Trapos sucios en el palco

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Sábado, 21 de mayo de 2016

 

De Atapuerca para acá, el nacionalismo es una dudosa operación mental que oscila entre el egoísmo tribal y un explícito racismo. Por otro lado, sus acólitos jamás exponen un aserto rebatible (o demostrable) por el raciocinio habitual en Occidente. Se acorchan en postulados vagos, sentimentaloides, y te arrastran al engrudo donde el corazón tiene razones que la razón no entiende.

En la película “Algunos hombres buenos”, Jack Nicholson encarna al coronel Nathan Jessup, un cabronazo al mando de Guantánamo. El tipo cita al “espejo”: el soldado cubano que vigila y apunta a cada marine. Juego del ratón, pataleando en un carrusel idiota que no va a ninguna parte. Ojo con empantanarse en un debate con nacionalistas. Ellos siempre llevan la razón -por definición, dado que los demás “no comprendemos su herida”- y sin remedio te convertirás en “espejo” del pimpampum.

Ahora pican de nuevo con la senyera estelada. ¿Un símbolo o un trapo? Depende de cada cual: para mí es un trapo, un burdo cortapega fantasmoso, que han llegado a insertar en cuadros históricos tapando la bandera española y aun la senyera oficial, para inventar una “tradición” apenas risible. ¿Que hay quien la toma por símbolo? Él sabrá: que la lleve en la solapa, la saque de procesión a la moreneta, la grabe en su cubertería o se la endilgue al hijo lactante para hacer más bulto en la manifa. El que se sulibeye con la gangosa sardana (me suena gangosa y aburrida, qué quieren) la usará hasta de pololos. Sin embargo, identificarla con un club deportivo, una ciudad, una región, incluso una nación, es un despiporre. No la aceptan todos los catalanes, ni siquiera los de mayor raigambre ampurdanesa; no todos la sienten “suya”, pues en el fondo son gente de orden, incluso adeptos de la ancestral religión pujoliana, cuyos discípulos parecen caganers.

Los “indepes” hacen bien en flamearla, siquiera para reconocerse entre sí, como antaño los homosexuales asomaban un pañuelo del bolsillo trasero, o eso fingía Al Pacino en “A la caza”. Que la ondeen orgullosamente, incluso que ofendan al intelecto con la bobada de que en España hay desahucios y corrupción, pero no en una hipotética Cataluña estelada. Es una idea absurda, ofensiva contra el sentido común y la decencia, insisto, pero a la postre es banal, apenas una leve ictericia por ese trapo agitado hasta aburrir.

Europa se toma muy en serio la violencia y el racismo en las gradas de fútbol. Desde Heysel se han repetido dramas intolerables, hasta el punto de que mueren más niños por bengalas en el puto fútbol que de hambre en Copenhague. En Europa no cuela hacer de los estadios -con su obvio apasionamiento- parlamentos broncáceos y pifostios dizque políticos. Se aspira en Europa a que el fútbol sea lo que es, un deporte vibrante, imprevisible, versátil, y además un espectáculo donde el gentío se eduque en el respeto a la limpieza competitiva. Educarse, ¡también los niños!, en lo sano y lúdico de un simple juego.

En Europa te la cargas si llevas una bufanda rijosa, no digamos una esvástica. Te la cargas si te pillan, claro, pero más allá de lo individual los clubes se andan con mucho tiento, porque una proclama racista, una injuria al árbitro o una colilla arrojada al campo les depara una multa de cojones, una sanción competitiva y hasta el descenso a la mismísima tercera división. ¡A mamarla!

Igual que no recibe al zangolotino de Puigdemont, Europa no contemporiza con esteladas, como es inimaginable que un graderío de boches se lance a pitar “La Marsellesa”, por el “motivo” de ser boches borrachos en París la nuit. No, señor. Así que todos los clubes, desde luego todos los prestigiosos que alcanzan finales de enjundia, se protegen con vigilantes a mansalva y cámaras de video por doquier, no sea que un tontol´haba o un infeliz trujamán le supongan una multarraca de órdago o la descalificación crónica.

Sin embargo, personalmente me niego a destinar centenares de policías a registrar si Homo catalanensis lleva banderolas de extranjis. Yo no pago mis impuestos para derrocharlos, puteando a las fuerzas de seguridads en tareas que no les competen, o no del todo. Que la Policía luche contra los ladrones de casas (que en Cantabria dirigen un negocio boyante), que persiga al cuatrero que me ha limpiado 5 ovejas, cinco; que le ajuste la golilla al maltratador, que no se haga la longuis mientras Granados y Marjaliza encienden euros y habanos como si los regalaran.

