Corresponsal científico (7)

BillarBajo a desayunar y me hago el encontradizo con un congresista, a ver qué le sonsaco. El muchacho, de una originalidad extrema, me hace partícipe de que la inmunoterapia es “la estrella”. Le cuento lo de ayer -la publicidad en plena calle- y le cuento que, de madrugada, he visto anuncios en la TV, uno de anticuerpos para el cáncer y otro para enfermos de reúma. Le cuento ambas cosas mientras deglute muffins de chocolate como un poseso: se los va metiendo en la boca como si fueran troncos entrando en una serrería.

 

  • ¿Qué le parece? ¿No le escandaliza lanzar al enfermo como ariete o agente de presión comercial contra su médico?
  • La cultura americana fomenta que el enfermo se implique en su propia salud.
  • Pero esos anuncios (puro ditirambo) no lo convierten en un experto. De hecho, obvian aspectos tal vez cruciales, como el precio o los efectos adversos.
  • Si el seguro se lo paga…
  • ¿Y si no? He leído informes que afirman que el tratamiento del cáncer es -nada menos- la principal causa de ruina familiar.

Me responde que en Europa la cosa no es tan áspera. Que los sistemas públicos pueden asumir los costes. “¿De verdad? -le pregunto-; ¿y qué me dice usted del déficit y la deuda monstruosos, por ejemplo los de España?”

Nada me dice, salvo el mantra de que solo le preocupa el bienestar de su paciente. “Bien, pero ¿de qué costes estamos hablando?” Me sorprende que no lo sabe con precisión, pero cree que andarán, cero arriba o cero abajo, por los 100.000 euros al año. “¿Y el enfermo se cura?” No, qué va -me espeta-, la mayoría de las veces el tratamiento solo es paliativo. Coño con la paliación, más bien parece demolición.

  • Oiga, pecando de indiscreto, ¿cuánto ingresan ustedes, que en el fondo son funcionarios de alto rango?
  • Depende de la categoría, de las guardias…
  • No, disculpe, en términos generales y brutos, que no soy inspector fiscal.
  • Pongamos que alrededor de 50.000 euros.

(Pues él no se percatará, pero ahí detecto yo un problemilla, porque la nómina de este mísero periodista le haría rilarse, patas abajo. La nómina de casi todo el mundo, en realidad, aunque me lo callo porque igual me suelta que hay que pagar más impuestos y yo le soltaría un guantazo. Y no es plan. Me conformo con rogar a Dios que me libre de la inmunoterapia de los cojones.)

  • Apenas un detalle más, amigo mío. Observo que en años precedentes el congreso tuvo otras “estrellas”. Me viene a la chota la que llamaban Taxol, pero usted sabrá de más. ¿Qué fue de ellas?
  • Pues no todas cumplieron las expectativas.
  • ¡No me diga! ¿Por qué sucede eso?
  • Suele hacer falta combinar varios medicamentos, porque cada uno de ellos empieza funcionando, pero el cáncer aprende a hacerse resistente.
  • ¿Y no pasará igual con la inmunoterapia?

No lo sabe, pero no cree. Opina que esto es algo enteramente nuevo, rompedor, supercalifragislístico, incluso espialidoso. Para ser franco, no me suena muy convincente. Entonces cae en la cuenta de que llevo un libro y se apiada de mí porque “es muy gordo”, pero sobre todo le acongoja que es un ensayo sobre el realismo decimonónico. “Ya son ganas de perder el tiempo” – me dice, el tío, en un rapto de rotunda afabilidad. Tiene toda la razón: corto esa cháchara insensata y le digo que me voy a la Casa Robie. Supone que es un outlet. Pobre diablo. Ruego entonces al Altísimo con más precisión: líbrame de la inmunoterapia y de este mendrugo de los cojones.

Anuncios