Corresponsal científico (9)

billiard-ball-striped-yellow-1432622_960_720En la cena coincido con otro grupo de oncólogos, un encuentro muy agradable, salvo para el ganado vacuno que surtió la mesa.

Se conoce que los científicos no han tenido bastante durante el día, porque siguen dándose la matraca con los anticuerpos anti PDL-1. Incansables. Uno me reclama un titular periodístico y me lo pone a huevo. “La inmunoterapia, revolución y esperanza”, con una foto de soldados disparando claveles al gentío.

Trasegadas dosis apropiadas de vino, la conversación gana mordiente. Expongo a los sabios mi lectura de que el cáncer es tan antiguo como la vida. Allí donde hay complejidad –y la vida en la Tierra la posee a raudales-, el desastre acecha y el cáncer halla cobijo. O sea que el cáncer es una rémora (y un superviviente) de la vida en este planeta. Ya se ha enfrentado a todo lo que hay en él, a las toxinas agazapadas en las fosas oceánicas y a las arcillas de la parte firme; ya se ha enfrentado a interleukinas y dietas milagrosas, y a todas las ha vencido, agitando la puta bandera de la resistencia.

De modo que les apunto a los expertos que lo inteligente sería invertir en astrobiología, pues tal vez otros mundos hayan alumbrado moléculas tan raras y distintas que pillen al cáncer desprevenido. No me hacen ni puto caso, pues naturalmente lo suyo es la ciencia. Los datos incontrovertibles. La firmeza solemne de los hechos revalidados. La pura verdad y por supuesto la inmunoterapia.

  • Oigan, ¿no les parece que tanta filia es un tanto prematura? Cierto que vienen ustedes de tratamientos menos elegantes, pero en su día los acogieron con gran alborozo…
  • Bueno…
  • Claro…
  • Sí, pero es que han alcanzado su plateau.
  • ¿Cómo dice?
  • Que no dan mucho más de sí.
  • ¿Y cree que el sistema inmune, el mismo que antes permitió crecer al tumor, será capaz de destruirlo para siempre? ¿Por qué no lo hizo antes?¿Por vago, en espera de sus anticuerpos de usted?

Un propio se cabrea y me pregunta qué me ha parecido, entonces, lo más interesante de hoy. “El Art Institute of Chicago”, le digo, y hace algo así como pfiúuu. No sabe ni dónde está e insiste con otro pfiúuu. “Vaya mierda, como si en Europa no tuviésemos museos” – afirma, rotundo. ¡Cuánto esfuerzo familiar desperdiciado en sacar adelante a esta pobre criatura!

No sabría decantarme por las secciones de arte “clásico” o por el ala blanquísima que aloja el “arte” contemporáneo. (Las comillas tienen el mismo peso que las predicciones bursátiles.) Supongo que la elección va en días; en este, que valdría para explicar a un marciano en qué consiste el verano, con los balandros patinando sobre la tersura del lago Michigan, me tiré a lo contemporáneo. Pollock. Incluso peor.

En la planta baja, exposición temporal sobre movimientos pictóricos estadounidenses hacia 1930 (la titulan Reacciones Artísticas a la Gran Depresión, o algo parecido.) De entrada, me sorprende la diversidad: conviven el que se hunde en un tenebroso pozo y el que detecta luminosas oportunidades; quien se refugia en un bucolismo primigenio, y el que pinta el brillo tungsteno de los cohetes espaciales.

El onomatopéyico vuelve a decir pfiúu, pero otro oncólogo más atento dice que él se llevaría a casa cierto cuadro, solo uno, y quiere saber cuál adquiriría yo. Adquirir es un verbo francamente ambicioso, dejémoslo en preferir: pues bien, un Hopper. ¿Por? Veamos.

La pintura choca con un obvio problema físico: el de llevar los recovecos del mundo a un lienzo plano. Los tipos habilidosos trascienden lo bidimensional y te sumergen en una falsa volumetría, pero eso, con más o menos fortuna, lo saben hacer todos los pintores. Me interesan más los lienzos animados con un vector temporal, lo que llamo la dimensión del enigma. Lo que allí se vierte, en la plana planicie del plano, ¿no será el momento fugaz de una historia, con sus precedentes y sus consecuencias? Pues bien, la obra de Hopper no se diría de extraordinaria factura técnica, pero tiene alma, el alma misteriosa y vibrante de los cuentos. El alma doliente de las decepciones. El miedo cerval al fracaso. Si el inmunólogo irredento llega a repetir su pfiúu, lo mismo la tenemos.

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