No, hombre, no. Que lo verifiquen los morroscos de la seguridad privada, pero una vez en el estadio, si se sacan los pies del tiesto, la cosa va así. Manifa improcedente de trapos provocativos, se suspende el partido. Pitos al himno, se suspende el partido. Por megafonía se ordena que todo Cristo marche p´a casa, que el partido se suspende y se celebrará a puerta cerrada entre semana y sin cámaras de TV. Todos p’a casa, los que pitan y los que no, el Rey también, porque algún día hay que empezar y ese día alguno se sentirá zaherido, pero no podemos acabar como brasileños, liándola parda porque fulanito se tiró en el área o Casillas detuvo un balón, hecho por demás milagroso. La peña p’a casa, al rincón de pensar, como parvulitos.

¡Y ahora viene lo bueno! Se identifica a los tarados en los videos, con satélites de la NASA si es preciso; se les identifica personalmente y se les asesta su merecida bigornia. Si son socios de algún club, éste afloja unos eurillos y se lo descalifica 2 años. Profilaxis de la buena, sin monsergas; te haces el gracioso, provocando al prójimo, y las instituciones del prójimo te largan una estocada en el hoyo de las agujas, y entonces te metes tus trapitos por donde suben los supositorios.

Y no importa que no asistan los políticos, en grosera propaganda de sí mismos. Si no quieren, que no vayan. (De hecho, creo que no deberían asistir por la jeró.)  Pero si un presidente bocas, pongamos el del Barcelona, declina acudir al palco sin motivo, faltando a la deportividad y la cortesía, se declara su derrota por incomparecencia y se lo aparta 3 años de la competición. Como mínimo. Porque nadie se imagina a Nadal largando un raquetazo a Djokovic al despedirse en la red, o a Tiger Woods atizando en la cresta con el hierro 6 a un propio que tuviera el cuajo de expresar: “Negro, vete al algodón”.

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6 comentarios en “Trapos sucios en el palco

    • Temo que para repeler una agresión no basta percatarse de ella; hay además que tener la convicción de que merece la pena defender algo distinto. Temo que soportamos la agresión reiterada no por resistencia numantina, sino por cobardía y parálisis institucional. Avanzan como la carcoma, porque la madera les ofrece su pasividad.

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  1. Totalmente de acuerdo. Nada de banderas esteladas, ikurriñas. multicolores. cuatribarradas, etc., en los encuentros (o encontronazos) futbolisticos y similares. Pero tampoco la bicolor coronada, “aguilada”, “escudizada” y “columnada”. Y que esta prohibición se mantenga tanto si confrontan clubes particulares, como si lo hacen “selecciones nacionales”. En el primer caso, porque las que compiten son empresas privadas con ánimo de lucro (oigan, ¡y què lucro!), y a nadie se le ocurriría acudir con banderitas “patrias”, de patria chica o patria grande, a los encuentros de competiciones que a veces, para entretener “al personal” y que olviden un tanto otras reivindicaciones más serias, organizan empresas o talleres sean de bicicletas o autos. En el segundo, porque las “selecciónes nacionales” no son tales, pues para nada puede representar a un País un grupito de personas que no sólo no fueron elegidas y votadas por los ciudadanos “dizquen que representados”, sino que esos ciudadanos (que no vasallos), tampoco pudieron elegir al “seleccionador de la selección”. De los burócratas “electores” del seleccionador de seleccionados, mejor no diré nada. Casi en defensa de la propia vida o fama, será prudente y por tanto conveniente, auto-aplicarse la ley de la Omertá. Pero qué curioso: quienes más desaforadamente sacralizan banderas y símbolos patrios hasta casi convertirlos en objetos de culto intocables para el común de los mortales (bueno, a los mortales comunes se les lanza con cierta periodicidad a morir por ellos en cruentas guerras mientras se cierran sustanciosos negocios), son los más proclives a arrastrar esos tan sacrosantos símbolos entre borracheras, vomitonas, grescas tabernarias, gritos desaforados, blasfemias, insultos al ¿adversario deportivo?, actos tumultuarios con desgarros no sólo carnes y de camisas sino de las mismas banderas y símbolos,, etc., etec. Y mientras tanto, a los hospitales, escuelas, universidades, empresas productivas…. y a los “jugadores” que componen los “selectos equipos” que compiten en la superación de las enfermedades, el analfabetismo, la ignorancia y el hambre, se, les deja “desarbolados”, desbanderizados” y “al pairo”. Para estos el “patrioterismo” grande o pequeño, no se “enfervece”. Más bien, ¡¡Que les den por retambufa!!. Jo, que escrito. ¡¡Pura demagogia!!. ¿A que si?. PEDRO

