide eso, agua, olvidando que el vino ya tiene más de un 95% de agua. Los demás, la gente normal, nos calzamos unos vinachos y las viejas pendencias se hacen lejanísimas y el futuro adquiere ribetes no ya halagüeños, sino francamente esplendorosos.

      Hoy mismo dice la radio que en Cantabria hay 245 paisanos con más de 100 años. ¡No habrán bebido, ni nada! Por consiguiente, hay que combatir la pésima política de que Rioja produzca excedentes: es menester que nos los bebamos con rigurosa diligencia, por afán solidario, responsabilidad social… y salud. (En Rioja producen algo parecido al champagne, pero eso no, eso mejor se lo dejamos a nuestros queridos vecinos del norte.)

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    • Los obesos tenemos que andarnos con mucho ojo, si no queremos que el tejido adiposo vuelva a apoderarse de nuestro peritoneo y hasta del cerebro. Hay que vigilar los sólidos y mucho más los líquidos, especialmente los que provienen de la uva en todos sus escalones de fermentación y destilación.

      Eppur, está todo tan rico, es tan milagroso el vino… que la habilidad consiste en transformar la disciplina (necesaria) en disfrute (imprescindible). He llegado a la conclusión de que merece la pena ser muy, muy selecto en las viandas. En particular, ¡nada de salsas disfrazando la mediocridad del chicho!; voto por hechuras livianas, elegantes, más aromáticas que gomoso-masticables.

      Respecto del vino, ¡ay, el vino! Cada día de vino significa una extralimitación, que exige un par de días de compensación cartujana. El vino hay que triscárselo, sí, pero pagando el peaje correspondiente, pero eso me lleva a otra gozosa constatación: nada de medianías ni, por supuesto, brebajes de tetrabrick.

      Vista así, una dieta es lo más fantástico del mundo. Comes sabrosía y bebes ambrosía y, encima, mantienes el peso bien amordazado. Jejejeje.

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