Corresponsal científico (6)

comic_style_number_6_billiards_ball_classic_round_sticker-r8ef8d113e5ae448d889c8bf47e7fc796_v9wth_8byvr_512Cayó mi osamenta en un hotel parejo a la generosidad del redactor jefe, aunque ya entiendo que los precios de Chicago le habrán escaldado el mesencéfalo. Por fortuna, me asignaron una planta elevada y, después de una noche más bien insomne, taladra mi ventana el brillo áureo de un lago Michigan terso y fresco como el lomo de una ballena.

Anoche salí del avión molido, puro cristal reciclado; las rodillas herrumbrosas, la nuca petrificada, las vértebras lumbares implorando un chorrito de aire. Me escupieron la maleta con el asa medio arrancada, pero descarté una reclamación porque su vejera ya es notable y mi salud, en una fila, culminaría en la apoplejía.

Supongo que, por un momento, parecí una estatua al desarraigo y la pena inconsolable, porque la guía de un grupo de oncólogos me ofreció subir a su autobús. Alguien le habló del periodista raro y se le ocurrió asignarme la plaza de un médico que no tomó el vuelo de partida. Debió de verme muy jodido, porque incluso me invitó a cenar con ella, en una mesa aparte. Quizá se sentía tan dolorida y sola y desesperanzada y hundida como yo, y quiso alejar nuestras negruras explicándome que la ausencia del ausente no era inesperada, pues la misma excusa (la muerte repentina de su padre) la había invocado en algún viaje precedente.

Cenamos, sí, con humor no del todo fúnebre. No quiso compartir mis pastillas de la diabetes, pero sí varios conflictos emocionales para los que mi consejo fuera absurdo e inútil. Carne y vino estupendos. Café dudosamente acorde con las normas de salud pública. No creo que nuestros caminos tengan más cruces en la agenda del destino.

Ahora, de mañana, contemplo un lago Michigan de deslumbrante hondura verdeazul y mis dos cerebros se ponen a discutir. Lo hacen con irritante frecuencia, aunque en el fondo se adoran. Uno, serio y formalón, mira fijo al sur y tira de mí hacia el congreso. Su oponente -disoluto, zalamero, procrastinador- brujulea hacia el norte, hacia la cinta de playa que se diluye en la poética bruma. Discuten y gana el vago y, North Lake Shore Drive arriba, dejo atrás un diseño genial de Mies van der Rohe: grácil esqueleto de negro acero, nítido cristal aliviando el luto; cuesta admitir que esos apartamentos pasen de los 60 años.

Un solazo mediterráneo arranca esquirlas de pura felicidad a la arena y los balandros. Miles de cuerpos de perfección adolescente se hacen aguadillas, juegan al balón, se untan crema solar, cuchichean a carcajada limpia. Chicas y muchachos flotando en la eternidad de unos segundos irrepetibles, ajenos a los enigmas de la geopolítica. Me descalzo, me siento en un pantalán recalentado y sumerjo los pies en el lago turquesa. Fría turquesa. Y el tiempo se detiene y ella, en la náusea medieval de Praga, deja de fugarse; y el dolor cesa y se detienen los lanzazos crueles del fracaso.

Por delante de mí pasa un calcetín. Un calcetín negro, acaso deleznable vestigio de una pésima orgía náutica, tal vez descuido de un probo bañista. Va con rumbo nordeste, impulsado por la brisa o la corriente, hacia su pecio de textil inanidad. A la puta deriva, como yo, inútil hasta para su función primigenia. Borracho de soledad y decrepitud, me encamino al noroeste, alejándome de ese calcetín desaparejado y fútil.

Parque Lincoln. Una magnífico parche urbano de canales y árboles y pájaros y senderos de quietud floral. Anátidas y fuentes y nenúfares sin atisbo de maldad. Ciclistas y atletas más o menos solventes, rasgando el éxtasis de los romeos abismados en sus julietas. El obstinado sol del atardecer, perforando escuadrones nerviosos de mosquitos sobre la estela silbante de una canoa. En un plácido banco, rodeado de ardillas tan simpáticas como vigilantes, veo a mis pies el pellejo muerto de una congénere. Tiempo atrás dejó de anguilear y mordisquear bellotas, tal vez rechupada por infestaciones y parásitos, y me envía una señal de la finitud y huyo con un escalofrío.

Yendo hacia el sur, por la calle Clark, me topo con la Latin School of Chicago. En la orgullosa fachada, un orgulloso lema: Fidelitas. (Hay que joderse, nosotros arrinconamos el latín y la filosofía y nadie va al talego.) Sigo dos calles a mi derecha, por Wells, y me inunda la jeta un denso e incongruente remolino de chocolate (N. del T.: wells significa pozos). Cerrando los ojos a ratos, olisqueo de dónde viene el aroma, que se solidifica o desvanece a capricho de la brisa. Poco después, ya costándome decidir si huele a paraíso o a empalagosa cloaca, descubro la fábrica de The Blommer Chocolate Company. Un buen reportero no suelta el cabo de la madeja.

Lamentablemente, dos pérfidos cartelones de sendas empresas farmacéuticas anuncian, al público vulgar de la puta calle, las bondades de la inmunoterapia. Venden sus anticuerpos contra PD-1 y contra PDL-1, que ahora sé cómo funcionan, pero no comprendo que se publiciten así, con la osada naturalidad de un cosmético, viendo lo que cuestan y sus lagunillas científicas. Y me jode, encima, que cuestionen mi profesionalidad, afeándome que no me haya personado en el congreso. Estúpidos e innecesarios, creerán que impugnan al buen periodista y desdoran mi crónica/semblanza de hoy.

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