Amigo tejo

tejo23 de enero de 2013

De madrugada, en un fiestorro juvenil, un imbécil vende un brebaje sin etiquetar. Otro tontolín, ya borracho, se lo echa gaznate abajo. Mientras el primero se da el piro tan pimpante, el segundo se va a criar malvas, porque el mejunje contenía estramonio. El aberroncho-alcalde no tiene mejor idea que arrancar toda planta de estramonio. Tal sucedió no ha mucho fuera de Cantabria. Ahora se nos han muerto aquí unos caballos por triscar tejos. Te escribo por si surgiera algún concejal boinamita-talador.

Distribuido por toda Eurasia, antaño formabas bosques, como la Braña de los Tejos que subsiste por Cicera, desfiladero de la Hermida arriba. Hoy, especie protegida, te ciñes a ejemplares aislados o pequeñas tejedas, como un melancólico brochazo verdeoscuro entre hayas y robledales. Abundas más como árbol ornamental, un evocador ermitaño en jardines familiares, parques públicos e iglesias.

Te dan nombre tus hojas en forma de lanceta curva (el griego taxo significa “arco”), aunque son más llamativas las bayas rojas y carnosas que engloban tu semilla, bien visible en un hoyuelo en la coronilla del fruto. Eres la única conífera carente de resina y también la única venenosa. Todas tus partes son tóxicas, salvo los frutillos carmesí que incluso los niños engullen como “cerecinas”.

Madera de prestigio milenario, maciza, tan dura que desespera al ebanista. Muy resistente a la fricción, los romanos te elegían para fabricar ejes de carro. También muy elástica, solo tú soportabas la tensión del arco medieval. Veo una calzada romana y me figuro un ejército de arqueros ingleses acribillando al francés: la red viaria de Europa y hasta la Unión Europea habrían sido distintas sin ti.

Madera de gran aguante a la intemperie y la putrefacción, ideal para estacar y confeccionar herramientas. Hará 5.300 años, en el valle alpino de Ötz, murió un hombre de ojos marrones y grupo sanguíneo 0 (lo dice su congelada momia), que poseyó un hacha de cobre y pedernal cuya manija era de tejo. Contigo se torneaban bolos que “saltan y vuelan más”, a decir de Pardo de Santayana, el excéntrico que dejó la ingeniería por un zoo. Por tubos de tejo soplaban su quejumbre las antiguas gaitas celtas.

No gustas a los líquenes y a tu lado no prosperan helechos, brezos, arándanos ni frutales. Cociéndote, proporcionas insecticida para graneros o un sahumerio raticida. Por donde se arrastran tus ramas no crece mala hierba y esparciendo con ellas agua bendita, se ahuyenta a sapos y ratones. Con tus pócimas se emponzoñaban las flechas vasconas y se suicidaban los cántabros al caer en manos del enemigo, por no ser esclavos, o cuando la senectud les hacía sentirse inútiles para la tribu.

No eres dañino para mirlos y gallinas, ni para liebres y conejos. Ciervos y renos te ramonean sin problemas y las vacas te toleran, aunque puedes hacerlas abortar. Ovejas y cabras no desdeñan tus hojas más tiernas, aun sin hartarse. Ayudas a destetar a los cabritillos, pues una traba de tejo en la boca les deja pacer, pero no mamar. En cambio, haces reventar el corazón de burros y caballos. Uncidos a un carro mortuorio, caen fulminados por el tejo de la iglesia en lo que se canta la misa de cuerpo presente. En la Sofelguera, una finca asturiana donde crían caballos de salto, un tejo aniquiló a dos corceles recién traídos de Alemania. Bastan 2 gramos de tus hojas por kilo de caballo para darle matarile.

¿Y para el hombre? Dioscórides exageró al desaconsejar incluso dormir a tu sombra, pero Laguna escribió que “comido el tejo, engendra grande frialdad y angustia y muy pronto despacha”. En tu savia reside un alcaloide, la taxina, que nos destroza la patata. Cierto es que la tradición la incluye en jarabes expectorantes, tinturas para heridas rebeldes, antídotos contra la mordedura de víbora y hasta ungüentos abortivos, pero ¡a dosis ínfimas! Más modernamente, de la taxina derivaron un par de medicinas anticancerosas  -paclitaxel y docetaxel-, tan antipáticas como eficaces.

Arraigas donde te dejan, en las míseras peñascas si hace falta, inmune a la sequía, al rayo y a la poda caprichosa, pero creces lentísimamente. Desde arbustillo o seto bajo, alcanzarás los 15 metros, pero ¡bien cumplidos los 800 años! Tu primo, el tejo del palacio de Villatorre, en Quijas, ya verdeaba en los albores del siglo XIV. A tu venerable pariente de la iglesia de Bermiego, en Asturias, se le calculan mil primaveras.

Peligroso y longevo, heraldo fúnebre y a la vez símbolo de lo perenne, griegos y romanos te llamaron “Árbol de los Muertos”. Te plantaban en los cementerios y tus raíces, se decía, llegaban hasta la boca de los difuntos. Los héroes irlandeses se reunían con criaturas venidas del más allá debajo de un tejo, testigo viviente de la eternidad y vínculo misterioso con los ancestros. Erguido en un camposanto, adyacente a una ermita o refrescando una casa solariega, que nadie piense en talarte. Que recuerde que adornabas las tumbas por Todos los Santos, y por San Juan servías de ofrenda a la persona amada. Que sepa que eres auténtica memoria histórica.

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