Folletín extraperiodístico (XVI): Historia sin Filadelfia

 

Supongo que habrá quedado dicho, pero no me importa repetirlo: yo me hice médico para curar a mi abuela -debería especificar que mi abuela paterna-, que siempre anduvo delicada. Se levantaba de madrugada, se hacía el moño ¡y a cocinar! Nadie ha superado sus huevos fritos, sus lentejas ni su ensaladilla rusa. La ensaladilla, en particular, hubiera sonrojado a los jurados del masterchef, pero de sabor era invencible y no en vano permanece invicta. Le dolían las muñecas -los hombros- ¡pero a planchar! Y todo así, con una fuerza que vendría, supongo, de los abismos imaginados por Julio Verne.

También me hice médico por una serie de TV. La gente suele creer que era “Medical Center”, donde un guaperas gilipolleras, el doctor Gannon, hacía de cirujano cardíaco y ocupaba el olimpo correspondiente a esos seres excepcionalmente dotados de ojo de halcón, corazón de león y manos de damisela. Pues no. Mi modelo era “Marcus Welby”, un médico general. Tenía un ayudante, James Brolin, que años después alcanzó notoriedad representando el papel de un director de hotel, pero Marcus era un fenómeno. Humilde, empático… un puto poder fáctico.

Luego vinieron las lecturas, en concreto “La ciudadela”, que andaba por casa en una edición de Reno. Un británico inglés de apellido Cronin novelaba su vida profesional a través del doctor Manson, que empezó en los valles mineros de Gales y acabó ganando un pastón en el mismísimo ombligo de Londres. Del doctor Manson se me han quedado muchas cosas, pero destaco la frase que le espeta a uno de sus maestros: “Creo, en mi fuero íntimo, que no debo tomar nada como absoluto”.  (Así es. Las ideas absolutas, los planes absolutos, la perfección absoluta, etcétera, son propias de fanáticos, si no de fascistas. Cuando alguien presuntamente inteligente dice que está “absolutamente convencido”, hay que despojarlo de la presunción y catalogarlo como un Gannon de medio pelo.)

A la carrera entré cuando acababan de instaurar el numerus clausus. Ni uno solo de aquella generación (y había más de uno no del todo mediocre) hubiera accedido con las notas que se exigen hoy. Algo falla: o el cerebro humano ha experimentado una mutación que lo ha hecho infinitamente más listo, o hay un poco de mamoneo con las notas. A un servidor le cuesta creer que haya un alumno de 10 en todas las materias, en todas, lo que se dice todas, pero a lo mejor estoy equivocado y las notas son “justas”. Hum. Dejémoslo ahí.

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¿Quién fue mi primer maestro? Pues que hablo de la Facultad, no cuentan don Paco, don Joaquín ni don Agustín, del Colegio Altamira, ni tampoco los excelentes profesores que tuve en el Instituto La Albericia. En la Facultad, digo, el primero fue el profesor García-Porrero; era soberbio en Anatomía, en realidad más que soberbio, era extraordinario, pero curiosamente no ha sido su excelsa Anatomía  lo que me dejó más huella, sino su recomendación de un libro magnífico, “La historia de San Michele”. Un médico sueco relata sus andanzas profesionales en París, en el tránsito del siglo XIX al XX, mientras se va construyendo una villa de retiro en Anacapri. Visítenla, háganse el favor. Lean el libro, especialmente los que se dediquen a la Medicina.

Háganse el favor de ponerse al borde de las lágrimas cuando el sueco atiende al gorila del zoo. Marcus Welby elevado al cubo. Hoy, con 53 años, en lo que tal vez sea la cuesta abajo de mi profesión, sigo leyendo libros donde palpite el lado humanístico de la Medicina. De hecho, la Medicina tiene una faceta -lo que se llama clínica- en la que se desdibuja su perfil “científico” y en cambio se agiganta la gigantesca hondura del ser humano. La persona, con sus miedos y zozobras, frágil como una mariposa o dura como el ébano, aplastada por el dolor o vivificada por la alegría salvaje de que la operación salió chachi. La gente, la gente a manos llenas, trasunto de mi abuela, del espíritu de don Agustín, del cuajo profesional del doctor Manson. Más allá de esa realidad esencial e inmanente, más allá, digo, todo es ruido y fatua banalidad.

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6 comentarios en “Folletín extraperiodístico (XVI): Historia sin Filadelfia

    • Leído y releído y vuelto a leer. Y en efecto la Villa existe y es una belleza y hace rememorar el tiempo quizá perdido en que los médicos no eran papagayos pseudo científicos, sino humanistas hondos. (Me alojé en el NH Convento di Amalfi, y juro que todo es más que memorable.)

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    • Llevo un tiempo recibiendo algún reproche, por lo que mis amigos llaman amargura estéril. Yo creo que más bien sería una ataraxia por decepción crónica, pero ¡cualquiera se pone a explicarlo, jejeje!

      Además, no están en lo cierto. Mi oficio sigue rindiendo gozoso tributo a mis querencias infantiles y a mis maestros, que fueron muchos. No es mi oficio lo que me hirió/duele, sino los ofidios. Un humilde fonema alberga todos los misterios.

      Dicho lo cual, gracias por tu elogio. Me enorgullece y sabes que no hablo sin el corazón.

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  1. Me han resultado evocadores tus comienzos, pues coinciden con los míos y la lectura de la ciudadela y la historia de san Michele han sido dos libros que también me han marcado, la ciudadela no hace mucho y pero san Michele los leí hace muuuuchos años y lo he vuelto a releer y me ha defraudado el estilo paternalista-endiosado del médico, situación que ahora nos choca bastante. Y yo que estoy a favor del empoderamiento (palabra de origen español, aunque muchos creen que es una traducción del inglés) encuentro que ha perdido mucha fuerza moral. A parte de eso, una ternura de atículo. Un abrazo Mar

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    • Cambian tanto las cosas… Yo fui el primer universitario de toda mi familia, por ambas ramas. Del puto arroyo veníamos, cuando los médicos constituían estirpes en la magnificencia social. Ahora ya vamos por otros 6 universitarios (y haciendo), y nos defendemos tan ricamente, cuando las sagas antañonas andan a zurriagazos e incluso a la quinta pregunta.

      Munthe era un sueco afincado en París, nada menos. No era un sami (que es como llaman allí a los lapones, por no llamarles directamente “mierda”), sino un vástago de buena familia que se va a trabajar con Charcot, a la París que era sencillamente el mundo. Mon Dieu, la crème de la crème!

      Con todo, el tipo tenía algo. No solo genio clínico y mala hostia crítica, sino una cultura y una sensibilidad paisajística de cojones. Cuando viajes a Anacapri -lo cual te recomiendo vivamente- quizá sientas más afinidad por ese sueco elato y locatis que no me hizo ser médico (ya estaba en la carrera), pero quizá me ha hecho mejor médico. (Mi verdadero héroe es Atticus Finch, pero ésa es otra historia.)

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