El punto siniestro y el noble Tristán

Martes, 5 de agosto de 2019

Le costó a la Guardia Civil resolver el asesinato de un concejal de Llanes, que fue decretado a distancia por un marido despechado. La víctima llevaba años refocilándose con una exnovia que ya era la esposa de otro, hasta que ese otro descubre el engaño y se le inflan los belfos. Así que agarra y contrata a dos sicarios para darle al pichabrava asturiano un palizón -según afirma su abogado-, pero es que los sicarios los carga el diablo y lo que le dan es matarile definitivo.

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La misma tarde de autos, el cornudo contratante le envía un mensaje telefónico al concejal adulterino, un mensaje que sorprende por su lacónica expresividad. No lleva palabra alguna, ni siquiera un emoticono: es simplemente un punto. El punto de todo está dicho y no hay más que hablar. No un aviso, sino una constatación: el punto de sanseacabó. No puedes decir ‘anda, chaval, vete dando grasa a las botas’’ con más economía lingüística y menos gasto ortográfico. Deberían darle el Nobel a la concisión.

Al punto del punto llegan los operarios de la subcontrata y ejecutan el procedimiento (chapucero pero eficaz) que conduce al edil llanisco ante el Altísimo con cierto rigor mortis. Habrá entendido la contundencia sardónica de un mísero punto en materia de infidelidades.

Pues bien, a las tertulias políticas de la radio yo les he prescrito la misma medicina, pero sin asesinos a sueldo ni alerta-mensajes. He suspendido radicalmente la escucha de todas ellas, sin que merezca la pena subrayar las emisoras ni mencionar a sus directores, pues he silenciado a todas y a todos, como dice el vulgo en plan melindre. ¡Qué hartazgo de oír lo que ya sé que voy a oír! Cacarean lo que se espera de ellos los mismos que se turnan para decir lo mismo. Punto.

Les he sustituido de golpe por RNE Clásica, donde buenos locutores, en distintas franjas horarias, me van susurrando lecciones del barroco al jazz. Y me enseñan cosas que seguramente no me son imprescindibles, pero resulta que mudan mi enfoque del mundo, lo cual ya no logra ni el más verborreico de los cantamañanas politiqueros.

Oigo que Haydn estuvo en el top-two de los músicos más apreciados por los oyentes acomodados del siglo XVIII. Y oigo una de sus muchas composiciones para baritón, un instrumento en desuso constituido por unas cuerdas para frotar con el arco y otras cuerdas para pulsar a dedo. Algunos dicen que cayó en desgracia por la dificultad de tocarlo, pero a un servidor le suena pesadote y mortecino, un vehículo mal avenido con la gracia de Haydn.

Y mientras los tertulianos desentrañan la estrategia de Rivera -por decir algo- y el cerebro de Sánchez -que ya es decir-, me da por reflexionar sobre cómo Radio Clásica ha cambiado mi percepción de varios instrumentos. He llegado a la conclusión de que el órgano, con su teatralidad tonante, me provoca un malestar que se define con un solo vocablo: barullo. No era de mi particular agrado, pero ahora ya está alineado con el desagrado, y supongo que ese sentimiento es lo que sepulta a los estilos musicales, a los instrumentos y a sus intérpretes: una vez sonaron bien, pero acabaron saturando al respetable ¡y punto!

Sí me emocionaba, mucho y para bien, el violonchelo. Ocurre, sin embargo, que ya no me es tan placentero como solista; para mí que se arrima peligrosamente al arcén (al barullo) y se me hace más luminoso en compañía de otras cuerdas y, sobre todo, del piano. Justo lo opuesto me ocurre con la trompeta. Me repelía su tonillo imperativo, como de soberbia fuera de lugar. Sin embargo, Radio Clásica me ha lijado una costra de ignorancia y todos los días espero que retransmita algo de trompeta barroca. Albergo la convicción de que la DGT impondría menos multas si financiase esos conciertos con la partida de Orden Público.

