Corresponsal científico (8)

billiard-ball-vectorMe acerco caminando al rascacielos Trump. Una estilográfica de aristas juguetonas, tan imponente como grácil, que aspira a pinchar la burbuja cerúlea que envuelve la ciudad como un delicado velo de seda. Lo admiro desde la base, pegado a un templo de la Cienciología que, por banal asociación de ideas, me recuerda el congreso. (Ya, ya sé que la Oncología no es igual, no seamos susceptibles.)

Taxi al McCormick Center, un edificio mastodóntico que se inauguró cuando su inspirador ya llevaba 5 años muerto. Quiso dotar a la ciudad de un recinto ferial ciclópeo, pero lo convocaron al patatal con insensible premura. Nada más llegar empieza a martillearme la dichosa inmunoterapia. Ignora, la pobre, que en el taxi he venido leyendo un par de glosas sobre otras ediciones del mismo congreso, cuando fueron “estrellas” las células madre y los inhibidores de PARP. ¡Ah, efímeros entusiasmos!

Riadas de homínidos masticando plástico troquelado con forma de ensalada y abrevando un enérgico laxante denominado coffee. Ando muy indisciplinado con la diabetes. Un jet lag pastillero. Noto que los congresistas dudan entre 3 salones, como langostas indecisas sobre qué cultivo atacar primero. A uno, finalmente, no entra ni Dios: resulta que aloja una sesión ticketed, lo que viene a ser un copago. (Se confirma que gastar jode más cuando el dinero es tuyo.) Entro con el grupo minoritario, los friquis, a una sesión sobre remedios herbáceos, la cúrcuma y eso. Me pregunto, si me pega un cáncer, qué preferiría yo, si más eficacia o menos toxicidad (lo de pagar es cosa tremebunda que dejo por ahora). No sabría dar una respuesta fija: desde que ella me repudió en Praga, mis categorías se tambalean.

A un compatriota le pido un flash en 6 líneas. El tipo confunde líneas con párrafos. Hay controversia con los ensayos disponibles -parece- y habrá que aguardar a los futuros -concluye-. No me sabe explicar la paradoja de que sea resolutiva la misma estratregia que previamente lo dejó en tinieblas. Interrumpo sus balbuceos y me escapo hacia la Universidad de Chicago, que fabrica churros con forma de Premio Nobel.

La fundó John D. Rockefeller en 1891. Tan hiperforrado con la Standard Oil como fanático enemigo de la ostentación, dejó los negocios a los 58 años y estuvo otros 40 en la filantropía que él llamó “científica”, esto es planificada y ejecutada con métodos empresariales. No aceptaba de inmediato ninguna idea, pero cuando intuía resultados, metía pasta a raudales sin inmiscuirse en la cosa científica ni en la selección del profesorado. La magnitud de su legado es innegable. (Alguno dirá que con semejantes recursos cualquiera haría lo mismo, pero más de un ilustre recluso lo desmiente.)

Merodeo por la Casa Robie, un delicioso recogimiento casi monacal. Merodeo por edificos de Economía y de Física, donde constato un par de hechos no sé si contradictorios. El precio de las matrículas es exorbitante, pero existen becas a mansalva, sobre todo becas por rendimiento académico y deportivo. Reflexiono sobre qué significa exactamente “lo público”. El afortunado heredero, John Jr. Rockefeller, cedió la Universidad en 1996 diciendo que “la institución pertenece al pueblo y debe ser gobernada y financiada colectivamente”. ¿Público significa de todos, o de todos los que lo merecen?

Merodeo por el Museo de la Ciencia y la Industria. Maravillas no menos maravillosas por más que nos parezcan cotidianas. Merodeo por un campo de golf, Jackson Park, que es público. Un magnífico espacio natural, con árboles extraordinarios y melancólicas lagunas, perfectamente cuidado, del que me cuesta creer que sea público. Tanto me cuesta que pregunto en recepción cuánto cobran por el green fee y alquilar unos palos: 48 dólares. Los palos son de primera división y mis sesos retornan a qué significa exactamente “lo público”.

Estudio las líneas de autobús para volver al centro y me va bien el 28. Al pagar, el conductor me pregunta por mi destino concreto y se lo explico y me dice que sería mejor la línea 6. Y no me permite pagar, sino que me transporta hasta 3 paradas más adelante, justo a la del 6, donde no tengo que esperar más de 2 minutos. Y seré un sentimental, pero la enormidad de becas universitarias, el coste más que comedido de instalaciones públicas que parecen privadas, y sobre todo la extremada cortesía de un conductor municipal, me sumen en la fría duda de qué entiende España por “lo público”. Y temo que lo entiende mal.

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