Corresponsal científico (4)

Bola_4_animacion   Turbulencias sobre Halifax, que suena a infierno asfixiado por hielos perpetuos. El piloto andará por ahí y auguro que no deseará pingarnos a todos, así que medio tranquilo me acabo el resumen que perpetró mi compañera de salud. ¡Menudo tocho!

Cáncer, del griego “cangrejo”, por ser enfermedad fea, como una tarántula repelona y babosa. ¿Por qué no dicen cancerología, como los mexicanos, que llaman alberca a la piscina y tina a la bañera, con regusto cervantino? Los nuestros prefieren oncología, del griego “abultado o prominente”. (Sacan su jerigonza del griego pero a los filólogos nos desprecian porque en su docta opinión las lenguas muertas no sirven para nada.)

Células, estamos hechos de millones de células. Evoco un mazacote gelatinoso de huevos de rana, en una poza. Cada huevo –cada globito- sería una célula, con su pepitilla negruzca en el centro. La pepitilla –el núcleo- contiene un pelotón de genes que gobiernan el cotarro hasta extremos hitlerianos. Le dicen a la célula dónde ubicarse, cómo llevarse con las vecinas, cuándo tener prole y si es tiempo de morir, como lágrimas en la lluvia. Pura fluencia y armonía, una y otra vez, como un corazón inmune a las pasiones, incluso cuando la sangre acarrea detritus del desayuno criminal que ha distribuido la azafata.

En ésas, sobreviene una serie funesta de malas compañías (el tabacazo, un virus retorcido, el puto azar jodiéndolo todo), quizás actuando sibilinamente durante años, y el orden inmutable deviene en furioso caos. El cáncer. Estallan viejas rencillas malamente sepultadas, se derrumban los adarves en un cataclismo indomeñable, el amor le abre la puerta al odio y aterrizo en Nueva York.

Me encuentro con mi primer asesor médico, que no ha logrado desembarazarse de un acné juvenil que en tiempos sería escalofriante. Mi duodeno expele fuegos dragonáceos, por culpa de un “café” que pretendía despertarme el coco después del planchado en la fila de control inmigratorio. El asesor se mira las manos, como buscando en ellas el secreto constructivo de las pirámides. Yo bastante tengo con refrenar un inoportuno desastre fecal. Que no nos entendemos, vaya, pero es que el tipo naufraga en verborrea abstrusa.

“Estoy trabajando en Nueva York, en monoclonal antibodies blocking pi di one” – me larga, textualmente, como si fuese dependiente de Macy´s. “Moreover, mi jefe está interesado en pi di el one y disponemos de datos preliminares que sugieren que el bloqueo dual no solo es factible, sino más eficaz y, con ciertos límites, podría ser cost-effective”.

Como no dispongo de cables eléctricos para enchufárselos a las criadillas, tengo que asarlo a preguntas que el tipo responde con parrafadas análogas. Dicho en sensato, los linfocitos descoyuntarían al cáncer, pero les refrena un interruptor propio (PD-1), presionado traidoramente por un dedo del tumor (PDL-1). Esta canción triste de Hill Street puede revertirse al bloquear selectivamente el interruptor o la señal. Para decir eso se tira media hora, el cabrón, a despecho de mi duodeno acuchillado y mis intestinos suplicantes.

Ya que vive en Nueva York, hablamos de la ciudad. Ignora que la fundaron holandeses, en su fallida búsqueda del mítico paso noroeste, por el cual accederían a la nuez moscada del Índico. El acné parlante vuelve a la carga con el pi di one blocker y sus efectos sobre pi fifty three, que lo obsesionan. Le digo que los médicos de la corte isabelina creían que la nuez moscada era infalible contra la peste. Saliendo de su jerga andrajosa, meditabundo, pone en duda que existiesen clínicos que probaran su eficacia. “Nadie en sus cabales renunciaría a comer nuez moscada por un prurito metodológico” – respondo. Me mira como si hubiese soltado un gorrino en una mezquita.

  • En todo caso, la nuez moscada no sería difícil de conseguir.

  • Qué va. Solo había que doblar el cabo de Hornos, llegar a las islas donde prosperaba la nuez, y robársela a los lugareños. Gente encantadora, aunque con el defectillo de ser antropófaga. Luego, vuelta a Londres por la misma ruta, en el mismo barco, con ratas, pulgas, cagaleras febriles, latigazos del contramaestre, arrecifes y congelaciones. Total, un agradable periplo de 2 años.

  • Lo que llevo yo en Nueva York, gracias a un curriculum que, no es por presumir, pero consta de…

  • Ya. La mortalidad era apenas del 80%. Y los vivos regresaban desdentados y enseguida les daban tierra por hidropesía.

El granoso del curriculum no cae en el motivo. Antes de revelárselo, le pregunto si bloquear PD-1 funciona en todos los tumores. No. ¿Por qué? No lo sabe. Y dentro de un tumor concreto, ¿alivia a todos los enfermos? Tampoco y tampoco sabe por qué. Oiga, ¿son medicamentos caros? Mucho, pero eso no es cosa nuestra, sino del gestor. Y ese señor, ¿maneja de lo suyo o de los impuestos? Al meditabundo le rechinan las neuronas. Le revienta otro grano de la cara y le suelto: “Escorbuto”. Y salgo raudo hacia el restroom.

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