Bien mirado, ¿para qué nos conectamos a un libro, a un medio audiovisual, a una conferencia, incluso a una tertulia? En principio y teoría, para que nos desembaracen los ojos de legañas y nos limpien las orejas de prejuicios. Nos conectamos para que nos alejen la raya del horizonte y por el camino nos refresquen con un zumito de cultura. Lástima que a menudo incurran en el más soez de los pecados: aburrir a las ovejas y difundir la planicie mental con nefasta reiteración. Hombre, no les voy a mandar unos mafiosos, pero un punto sí. Cambio seis tertulias mohosas por un Haydn a la trompeta, y que rasquen el baritón mientras les entra el guasá del punto.

¿De verdad quiere que yo oiga toda esa música?, me preguntará algún lector. Veamos: el preludio del drama wagneriano ‘Tristán e Isolda’ es una maravilla de contenido lirismo y  amable misterio, y deseas que no se acabe nunca porque tiene la textura sabrosa de un sueño donde todo es bello y benéfico. Sin embargo, el primer acto lo ocupan los gritos, quejidos, lamentos, hipidos, lloriqueos y enfados de una Isolda agudamente histérica e insoportable, una especie de Elisa Beni en pleno delirio. Te figuras a Isolda encerrada en la mazmorra del dragón, esperando que el heroico Tristán la libere, pero rezas para que no se la lleve a casa, pues te duele que el desgraciado se convierta para siempre en Tristón.

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4 comentarios en “El punto siniestro y el noble Tristán

    • Entiendo que el ‘autor intelectual’ del crimen, agotado por el sentimiento de venganza y exhausto por la contratación de los sicarios, llegó al límite del idioma: incluso un humilde morfema sería intolerablemente largo y ¿acaso no vivimos en el siglo de la econometría?

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  1. Lo del punto, punto filipino, punto sobre la i, punto y raya, punt e mes, no deja de recordar una costumbre pirata, que llegó al cine: ‘La mota negra’, al que molestaba a la organización, le dejaban un papel con un punto gordo, por el que se pueden trazar infinitas perpendiculares a una recta, a modo de finiquito vital.

    Gustará, si no se conocía, el barroco de Henry Purcell, que va a ser un apellido hebreo, como el del escritor Baltasar Porcell. ‘La reina de las hadas’ es la apoteosis del paganismo, y ‘hadas’, ‘feeries’, ‘furias’,’ondinas’, ‘náyades’, ‘banshee’, son todas lo mismo.

    Como curiosidad, la pieza de Wagner que encandilaba a Adolfo Hitler (que tenía raíces en los Cuenca de Casas Viejas, Cuenca, ‘parcelita, porciuncula’ adquirida en la desamortización o incautación-expolio de 1835, se ‘desamortizaron’ en el 19 sobre la mitad de las tierras de España, las grandes, las solas, desiertas llanuras,..y antes, en un hebreo Gabriel Cuenca, vendedor de paños en Estella, Navarra, y algún descendiente de los señores de Mannheim y los condes de Brunswick que llegó en el séquito de Carlos 1º y 5º, les envió desde el sur de Francia un motorista de las SS con una foto dedicada: ‘A la familia Cuenca con afecto, AH’, alguien de la familia habría tenido un amorío en Austria de donde vendría el Kanzler (la genética del cromosoma Y de AH es bereber, que indica un paso por España, y quizás algún ‘cuerno’) era muy del estilo de Henry Purcell, más que del fragor cataclísmico de la ‘Cabalgata de las Walkirias’, fondo sonoro de ‘Apocalypse now’. Agur. Salut +

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    • Al pobre Wagner lo asociarán siempre con el pobre Hitler. La grandeza del uno ha quedado mancillada por la miseria del otro, siendo así que el genio precedió al canalla y solo obcecadamente se le puede culpar de los desmanes de su admirador póstumo. Yo oigo a Wagner y no todo me resulta soportable, pero en lo mucho que me place no veo ni rastro de nazismo. Veo romanticismo desaforado, sí, pero nada que apoye el exterminio del prójimo. Igual que en ‘La flauta mágica’ no encuentro incitación alguna al desorden social que algunos le atribuyen a la masonería… De hecho, me da a mí que la interpretación torticera del arte para tales o cuales minucias dizque ideológicas no es más que pienso para rebaños rebuznantes.

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