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    • La bandera nacional, el himno nacional… lo que sea “nacional”, bien entendido que no todo el mundo le profesará la misma ley, ni le otorgará el mismo significado, etc, DEBE ser respetado por un elemental sentido de concordia, que no debe de ser tan extraño, porque se constata en Holanda, En Estados Unidos, en Chile, en Venezuela, en Corea, en Polonia, en Sudáfrica y en…

      ¿Qué significa, “respetado”? Oído y dejado escuchar. Nada más. No hay que levantarse, ni ponerse la mano en el corazón, ni cantar, ni temblar de emoción, ni sentir nada en concreto, ni siquiera dejar de sentir por dentro un odio furibundo. Basta con mantener el pico cerrado para no ofender a los compatriotas, que son los que pagan los impuestos con los que vamos al médico y con los que se configura una pensión más bien magra, quizá, pero algo es algo. Mantenerse en silencio y punto, como se hace en un minuto de silencio por un muerto al que no conocíamos -o incluso sí, y nos parecía un cabrón, pero no es momento de manifestarlo-.

      El problema surge cuando se confunde el culo con las témporas. Un propio -catalán, por favor, muy catalán- considera que su senyera de toda la vida, la oficial, la que él quiso que fuera oficial, ya no le sirve. Y entonces se arropa de otra que TODO Dios sabe que esconde un desprecio, una provocación, una enmienda a la totalidad. Pues muy bien, en una manifestación callejera, convocada al efecto, que lleve no una, sino treinta y siete esteladas o megaesteledas o pseudopasteladas.

      En una manifa convocada ex profeso. Ahí, sea donde sea, en la plaza del Diamante, en la falda sacrosanta Cataluña, o en la espalda de la más sacrosanta señora Ferrusola, que se reúnan dos millones de independentistas con setecientos millones de banderas dizque secesionistas. De esas manifestaciones o análogas ya hemos visto centenares, y ya sabemos lo que pasa: nada. Ni en ellas ni por ellas.

      Pero, ¿en una grada del fútbol? ¿Donde están exacerbadas las pasiones más bajas de la más baja estofa? ¿Donde por un quítame allá esas pajas se produce una avalancha y mueren aplastados 30, o lanzan bengalas y mueren quemados 2? No, señor. No es el sitio, no es el momento. No es el foro para la libertad de expresión, sino el corral para el corderismo bobalicón.

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  2. Eso es precisamente lo que en mi quizá demasiado prolijo escrito quise poner de manifiesto. Las BANDERAS y los HIMNOS (con mayúsculas) CONSTITUCIONALES y por tanto OFICIALES según tradicional nomenclatura, respeto absoluto y utilización SOLAMENTE en instalaciones y actos asimismo oficiales. Respeto, pienso y defendería yo, que debiera manifestarse sin alharacas folclórico festivas, confirmaciones con “re-juras” o “re-promesas” de relumbrón o de “aprovechateguis” político-electoralistas y similares. Y respeto por parte de los que como dice la vieja canción estas cosas no les levantan, expresado con el silencio y, en el más extremo caso indiferencia. La banderas, escudos, insignias, pins, etc., partidarias o deportivas, que cada cual decida, en función de sus adherencias y convicciones políticas, deportivas o lúdicas y el respeto que tales aficiones le merezcan, si las exhibe con alarde, vergonzantemente o, si en algún momento algo en sus referencias le contraría, los arrastre por el barro, los rasguñe o los mee. En lo que me reafirmo es en la denuncia a quienes apareciendo como los guardianes de las “esencias patrias”, apoderándose muchas veces con su exclusivo “patriotismo” de la Constitución (a la que por cierto votaron en contra), y de sus símbolos para anatemizar y difamar a otros, hacen escarnio de la una y de los otros en escenarios donde nunca está justificada si exhibición. Nada más que eso.

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  3. De hecho, no me costaría admitir, en vez de desatar guerras de trapos que a la alarga siempre favorecen a los “descolocados”, que la estelada catalana como lienzo partidista, así como otros lienzos igualmente partidistas o deportivos de otros lugares, encontraran en estos recintos no demasiado ejemplarizantes (¿deportivos?, je..je..je..), el marco ideal. Desde luego para nada son lugares de “santificada legitimación”. Y no sigo por esta vía, por aquello de la Omertá. En este caso, seguramente agravada por causa “político-deportiva”

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